LETRAS

La Biblia, metáforas y Dylan

Abril es el mes en el que la Academia Sueca comienza a analizar los finalistas del premio que otorgará en octubre. También es el mes en que Bod Dylan, fue a recoger su premio. Jorge Patiño aprovecha estas asociaciones para publicar dos ensayos en torno a la poesía y Dylan.
domingo, 22 de abril de 2018 · 00:00

Jorge Patiño Sarcinelli escritor

Cuando se otorgó el premio Nobel de literatura a Bob Dylan, los muchos debates que se dieron no arrojaron una respuesta definitiva sobre el valor literario de su obra. La pregunta fundamental creo que sigue abierta: sobre la base de qué criterios podemos salir del dilema “me gusta (o no me gusta)” para declarar buena (o mala) la obra poética de Dylan (o la de otros). 


Todo poeta es mediocre hasta que se demuestre lo contrario; pero el peso de la demostración cae sobre sus defensores; no sus detractores. Tal vez no haya criterios únicos o absolutos para declarar bueno un poema, pero debería ser posible al menos argumentar las bondades de un poema con un mínimo de rigor; aunque ni siquiera sobre esto hay un acuerdo general.


La pregunta es vieja y no tengo respuesta, pero las preguntas sin respuesta son las que más valen la pena intentar responder. Partamos del otro extremo histórico: “La Biblia está escrita en lenguaje poético” y “algo de la mejor poesía que se ha escrito está en la Biblia” dice Northrop Frye, un eminente crítico literario canadiense, en su libro Palabras con poder, que nos sirve de eje para este texto y de donde vienen las citas sin referencia.


Podríamos formular la pregunta en otros términos: ¿Qué tiene la Biblia que permita llamarla poética? ¿Lo que tiene la Biblia de poesía tiene algo que ver con lo que tienen las canciones de Dylan? ¿Es lo poético un carácter único que posee todo aquello que llamamos poético, o más bien inventa cada generación formas de poesía que responden a criterios propios de esa generación? Ambas opciones son buenas. 


Frye se inclina por la primera y atribuye a la Biblia no sólo ese carácter poético, sino que afirma que “la unidad de la Biblia indica o simboliza una vasta unidad imaginativa en la literatura secular europea”. La implicación para los defensores de Dylan es que su obra pertenece a esa gran unidad imaginativa. Encuentro la universalidad de esta tesis más interesante que la arbitrariedad particular, aunque sea más exigente en sus criterios.


La Biblia es muchas cosas para mucha gente; desde una obra literaria hasta un testimonio histórico, pero probablemente el significado más atribuido a la Biblia es el de aquellos que la ven como fuente de verdades religiosas fundamentales y absolutas, aunque no todos estos encuentren  en ella las mismas verdades.


Sería notable que la Biblia fuese al mismo tiempo poesía y verdad sabiendo cuán esencial es la ambigüedad en la poesía y cuánto de absoluto buscamos en la verdad. En Frye esta aparente paradoja se resuelve a través del mito y la metáfora. De hecho, dice él que “en la Biblia sólo podemos llegar a los valores conectados con la palabra verdad a través del mito y la metáfora”, y, para mayor claridad, “la Biblia entera, desde el primer capítulo del Génesis hasta el vigésimo segundo del Apocalipsis está escrita en el lenguaje del mito y la metáfora”.


Hay quienes defienden una lectura literal de la Biblia, aun cuando algunos de sus pasajes más hermosos como “Yo soy el camino, la verdad y la vida” tengan una lectura literal absurda. San Pablo aconseja que la lectura del Viejo Testamento  debe hacerse con “discernimiento espiritual”; y la lectura literal no es precisamente la que más tenga ese carácter. En todo caso, la inteligencia reclama que se eviten los mythous bebelous (mitos tontos) de los que está llena la Biblia para consumo de niños y beatos.


Es importante notar que cuando Frye dice que la Biblia está escrita en el lenguaje del mito y la metáfora no está sólo diciendo que el lenguaje bíblico usa mitos y metáforas, sino que su lenguaje mismo pertenece a esa categoría de discurso, para distinguirla del descriptivo, el dialéctico o el ideológico.


El descriptivo es el lenguaje de la ciencia, cuyo fin es retratar la realidad de la manera más precisa y objetiva posible. El dialéctico es el lenguaje de los conceptos gobernado por la lógica, donde el escritor dispone la argumentación pero se somete a sus reglas. El ideológico es el lenguaje donde se expresan las ideas y preferencias de visión del escritor, quien es libre de decir lo que piensa. A estas categorías podríamos sumar el profético y el delirante.


Distinto de todos ellos es el lenguaje metafórico de la poesía, que no se propone describir una realidad de manera imparcial, ni hacer demostraciones lógicas ni convocar adhesiones ideológicas, sino expresar relaciones de la imaginación, y cuyo criterio no es el de lo real, sino el de lo concebible.


Aunque estamos rodeados de metáforas –no en vano Aristóteles decía que “no hay nada superior a la capacidad de crear metáforas”- para el hombre moderno, las tres categorías –descripción, argumentación e ideología- son formas naturales de lenguaje, pero él es un usador más que un creador de metáforas. 


En cambio, el hombre antiguo, cuyo vocabulario era reducido y su lenguaje menos dúctil, estaba obligado a crear metáforas como rutina para aumentar su capacidad de expresión. Poco a poco esas metáforas fueron incorporadas en el lenguaje y ya no las reconocemos. Al final, como dice Nietzsche, “todo el lenguaje son metáforas muertas”. Incluso una palabra tan esencial como “ser” es en origen una metáfora de respirar.


Hay poesía que describe y que argumenta y poesía de protesta, pero un texto que sólo es esas tres cosas, será a lo sumo prosa en verso, pero no poesía. Al contrario, aunque en ello no expreso más que una preferencia por un criterio que no es absoluto, “una función de la poesía es mantener vivo el hábito de metaforizar”, y por eso “el lenguaje de la poesía es un lenguaje concreto, donde los objetos de la experiencia sensorial están en primer plano”.


Pero la poesía, además de diferenciarse de las otras categorías del lenguaje por su carácter metafórico, es ambigua en sus lecturas y por eso, “en lugar de reclamar unidad, promueve la diversidad”. En el reino de la imaginación no hay absolutos: como dice Yeats, “hacemos retórica en las peleas con otros, hacemos poesía en la pelea con nosotros mismos” y no le debemos a nadie explicaciones de estas peleas interiores.


A todo esto, ¿dónde quedan la Biblia y Dylan? Nada de lo dicho resta un ápice de la Biblia como texto poético o como fuente de verdad. Queda para cada uno de sus lectores decidir si son capaces de encontrar las mismas verdades leyéndola en clave metafórica y mitológica, como sugiere Frye, o ignorarlo. A los admiradores de Dylan cabe encontrar en su poesía la fuerza metafórica que demanda el criterio propuesto, o cambiarlo por otro. Al final si la poesía rechaza los absolutos, ¿por qué debería adoptarlos su crítica? A esto dedicaremos un siguiente artículo.

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