Cafetín con gramófono

Sobre el libro de velos de Óscar García

El más reciente libro de Óscar García es, para Omar Rocha, una escucha atenta de la ciudad y sus habitantes, un dejarse llevar hacia el paisaje sonoro. evidenciando que las palabras no alcanzan que es necesario que surjan las imágenes y las metáforas sonoras.
domingo, 13 de mayo de 2018 · 00:00

Omar Rocha Velasco Literato

La palabra develar, remite a quitar velo, a apartar esa tela (generalmente tul como dice el diccionario) u otro tejido fino y transparente con el que se cubre algo. Se trata, en un segundo sentido, de quitar esa cosa material que envuelve cierta cosa y que generalmente impide verla o entenderla. En fin, develar es dejar ver lo que no se puede ver. 

Sin embargo, quisiera retomar el sentido de la palabra “velar”, también presente en develar. Velar es permanecer despierto durante el tiempo que se destina a dormir, es cuidar un enfermo o acompañar el cadáver de un difunto. Quizá no haya acto de amor más demostrativo que velar el sueño de la amada o del amado. Velar es cuidar con esmero, es hacer guardia de noche… Por eso, me parece que velar también tiene que ver con escribir, es decir, un hacer que obliga a estar despierto, a cuidar con esmero, a hacer guardia de noche, a develar.

El libro de velos es el testimonio de alguien que escribe, de alguien que vela y devela y eso no es poca cosa porque hay que tener algo que decir y hay que tener una libreta de anotaciones en la que se plasme una necesidad, se despliegue negro sobre blanco escribiendo y/o dibujando (el gerundio es absolutamente necesario y fundamental).

En efecto, el libro de velos tiene textos y dibujos, no como lenguajes diferentes ni separados sino como una continuidad. Los dibujos no son complemento o ilustración de los textos ni los textos una explicación de los dibujos, así, ambos (textos y dibujos), alcanzan el estatuto de escritura/imagen y comparten, además, la proximidad de las hojas en las que aparecen de forma indiferenciada.

Los textos son breves, difíciles de “clasificar”, no son historias, ni narraciones en un sentido tradicional, quizá son breves prosas reflexivas, poético/musicales, que surgen de un generoso don, una forma de someter a la parálisis o ataraxia, un hacer que se manifiesta día a día, gota a gota, “de tantas cosas están hechos los días, de tanta agua y tanta mueca”.

Estos textos tienen una dimensión política y son altamente cuestionadores de la sociedad de la resignación, este cuestionamiento no utiliza categorías sociológicas, no establece la división entre proletarios y burgueses, simplemente señala las inconsistencias y contradicciones de los “tiempos en los que hay más circo que pan”. Los héroes, los ídolos, y los arquetipos a los que se cuestiona, son siempre muertos pobres, desapasionados, insensibles, faltos de coherencia entre su decir y su hacer, también los que zalamean y hablan por hablar.

Escriba, digamos, “aquí, tomando un martini” o “aquí, siendo revolucionaria, con mi chalina roja”, o “aquí, leyendo a Sartre, en francés”. Luego al despertar cuidado tropiece con la bacinica, no habrá nadie para ayudar.

Estos breves textos son también una reflexión sobre el arte, un poner en evidencia las imposturas que lamentablemente hacen que actualmente nos preguntemos por las fronteras entre arte y marketing, por ejemplo usar un instrumento sólo por su timbre, o los que van con una “calcomanía de piolín y no los saben”, hermosa imagen que condensa mucho de lo que García llama el arte “lait” de los que caminan como si estuvieran pisando huevos:

“Los hay quienes publican, pintan, modelan esculturas, sacan fotos, hacen velas de colores, tienen una foto con Yuri Gagarin, filman una película con gatos y niñas descalzas, toman con medida y cocinan con receta. Al final se van con una calcomanía de piolín y no lo saben”.

Encuentro también una insistencia en la potencia de una poética de la minucia y lo cotidiano, tremolar el hueso o “debutar en el asombro” puede estar en una mesa próxima, en una toalla húmeda, en la ropa húmeda secando en el patio, en una enagua en la ventana, en lo nimio próximo que los velos vuelven tan lejano. 

El libro de velos, además, es una escucha atenta de la ciudad y sus habitantes, un dejarse llevar hacia el paisaje sonoro evidenciando que las palabras no alcanzan y es necesario que surjan las imágenes y las metáforas sonoras. Así, se da cabida a la vibración de las alas de un colibrí, a los cuerpos que se rozan, “hay tantas sonoridades para la extrañeza”. La sonoridad condensa, expresa lo que las marcas materiales de la escritura no alcanzan, lo efímero de lo sonoro recoge lo que las palabras quisieran decir sonando, o escuchando un miriñaque.

Este libro es, por otro lado, un señalamiento de aquellos lugares o entre-lugares absolutamente otros, cuestionadores de los puntos de apoyo a los que estamos acostumbrados tanto en el tiempo como en el espacio, por ejemplo, reparar en “la respiración de Bela Lugosi antes de la mordida fingida”, es hacer tambalear toda la estantería de lo que convoca la atención de cualquiera de las superficies sensibles que relaciona los sujetos con los objetos, o los cuerpos con su mundo circundante, según quiera verse. Sólo estos desplazamientos son los que hacen posible que Bolivia se vea como un “atado”, en una de las imágenes más originales y más potentes para situarse en este país:

“Su atado era mágico, caótico, entrópico, trópico y altura. En su atado cabía a veces amor, a veces olvido. Cargate tu Bolivia –le decía el hijo, antes de la despedida–, tienes que cargarte tu atado, con eso vas a ir…”

Este libro, un velar, un develar, un hacer marcado por señalamientos, por extrañamientos; transitado por sonidos, minucias, objetos; animado por una poética; atravesado por el humor, a pesar de todo, es un canto optimista que muestra que todavía hay agüita fresca, buenas copas de vino, “medias contra medias”.

 

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