Para verte mejor

Un disfraz lleno de sangre

Lucía Querejazu reflexiona sobre el arte y su capacidad de mover y hacer pensar a la gente en tiempos de autoritarismo.
domingo, 9 de diciembre de 2018 · 00:09

Lucía Querejazu Historiadora de Arte

Estamos viviendo tiempos difíciles. La convulsión social a raíz de los giros e injusticias de la política, los nuevos políticos, las fuerzas del orden, la terquedad de unos gobernantes, el atropello de otros, han convertido el continente en una convulsión colectiva, como un paciente con un ataque que busca hacer sentido de los cambios en su cuerpo. 

Desde la desmovilización de guerrilleros en Colombia y las penurias que pasan al intentar reinsertarse en un país que sigue siendo el mismo contra el cual pelearon años. Pasando por los mares de migrantes venezolanos, que lo dejan todo atrás, que para su desgracia deleitan al cuerpo convulso de nuestro continente con deliciosas arepas desde Cúcuta hasta Mar del Plata y hasta los movimientos indígenas, que para sorpresa del incauto son atropellados por gobiernos de derecha y de izquierda. Y no olvidemos, como dice la canción de Alfonso Gorostiaga: junto al Amazonas hay un jaguar abandonado.

Las redes sociales están llenas de dos tipos de gente. Los que no van a hacer nada pero que comparten todas las publicaciones con indignación y grandilocuentes comentarios politizados y radicales. Por el otro lado los tantos que quisieran que algo cambie pero no pueden más que desearlo y se sienten mal por no tomar acciones. Pero es que  tomar acciones parece que implica dejar la pega y ocuparse a tiempo completo a salvar el país y entonces nadie lleva pan a la casa. Todo porque las instituciones creadas para velar por el cumplimiento de la ley están podridas y no cumplen con sus misiones. Así vivimos, entre la frustración virtual y la frustración real, y entonces, matan a un campesino mapuche en Chile, o crean una entidad para “defender los derechos de la mujer” con siete ministerios después de no haber hecho NADA para facilitar la condena de feminicidas y violadores. 

Entonces salen los poetas, los artistas, los danzantes, a hacer y decir lo que todos quisiéramos pero no tenemos tiempo, valor o las palabras correctas. Por eso me robo las palabras de Raúl Zurita para titular esta columna, porque su elocuencia vale más que todos mis intentos. El poeta chileno se llena de indignación ante la muerte de Catrillana y sentencia: “Con este asesinato la democracia se transforma en una mascarada sangrienta, en un disfraz lleno de sangre”. Que irónico sentir tanta empatía cuando nuestros gobiernos son tan diferentes. ¿o no lo son?

En Bolivia vemos cotidianamente la vulneración de todos los derechos. No se puede avanzar ni una cuadra sin que alguien se pase en rojo el semáforo y que el policía lo mire de palco. Es cotidiano escuchar cómo se resuelven los juicios a costas de los bolsillos de la gente o que tengan esperanza de que alguien en este país haga respetar la ley, así sea la ley que los violadores hicieron antes de emborracharse de poder. Y la gente sigue pensando que el Tribunal va a respetar la Constitución  o el político mezquino va a dejar de lado sus ambiciones de poder. 

En este ambiente de violencia, de atropello, de abuso verbal y físico, la acción más elocuente de estos días, cuando se crean los binomios de oposición y las alternativas para nuestro futuro… ha sido la mancha de sangre refregada por Mujeres Creando con María Galindo por delante en los muros exteriores de la Casa Grande del Pueblo. Es una acción ciudadana, artística, poética y justiciera lanzar pintura roja, sangre! a las paredes del Palacio de Evo.

Para los que acusan a María Galindo de buscar cámaras les recuerdo la obra de Dagmara Wyskiel, artista polaca residente en Chile que en su paso por Bolivia hace casi dos meses, propuso con similar elocuencia, aunque con un estilo totalmente diferente, una chiti instalación. La obra se llama Alasitas Democracy y consiste en la instalación de mini sillitas tanto en Plaza Murillo como en las gradas de ingreso al mismo Palacio-Casa del Pueblo haciendo evidente la desproporción de las cosas, el pueblo en las calles y el dueño del Castillo encerrado adentro. Wyskiel viene trabajando el tema de las proporciones hace mucho tiempo y lo domina. En esta obra, los deseos de la gente que como en Alasitas votó por un representante o un candidato, están ahora empequeñecidos por el despliegue de poder en concreto gris del edificio del gobierno. Pero lo más genial es que es de Alasitas, no sólo por la dimensión que resulta irrisoria sino por el significado: Alasitas Democracy = Comprame Democracia!

Ese nivel de claridad en el mensaje sólo lo puede lograr el arte. Una democracia de mentiritas que a la vez hace palpable nuestra constante desilusión dada su desvergonzada corrupción y atropello. Y si parece que mis palabras parecen de política y no de arte, se equivocan, es el arte el que tiene la voz cantante ahora, porque los políticos la perdieron y nosotros como sociedad nos quedamos cortos hasta con bloqueos y marchas. Verán cómo los artistas serán los únicos capaces de reflejar lo que pensamos y sentimos: impotencia, frustración e ira infinitas. Pero no esperen que sean ellos los que cambien las cosas, a ellos les toca movernos a nosotros de nuestra comodidad, llegar a nuestros corazones y almas y sacudir eso que nos tiene aletargados para por fin, hacer algo porque preferimos morir antes que esclavos vivir… o no?

 

 

 

 


   

79
3