Tres Tristes Críticos

Titanes del Pacífico. Insurrección

El filme, dirigido por Steven DeKnight y producido por Guillermo del Toro, no logra superar a su predecesora.
domingo, 15 de abril de 2018 · 00:00

Fernando Molina Periodista

Hace cuatro años el cineasta mexicano Guillermo del Toro tuvo una idea de las suyas, de éstas que lo han convertido en uno de los más destacados cultores del cine de género y en general del arte “clase B” o hecho para entretener. Esta idea fue crear una historia basada en el género asiático de los “kaijus” o monstruos que atacan el mundo y los “mecha” o artefactos mecánicos antropomorfos manejados por los seres humanos que detienen a los primeros (que en este caso se llaman “jaegers”).

Este género ha sido el gran marco para el desarrollo y la expansión de la manga y del cine comercial nipones; tiene una historia de éxito e impacto de medio siglo y sus diversas recreaciones se han hecho un pequeño pero entrañable lugar en la biografía de millones de personas de todo el mundo (en la mía, Ultra Seven). 


La versión del género de Del Toro se llamó Pacific Rim o Bordes del Pacífico (2013), que entre nosotros fue traducido como Titanes del Pacífico, y pese a su forma estereotipada, tributo a la estructura del género, tuvo cierta gracia. El factor de interés residía especialmente en el hecho de que los “jaegers” requerían de dos manejadores, pues la “carga neuronal” necesaria para activar con la mente a estos “titanes” hubiera acabado con un individuo solo. Esto permitía a la película detenerse en los rifirrafes entre las parejas de pilotos. Por otra parte, Guillermo del Toro buscó hacer una película entretenida para los adultos, pero sin la “oscuridad” que es ahora tan común en los  largometrajes comerciales de aventuras. Su película tenía, en efecto, un tono cómico suave que no le caía mal, y un montón de referencias a los elementos característicos del arte popular asiático.

Pacific Rim. Uprising


El propio Del Toro pensó en una secuela de esa su incursión en el cine de grandes monstruos (él, que es un especialista en monstruos de tamaño más pequeño), porque tuvo un puñado de ideas que no pudo ejecutar en la primera obra. Al final, no hizo esta segunda parte, que terminó llamándose Pacific Rim. Uprising, según se dijo por problemas de agenda, pero sí la produjo. El autor fue Steven DeKnight, un novato que no pudo impedir que, pese a todo, el proyecto desbarrancara. 


De tanto subrayar los elementos genéricos, DeKnight terminó  convirtiéndolos en “tics”, esto es, en clichés que se saben clichés y se presentan como clichés, desde la pareja protagonista, que consuma la arquetípica reunión de un adulto y una niña “extraños”, hasta el científico al que le falta decir “muajajajaja” mientras pone los ojos en blanco, pasando por la simplemente falsa relación entre el piloto principal y el stablishment formado por el curioso cuerpo militar creado por la humanidad para luchar contra la amenaza extraterrestre que implica la acción de los “kaijus”. DeKnight “continúa”, es decir, imita a Del Toro sin ser él, con lo que al final produce una suerte de involuntaria parodia de la película precedente. Por ejemplo, reproduce la constricción implantada en la obra en la que se inspira, que era la carestía de “jaegers” por la suspensión de estos artefactos como método de lucha contra los “kaijus”, pero lo hace de una forma argumentalmente descuidada que la vuelve poco verosímil. 


En suma puede decirse que Titanes del Pacífico. Insurrección no es la excepción a la conocida regla de que ninguna segunda parte fue mejor que la primera.

“Monstruos coleccionables”


Desde los comienzos de la cultura humana el ser humano ha fantaseado sobre la existencia de criaturas peculiares, maravillosas o atroces, que coexisten en silencio con él o que aguardan en algún sitio secreto el momento de irrumpir en su vida. Esta tendencia reflejó su desconocimiento del mundo y su miedo a lo que esta ignorancia podía ocultar, pero también su deseo de perfeccionar o al menos de alterar en algo la creación de Dios, ya fuera por encontrarla aburrida o por hallarla poco coherente.

Una prolongación actual de esta tendencia (que afecta sobre todo a los niños, cuya sensibilidad ante el entorno es, como se sabe, mayor que la de los adultos) son las listas de monstruos ordenados según sus características y poderes. Los llamo “monstruos coleccionables” porque supongo que cada quien busca, así sea imaginariamente, juntar todas sus características en un solo paquete, como ocurre en el juego Pokemón. Simétricamente, los “mechas” también forman colecciones con habilidades y armas distribuidas y graduadas de manera que unos sean más formidables que otros. 


Son una expresión contemporánea de los bestiarios medievales, que tenían este mismo propósito: registrar un tesoro ficticio para excitar con él la imaginación de los lectores. Por esto los bestiarios eran una lectura tan deleitable como hoy lo son las historietas.


Siguiendo las reglas del género, Del Toro también imaginó sus “kajus” y sus “mechas” como portentos “coleccionables”, es decir, como parte de una lista que avalúa sus poderes, lista que el aficionado usa para guiarse en la batalla. Sin embargo, este elemento propio del género, que tan disfrutable es cuando se presenta en una infografía dentro de una historieta, pasa desapercibido en las películas, al menos cuando el director, como en este caso, no se atreve a detenerse algunos minutos en él por ese deseo de “llegar a los adultos” de una audiencia que, primero, es en realidad prioritariamente juvenil y, segundo, cuando no lo es, está de todas maneras deseando actuar con ingenuidad (lo que no significa con estupidez). Pero bueno, “detenerse” es un verbo que los directores de las películas de esta clase sienten pánico de conjugar: si para ellos hay un dogma, este es la equivalencia entre diversión y vertiginosidad.

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