Salida al mar

Ok, no eres racista

El racismo está y ha estado presente en nuestro país. Mamani observa que se relativiza y niega la discriminación y propone entender esta temática como un problema nuclear.
domingo, 15 de abril de 2018 · 00:09

Gabriel Mamani Magne   Escritor

Empecemos con la siguiente afirmación: la agresión ocurrida hace unas semanas en aquel micro de Santa Cruz es un acto de racismo. Continuemos con una aclaración: si crees que se le está dando demasiada importancia a este hecho y que, de paso, no se trata de racismo, sino de otra cosa (clasismo, regionalismo, victimismo, ponle tú el nombre), déjame decirte que, pese a que no seas un fan de Donald Trump ni tengas una esvástica tatuada en el hombro, tu negacionismo contribuye a la conservación y propagación del racismo. 


 Creo que se ha direccionado mal el tema. Además de hacernos creer que el racismo es algo insólito en nuestro país, muchos se han preocupado más por determinar quién se beneficia políticamente del acto racista que por reflexionar sobre el hecho racista en sí. Otros minimizan lo ocurrido argumentando que “en occidente también se discrimina a los cambas” y que por eso serían aceptables las acciones de la señora del micro. Ese es un pensamiento de wawas, una lógica que no hace más que legitimar la violencia como modo de responder a otra violencia: “He golpeado a Pepito porque él un día le ha rascado a mi amiguito”. 


En Bolivia, estamos acostumbrados a negar la existencia del racismo y a disfrazarlo de cualquier otra cosa. Un ejemplo de ello son las palabras de Manfredo Kempff, publicadas en El Deber el 27 de enero de 2018 (un mes y medio antes de lo sucedido en el micro): “A nadie le cabe la menor duda de que el racismo, que ya estaba moribundo en Bolivia, lo volvió a resucitar el MAS, con su andinocentrismo y pachamamismo radicales”; “En Bolivia, como en otras naciones muy avanzadas, lo que siempre existió fue el regionalismo, que es muy distinto al racismo”.


Patético. No es que el racismo nunca haya existido ni que en algún momento haya estado moribundo; lo que sucede es que antes nadie hablaba del tema y calificábamos como normales actos que reforzaban la creencia de cierta superioridad e inferioridad natural de algunos grupos. 


 Entiendo que el momento político que atravesamos exige una firme posición sobre el 21 de febrero, pero ese afán de querer explicar el racismo a partir del régimen actual me parece peligroso por simplista. “Antes no había racismo, Evo genera racismo, desde que él llegó al poder Bolivia se ha dividido”, dicen muchos, y no sé si lo hacen porque nunca en su vida han abierto un libro de historia, o porque nunca han mirado la sociedad con un mínimo de sentido crítico, o porque son tan evocentristas que creen que la historia de Bolivia empieza con Morales y que todos los males de nuestra sociedad se deben a él.


Con o sin Evo, el racismo está y ha estado presente en nuestro país de manera incesante y ubicua, tanto en la vida diaria como en los momentos constitutivos de la historia. Basta con preguntarnos por qué nuestros patrones de belleza siempre tienden a lo europeo, por qué las trabajadoras del hogar casi siempre son cholas, por qué el hijito de “la señora” tiene prohibido usar la misma cuchara de “la chica”, por qué la pobreza sube a medida que oscurece el color piel, por qué los indígenas no votaron sino hasta 1952, por qué un apellido aymara o quechua causa un leve sonrojo en quien debe portarlo, por qué llamar a alguien t’ara o cunumi o colla o indio sigue siendo la vieja confiable de los insultos, por qué en Santa Cruz se regó agua bendita en el mismo lugar donde unos residentes paceños habían realizado un ritual andino, por qué todo lo relacionado al mundo indígena es visto como algo inferior, por qué nos molesta tanto hablar de discriminación pero no nos molesta la existencia de la discriminación, por qué un jailón jamás se casaría con una chola, por qué la diputada Piérola prefiere una dictadura de botas antes que de ojotas, por qué las víctimas del racismo son especialistas en callar, por qué hay gente que se alegra cuando su bebé nace “un poco choquito”, por qué hacemos ruidos de mono cuando un jugador brasileño está a punto de ejecutar un córner en el Siles, por qué a los bolivaristas se les dice “cholis”, por qué podríamos pasar la noche entera desglosando ejemplos… por qué, por qué, por qué pensamos que toda esa miseria es algo natural y hasta justificable. 

El negacionismo como deporte nacional


El racismo es una lógica estructurante que atribuye a determinados grupos ciertas características de forma automática y establece una jerarquía basada en un sentido racial, defendiendo la superioridad natural de unos a otros. La forma en la que este tipo de discriminación se manifiesta va desde lo sutil hasta lo violento. El racismo ha sabido adaptarse a las épocas, de modo que, contrariamente a lo que muchos piensan, para ser racista no hace falta pertenecer al Ku Klux Klan ni prohibir la entrada a un bar a personas de un determinado grupo étnico. 


La discriminación se sofistica: un chiste sobre collas o negros ya constituye un acto racista. (Ya sé, amigo negacionista, ahora vas a decir: “maldito masista, ¿entonces todo es racismo y todos somos racistas?”. Calma, vamos a hablar de eso un poco más adelante). 


Ojo que el racismo y la tendencia a minimizar el problema no son exclusividad de una facción política ni de una región en específico, como algunas autoridades quieren hacernos creer, sino que son parte estructural de un sistema de creencias que engloba a todos y naturaliza la discriminación. De hecho, hemos naturalizado de tal forma el racismo que un “suerte negrito” o un carajazo como el de la doña del micro, para muchos, son algo aceptable, natural, inofensivo y (permítanme que vomite) defendibles por ser parte de la “cultura” y de la “libertad de expresión”. 


Relativizar el racismo es algo muy propio de aquellos que sienten que están perdiendo su lugar de privilegio y, con ello, su derecho a basurear libremente a determinados sectores. De esos hay muchos.

Bajo esa lógica, cualquier reivindicación de derechos es un victimismo montado por “resentidos” o “acomplejados”. Y si alguien pone en la mesa una evidencia inequívoca de racismo latente, como sucedió con la difusión del video en cuestión, el negacionismo legitimará al racista, quien hará todo por bautizar su acto con otro nombre y decir que el racista eres tú por mostrar la herida y querer hacer algo al respecto. 


No es racismo, “es clasismo”. No es racismo, “es regionalismo”. No es discriminación, “es un choque cultural”. No es que los odie, “es que no se bañan”. El eufemismo es un deporte que los bolivianos hemos cultivado con tanta dedicación, que nuestra sociedad está poblada de ejércitos de insensatos capaces de coronar sus prejuicios con sandeces como la siguiente: “Es que son así. No los estoy ofendiendo, solo digo la verdad”. 


Relativizar el problema o –aún peor– negarlo, es un ejercicio habitual en tiempos en los que deslegitimar cualquier interpelación a lo establecido está de moda (¿les suena familiar el término “feminazi”?). El negacionismo limpia de toda responsabilidad al racista e invierte los papeles: el culpable es la víctima, pues se queja por nada y su “hipersensibilidad” lo empujaría a ver discriminación donde supuestamente no la hay. Se trata de una tendencia muy en boga, que califica de “políticamente correctos” a todos los que se preocupan por buscar soluciones al problema (como si la incorrección política fuera motivo de orgullo, como si burlarse de alguien diferente mereciese una palmadita de felicitación) y propaga una cultura de odio y rechazo a la diversidad. Así, los victimarios tienen la certeza de que las víctimas son ellos, pues su libertad de expresión (léase: su libertad de insultar a un grupo determinado) estaría siendo coartada, mientras sostienen la idea de que cualquier reivindicación de alguna cultura no es más que una exacerbación de una raza, lo cual les genera la ilusión de un “racismo a la inversa”, es decir, la posibilidad de que el ultraje que ellos solían impartir a diestra y siniestra regrese hacia sí mismos como un búmeran. 


Pobrecitos: su libertad de joder está siendo coartada. 

¿Qué hacer?


Pienso que es importante empezar a entender que determinados rasgos somáticos te colocan en un lugar de privilegio o desventaja, aunque tú no lo hayas buscado. Los negacionistas  piensan que para que haya racismo debe existir un Holocausto, ignorando que todos nuestros sentidos comunes se forman y reproducen en función de palabras. Palabras que, unidas a otras, generan ideas, modos de pensar dominantes, bromas, concepciones de lo bueno y lo malo, y, como consecuencia, acciones.  


El racismo mella los derechos de una persona, su dignidad. El problema atraviesa todas las capas de la sociedad boliviana, de tal forma que los actos racistas no son exclusividad de un grupo o una persona en específico. 


Dividir el problema entre racistas versus santos sería algo equívoco; lo más saludable, creo, es aceptar que la jerarquización económica y simbólica por cuestiones raciales es un asunto todavía latente en Bolivia y que crecimos en un ambiente directa o indirectamente marcado por él. Si entendiésemos que el racismo es un problema nuclear que afecta material o psicológicamente a muchas personas; si desde niños nos hablaran de los beneficios de la diversidad y nos advirtieran sobre las consecuencias de los prejuicios; si dejáramos de ser tan alérgicos a cualquier teorización sobre los infinitos problemas de este país; si dejáramos de buscar excusas para justificar actos y comentarios racistas; si las víctimas entendieran que las ofensas basadas en el lugar de origen o el color de piel son algo inaceptable, quizá podríamos empezar a generar soluciones que vayan más allá de una simple cacería de brujas. 


Bolivia es un país que huye de su propia imagen con la misma facilidad con la que se entrega a todo lo foráneo. Se trata de una carrera hacia lo blanco –ergo, una necesidad de sentirse separado de lo indígena o negro– que hace que el negacionista diga “eso no es cierto”, mientras su percepción de lo bueno y lo deseable, la historia de sus antepasados, las jerarquías en las que se mueve, sus gustos, sus chistes, su ceguera y su conservadurismo demuestran todo lo contrario.   


 ¿La palabra racismo te parece demasiado pesada? Ok, no existe el racismo, nadie es racista. Pero el problema existe, así que puedes ir buscando otros términos para bautizar al asunto. 


A mí se me ocurren dos: estupidez u odio.

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