Lectura

Dylan, el pecado y la Biblia

En esta segunda entrega, el autor problematiza sobre la obra del premio Nobel Bob Dylan a través del libro Dylan poeta, Visiones del pecado, de Christopher Ricks.
domingo, 29 de abril de 2018 · 00:00

Jorge Patiño Sarcinelli  Escritor

Hace año y medio casi, cuando se anunció el premio Nobel de literatura otorgado a Bob Dylan, no hubo persona interesada en los quehaceres literarios que no tuviese una posición de reacción, en primer lugar instintiva, en contra o a favor de los merecimientos del gringo para el premio que recién se dignó a recibir hace un año. 


Digo “instintiva” porque me pareció que la reacción de la mayor parte de las personas fue, de hecho, instintiva; basada unos en la idea preconcebida de que un cantautor de rock americano no debía jamás recibir tal premio, y otros en la reivindicación larga e inconscientemente esperada del reconocimiento de su propio buen gusto. En otras palabras: ni unos ni otros fundamentaban su opinión en criterios literarios. 


Admito que me cuento entre los primeros; los prejuiciosos que no veían la posibilidad de juntar lo nobel a lo popular, o que habrían estado más abiertos a esa osadía sueca si se hubiese tratado de una Violeta Parra o de un Alfredo Zitarrosa; quienes, si bien no tenían los megaméritos discográficos, mostraban al menos credenciales revolucionarias más puras.


No me exime de la superficialidad instintiva de mi reacción haberme preguntado por los criterios literarios que justificaban el premio, pues no pasé de la pregunta. De hecho, confieso que la hice más para demostrar que no había respuesta que lo contrario. Hasta ahí mi imperdonable culpa que quise olvidar lo antes posible; antes, en todo caso, de que apareciese alguien con la respuesta.


Es probable que el subconsciente siguió intrigado con la pregunta cuando me topé hace poco con el libro de Christopher Ricks, Dylan poeta, Visiones del pecado (2016), que hace una defensa abierta de las virtudes poéticas del cantautor. ¿Por qué, me pregunté, tragarme más de 500 páginas de defensa de una tesis contraria a mis instintos? Por la simple razón de que es más interesante que nos den la contra que la razón.


Si embargo, la obvia debilidad, cuando se trata de sacar de esa lectura un artículo, es que quienes comparten mi instinto lo rechazarán y quienes no lo hacen dudarán del converso. A los primeros invito a navegar contra el viento por el viento  y a los segundos por el sabor de la incógnita.


Ricks admite el sesgo de su lectoría anticipada: “Lo más probable es que la mayoría de la gente que lea este libro ya sabe lo que siente sobre Dylan, aunque no siempre sepa por qué lo siente o lo piensa”. Es decir, es un libro para dar munición a los feligreses.


Ricks es un admirador que da por hecho que la poesía de Dylan es buena y nos pide que lo sigamos en su viaje literario de confirmación. Propone para eso un itinerario religioso. “Este libro no afirma que la mayor parte de las canciones de Dylan, y ni siquiera las mejores, tienen como tema principal el pecado, pero sí que es la mejor clave para entender el todo”.


Ricks subtitula su libro Visiones del pecado, pero le da un guión más amplio analizando en las letras de Dylan primero los pecados capitales: envidia, codicia, avaricia, desidia, lujuria, soberbia e ira; después las virtudes: justicia, prudencia, templanza y entereza, y cierra con las virtudes teológicas: fe, esperanza y caridad. 


Dado que en otro artículo sugiere que la Biblia contiene claves para entender la poesía, es una feliz casualidad que Ricks use un índice religioso para analizar la obra de Dylan. De hecho, la conexión entre la poesía de Dylan y la Biblia es reconocida. “La poesía de Bob Dylan está profundamente marcada por la Biblia”, dice Ricks, y Dylan mismo dijo que su disco John Wesley Harding es el primer disco de rock bíblico. Los conocedores de la vida y letras de Dylan sabrán qué quiere decir.


El libro de Ricks admite la dificultad de establecer criterios para demostrar que la poesía de Dylan es buena. Nadie cuestiona que él es un poeta; la pregunta es si es bueno o suficientemente bueno como para el Nobel. La respuesta dista de ser obvia justamente por la ausencia de criterios. Al respecto, Ricks cita la frase de T. S. Eliot “No es siempre cierto que una persona que reconoce un buen poema cuando lo encuentra puede decir por qué es un buen poema”.


Esa imposibilidad de decir qué hace que un poema, y por extensión un poeta, sea bueno, parece dejarnos desarmados para una discusión sobre los méritos de Dylan para recibir el premio Nobel con criterios objetivos. Si éstos no existen, ¿podemos entonces hablar de una intuición crítica, una especie de olfato inequívoco pero indefendible que distingue al buen crítico? Éste sería en ese caso también un artista sujeto a criterios de calidad tan indefendibles como los del arte.


Lo ilustra el crítico William Empson: “Estaba seguro de que el ejemplo era bello y que yo había, en un sentido general, reaccionado a él correctamente. Pero yo no sabía qué había pasado en esa reacción; por qué ese ejemplo era bello”.


Abandonar el terreno de la objetividad por el de la intuición parece implicar una pérdida, pero nos pone en el mismo plano en que se desarrolla el propio proceso creativo. ¿Por qué tendría el resultado de un proceso que es más intuitivo que racional, más misterioso que aparente ser el sujeto de criterios racionales? 


Dylan nos advierte contra los peligros de una racionalización del proceso creativo. “A medida que envejeces te haces inteligente y eso te perjudica porque intentas controlar demasiado tu impulso creativo”, dice él. La creatividad sería un impulso y un poema el resultado de un impulso, no una construcción. 


Lo que este razonamiento sugiere no es que debamos abandonar todo intento de calificar una obra poética, sino que esta calificación deberá tener un componente objetivo y uno intuitivo. Ricks dice que “un gran artista es al mismo tiempo altamente entrenado y muy instintivo”. Habría entonces que opinar sobre ambos aspectos de una obra –técnica e intuición– para decidir si alguien es un gran artista.


El libro de Ricks es tan abiertamente la obra de un admirador que, por más inteligente y erudito que sea, tal vez no sea el apropiado para convencer a los escépticos, prejuiciosos y reticentes, pero no me cabe duda de que será un placer para los fanáticos y les dará mucha munición para discusiones con los primeros; hasta que podamos demostrar si estas frases son poesía: “Vi a un recién nacido rodeado de lobos salvajes / Vi una autopista de diamantes que nadie usaba / Vi una rama negra goteando sangre”…

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