Notas para no romperse una pata

El día después de la fiesta: Resacas agridulces del FITAZ

La autora elabora una evaluación del Festival Internacional de Teatro de La Paz, que bajó el telón el pasado domingo.
domingo, 13 de mayo de 2018 · 00:00

Fernanda Verdesoto Ardaya Crítica

Y entonces, se bajó el enorme telón del Municipal, se apagaron las luces del NUNA, se vació el teatro de Cámara, se desmontó la carpa Kusisiña. Se terminó la onceava versión del FITAZ, y llevo conmigo varias impresiones que, con sus altos y bajos, me dejan un dulce sabor, en fin. 

El FITAZ, en su mayoría, tuvo grandes puestas en escena este año, y hubieron tantas que diría que se arriesgaron a más, a los recursos poco utilizados, a la polémica, a los tópicos que están en boca de todos. No es poco decir que en medio de todo esto  tuvimos tres obras que apelan a nuestra reflexión sobre la identidad de género: Eva Perón de Otero Moreno Teatro (Santa Cruz), El deseo de El masticadero (Cochabamba) y la extraordinaria Thácht de Armatrux (Brasil). 

Esta última fue realmente cerrar con broche de oro un festival que ya ha cumplido su mayoría de edad sin que nos demos cuenta. En tres escenarios paralelos, tres obras abordaron la violencia de género desde diferentes perspectivas: Ella de la Comedia Cordobesa (Argentina), que muestra este problema social desde la lógica masculina, una obra que me hizo salir de mi zona de confort. 

Por otro lado, Déjà vu: el corazón también recuerda de Kory Warmis (El Alto), que fue la obra que concretó la gran –esperada- síntesis entre el teatro contemporáneo y el teatro popular, con el fin de representar la violencia cotidiana (física y no física) que se va trasladando a varios grados y niveles. Fue la obra donde el escenario perteneció a los/las artistas y gremialistas a la vez, otra obra que me hizo salir de mi zona de confort. Animales domésticos de Andrea Riera (Sucre), nos mostró la visión de la violencia a través de la cotidianidad poco explorada, a través de la cercanía de la protagonista con su perrito Tuti, esta obra también me hizo salir de mi zona de confort. 

Este FITAZ fue salir de lo esperado, re-descubrir problemas abstractos, como la identidad: Al otro lado del mar de la Compañía Nacional de Teatro de Costa Rica nos hace re-pensar en nuestro propio nombre y nuestra vocación (¿Realmente nos identifican? ¿Nos hacen ser?) También encontramos las obras que nos mostraron esos problemas de los que hablamos todos los días como el medio ambiente, pero que jamás lo trataremos como propios (Agua/Wasser de la cooperativa La Paz-Bonn); o la violencia hacia los niños: Betún (Teatro Strappato, Italia), personaje alegórico enmascarado y sin expresión, o Papá está en la Atlántida (El Fénix Producciones, México), donde no fue papá, sino el amor de papá que se hundió con este continente mitológico, donde no perderse en el desierto significa hundirse en el regazo del amor fraternal. 

En muchas ocasiones, el FITAZ fue re-descubrir el espacio y el sonido, así lo hizo Eva Perón, obra que habilitó una parte del Teatro de Cámara como escenario, un espacio-mundo desconocido para muchos; y sí, con la pequeña apertura de una puerta, re-pensé cómo sería el sonido en la residencia presidencial de Olivos o la Casa Rosada. 

Así lo hizo Cosas maravillosas dirigida por Eduardo Cervieri (Uruguay), que no solamente me hizo realizar mentalmente mi propia lista de cosas maravillosas en esta vida, sino que a nosotros como público nos hizo re-inventarnos como artistas y actores de esas maravillas cotidianas escenificadas. 

Re-inventar el material es lo que hace el teatro, y es lo que lo hace tan grande, aunque muchas veces no nos percatemos. La bellísima Delirios de papel (Chile-España) re-inventó el legendario escenario del Municipal para que se convierta en un gran dibujo hecho de personas, para luego poder reciclar el material y que se re-utilice como una nueva historia.

 Thácht re-inventó la música, que se convierte en un personaje más, en un texto, en una música-escenario. La música en esta obra brasileña fue el ser coherente en medio del diálogo absurdo, la que justamente nos llevó a entender el diálogo que parecía salido de una obra de Samuel Beckett. Ese diálogo, que de repente era más claro que nunca. Entendimos, por fin, el teatro. Y finalmente, nosotros los grandes (o al menos eso nos dicen), pudimos también llevar a los niños a la carpa Kusisiña, espacio delimitado en la plaza San Francisco que logró que la lluvia ya no fuera más un impedimento. Fuimos a reír y a ver a los chicos reír. Los vimos entenderse en otro espacio, donde no pasaba nada más que la obra, el trajín del centro ya ni se sentía. Donde solamente hay teatro. 

Entonces, ¿qué pasó espectador paceño? Entre todas las oportunidades de vivir algo totalmente nuevo, no te vi allí. Siento que algo falló al ver varios de los teatros a medio llenar. ¿Qué pasó? ¿Qué ocurrió que dejamos las artes escénicas como algo de tan poca prioridad hoy en día? ¿Qué pasó con la emoción de sentir el sonido directamente desde las cuerdas vocales del actor? ¿El sonido puro de los pies rechinando contra la madera del teatro? ¿De oler la lágrima de un personaje? ¿De percatarse de los errores o el quebrantamiento de la voz? ¿Qué pasó con sumergirse en las luces? ¿En tratar de entender cómo hicieron una maniobra sin utilizar tecnología? 

¿Qué ocurrió entonces que en La Paz la gente ya no ve conciertos, danza y teatro? Hasta parece cierto que toda la movida cultural migró a Santa Cruz, que como paceña empedernida me negaba a creer. No es cuestión de precios, porque cuesta igual ir al cine. No es una cuestión de practicidad, ya que toda zona (norte, sur y periferia) tenía su propia sede. Tampoco fue que justo era a la hora de salida de oficina, pues había muchas ofertas de horario. 

¿Qué pasó? Sólo llegué a ver teatros más concurridos los últimos días. Es posible que sea cierto, entonces, que sólo apreciamos algo cuando sentimos que lo estamos perdiendo.

Este FITAZ ya se nos fue, y la pena me acoge cuando me doy cuenta que sólo hemos sido unos

cuantos que hemos podido apreciarlo (y también me refiero a todos aquellos que, al pasar de los días, se me hicieron conocidos al ver repetidamente sus rostros). ¿Es que nos hemos dejado llevar por la rutina de la comodidad? ¿Del Netflix? ¿De que ya todo nos queda cerca y que moverse más de doscientos metros ya no vale la pena? ¿O es que ya todo gira alrededor de la comida y del trabajo? 

Me di cuenta, que el cansancio de diez horas diarias laborales, vale la pena cuando puedo hundirme en una silla –acolchada o tabla raja- para poder mirar, observar, escuchar y hasta oler una nueva propuesta teatral. Respirar profundo y darme cuenta que nunca terminaremos de parir creaciones extraordinarias. 
 

 

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