Reseña

El diccionario de César Vallejo

¿Cuánto influyó un diccionario en la poesía de Vallejo? Mac Lean explora en el uso de “palabras raras”, “neologismos” o “arcaísmos” que hizo el peruano en Trilce.
domingo, 15 de abril de 2018 · 00:00

Juan Cristóbal Mac Lean E.  Poeta

El libro más determinante en la obra de César Vallejo –por lo menos, y de lejos, en Trilce- fue un diccionario. Algún diccionario de la lengua castellana, algún diccionario a su alcance y que ya quisiéramos saber cuál era. ¿Pero es un diccionario un libro? La definición de un diccionario, según el diccionario (Larousse en este caso) es: “Recopilación de las palabras de una lengua colocadas por orden alfabético y seguidas de su definición o traducción”. Lo central, aquí, está en la palabra recopilación. Eso es lo que la hace ya fantástica. Una recopilación, si aceptablemente exhaustiva, recoge cuanto haya, sin importar su añejería o historial, desuso o abuso. No hay cajón de sastre más grande que un diccionario. Todo cabe en él. Entran vendavales, entran azadones, entran artículos y conjunciones.


Vallejo escribió parte de Trilce en prisión, por algo confuso y azaroso. Cuando el libro se editó lo hizo, y este es un dato importante, en los Talleres Tipográficos de la Penitenciaría de Lima, el año 1922.

Desde esa penitenciaría es que se precipitó como un balde de agua fría sobre el idioma español.


Resucitaron palabras muertas, saltaron neologismos y el sentido se refugió en las fisuras del mismo lenguaje. Un ejemplo, entre tantos:


Al raz de batiente nata blindada
De piedra ideal. Pues apenas
Acerco el 1 al 1 para no caer


Y  ya así difíciles se venían las líneas, cuanto más si, frecuentemente, se va a dar a palabras raras, por decir lo menos, o significantes sin significado, o sonidos silábicos, o simplemente derivaciones, neologismos de palabras registradas o, sobre todo, una pavorosa cantidad de arcaísmos, es decir vocablos olvidados y que sólo habitan en el último rincón del diccionario. Palabras muertas.


Saquemos cuentas. En los 77 poemas de Trilce, nos topamos con 169 palabras raras, raras por infrecuentes o inexistentes, sin sentido o sentidos difusos.  Si uno las busca, una a una en un diccionario, a la mayoría las encuentra, aunque normalmente ya nadie ni las usa ni sabe qué quieren decir.


En todo caso el número que damos es tan inexacto como se quiera y  puede variar en unas pocas unidades, hacia arriba o abajo, pues su confección, simplemente, es subjetiva y está hecha de oído.

¿No se trata acaso de palabras, que también son, según el mismo Vallejo, los “broches mayores del sonido”? Las palabras, pues, que nos suenan raro –por desconocidas.


A la manera de una instalación verbal, podríamos ponerlas todas juntas, en su orden de aparición y encabalgándolas por grupos: cada línea (¿o ya verso?) por cada poema. Pero no teniendo suficiente espacio para el conjunto completo, quedémonos sólo con lo que nos dan los primeros cuatro poemas:
testar calabrina  hialoidea grupada  abozoleada
trufurcas aljidas  tascados  
crome glise
otilinas flasillas frayesadas


Sólo en el primer poema, de 15 versos, ya de entrada aparecían hasta cinco de esas palabras, con lo que Trilce, desde sus primeras líneas, ya confesaba abiertamente su hirsuto carácter.


Debemos señalar imperiosamente, también, el número de veces en que aparecen números: 59, ya sea deletreados o como números romanos. Números y nombres de meses, muchos, son otros instrumentos del arsenal sonoro de la lengua, con las palabras como “broches mayores del sonido”, y sus significantes se ejecutan como unidades vibratorias, pulsantes, no solamente encalladas en el significado.


Y si erigiéramos entonces una torre con todas esas palabras raras, números y meses,  verso a verso ¿quedaría así un poema? ¿Pero qué es un poema?


Tendríamos, en todo caso, un poema glosolálico: escrito o hablado en lenguas. Un verso suyo, por ejemplo, diría:
uelonias labiados plateles pávidas serpea


Hablar en lenguas, hablar en glosa… La glosa, puntualiza Agamben*, es “palabra extraña a la lengua de uso, termino oscuro, del que no se comprende el significado''. Y el que habla en glosa, dice San Pablo, “no habla a los hombres sino a Dios. En efecto, nadie lo entiende; dice en espíritu cosas misteriosas…” Y más allá termina: “si oro en lengua, mi espíritu ora, pero mi mente queda sin fruto”.

La glosolalia, así, para Agamben “representa la salida del lenguaje de su dimensión semántica” y es “la experiencia de un habla infantil”, que “no tiene lugar ni en el mero sonido ni en el significado, sino, podríamos decir; en los puros grammata, en las puras letras”. Las puras letras, en nuestro caso, del diccionario que, nos imaginamos, Vallejo hojeaba en la cárcel.


Si bien ahora nadie sabe qué quieren decir las palabras
alfan,  lupinas,  estevas, petrales, escarzos (del poema XXV), 
lo cierto es que estas palabras, que aquí tomamos como glosas, sí tuvieron un significado, Vallejo lo conocía y están en el diccionario. ¿Y qué hacía Vallejo con semejantes palabras muertas, yacentes  en lo más recóndito de un diccionario castellano? Rafael Alberti, que lo conoció, creía que Vallejo “Hablaba un castellano muy particular, muy indio”.


 Tal vez Vallejo hacía, con esas palabras, algo parecido a lo que hicieron John Coltrane, Ornette Coleman o Thelonius Monk, con el saxo y el piano, instrumentos originalmente concebidos para la música clásica: reinventar los mismos instrumentos, la misma música. ¿Hacía lo mismo el chileno Huidobro en Altazor, publicado en Madrid en 1931? Todo el Canto VII, el último, está hecho de palabras inventadas. Van por ejemplo así:


Lunatando/Sensorida e infimento/ Ululayo/ ululamento/ Plegasuena/ Cantasorioululaciente
Con todas las semejanzas que se quieran, el caso de Vallejo, mucho más radical, nos parece de otro calibre.  Huidobro, en todo caso, no está, como él, corroído por la glosa.


Y en su castellano “muy particular, muy indio”, Vallejo quería decir, quería escribir, y le salió espuma.

La espuma de las palabras muertas.

*Aquí seguimos en un par de cosas el hermoso capítulo ‘Pascoli y el pensamiento de la voz’, de “El final del poema”  Adriana Hidalgo, 2015. La cita de San pablo también está tomada de ahí. //Esta es la versión acortada de un artículo más largo que saldrá en otra parte.

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