Genio y figura

“Así merito” era Cantinflas

Han pasado 25 años desde la muerte de Mario Moreno y Juan Carlos Salazar lo recuerda con un perfil que da cuenta de las luces y sombras del actor mexicano.
domingo, 20 de mayo de 2018 · 00:00

Juan Carlos Salazar del Barrio Periodista

Mario Moreno era un actor novato cuando olvidó su monólogo en pleno escenario. Paralizado por el pánico, en medio de las burlas y rechiflas de un auditorio agresivo y exigente, comenzó a balbucear palabras y frases sin sentido, en un monólogo enrevesado  que arrancó sonrisas, primero, y sonoras carcajadas, después.

“¿Qué está pasando?”, susurró, muerto de miedo, a su compañero de rutina, el también cómico Estanislao Shilinsky. “¡Sigue así!”, le respondió. “Se están riendo porque dices mucho y al mismo tiempo no dices nada”. En ese momento, Mario Moreno supo que había triunfado. Acababa de nacer Cantinflas.

El célebre comediante mexicano, a quien Charles Chaplin elogió como uno de los mejores de su época, tenía 20 años cuando abandonó sus estudios de medicina para dedicarse a la actuación. Ganador del Globo de Oro por La vuelta al mundo en 80 días (1956), Mario Fortino Alfonso Moreno Reyes -su verdadero nombre- protagonizó 39 largometrajes, siete cortometrajes y tres películas internacionales.

Fue el sexto de doce hijos del matrimonio formado por el cartero Pedro Moreno Esquivel y María de la Soledad Reyes Guízar. De los doce, sobrevivieron ocho. Nació el 12 de agosto de 1911 en el barrio de Santa María la Ribera, pero se crió en el de Tepito, uno de los más pobres de México, cuna del “peladito”, el típico personaje de la clase baja, pícaro, audaz y simpático, el pobre que supera las adversidades, pero nunca progresa ni asciende de clase social, a quien interpretó magistralmente en el celuloide.

Ayudante de zapatero, limpiabotas, cartero, taxista, boxeador aficionado, bailarín y aprendiz de torero, hizo de todo antes de subir al escenario para ganarse la vida como artista. Decía que había adoptado el nombre de Cantinflas para no avergonzar a su familia. Aunque nunca precisó el origen de su apodo, sus biógrafos lo atribuyen a una contracción de las expresiones “cuánto inflas”, por parlanchín, o “en la cantina inflas” (en el argot mexicano, “inflar” significa beber).

Debutó en 1936 con No te engañes corazón, pero su primer éxito fue Ahí está el detalle (1940), donde desplegó sus dotes y consagró al personaje. La frase que le dio nombre a la cinta fue la muletilla de toda su carrera. Luego siguieron El gendarme desconocido, A volar joven, El siete Machos, Caballero a la medida y Abajo el telón, entre sus películas en blanco y negro, y El bolero de Raquel, El analfabeto, El padrecito y El profe, en su producción  a color.

Con su pantalón a media cadera, su “gabardina” colgada del cuello, su sombrerito de pico y su bigotito ralo, casi pintado, supo captar la viveza, la astucia y el “rebuscarse la vida” del “peladito”, a quien el cronista Carlos Monsiváis definía como el lumpen proletario, “el que nada lleva y nada tiene (…), el que nunca tuvo con qué cubrirse”.

Según el escritor, Cantinflas es “la erupción de la plebe en el idioma”, porque “así merito” habla el mexicano del pueblo. Su “estilo” -dice- es una “brillante incoherencia”. En la “manipulación del caos” y la “completa emancipación de palabras y frases”, lo enredaba todo: “Y le dije. Y entonces, ¿qué dices? Ni me dijo nada, nomás me dijo que ya me lo había dicho, y entonces, ¿qué?, como no queriendo. Entonces, pues, yo digo, ¿no?”.

La Academia de la Lengua reconoció las palabras Cantinflas, cantinflada y cantinfleo, los adjetivos cantinflesco, cantinflero y acantinflado y el verbo cantinflear para definir el modo de “hablar o actuar de forma disparatada e incongruente y sin decir nada con sustancia”.

Al intervenir en una polémica entre dos líderes sindicales, uno de ellos había desafiado al otro a demostrar su “capacidad dialéctica” en un debate con Cantinflas. El cómico aceptó el reto y le lanzó la siguiente perorata: “Ahora voy a hablar claro, camaradas: hay momentos en la vida que son verdaderamente momentáneos. Y  no es que uno diga, sino que hay que ver. ¿Qué vemos? Es lo que hay que ver. Porque, qué casualidad, camaradas, que poniéndose en el caso, no digamos que puede ser, pero sí hay que reflexionar y comprender la sicología de la vida para analizar la síntesis de la humanidad. ¿Verdad? Pues, ahí está el detalle”.

Paradójicamente, era un hombre serio en su trato cotidiano. Vestía íntegramente de negro, de pies a cabeza, y usaba unas gafas oscuras que acentuaban su gesto adusto. Así lo vimos el día que lo visitamos con Alfonso Gumucio en su oficina de la  colonia Roma de la capital mexicana, para una entrevista para la agencia DPA.     

“Cuando inicié mi carrera como actor cómico, mi familia se oponía. Prefería que yo fuera doctor o licenciado, pero yo insistí en el show bussines y para que mi familia no lo supiera, comencé a inventar nombres que fonéticamente me gustaran, y entre ellos encontré el de Cantinflas. Mi familia lo descubrió mucho después”, nos dijo en esa oportunidad.

Para muchos críticos, Cantinflas era una versión latinoamericana de los vagabundos del cine cómico mudo, particularmente de Chaplin, pero él no reconocía tal influencia. “En realidad, no le debo nada al cine mudo norteamericano, pero sí le tengo mucha admiración a mi amigo Charles Chaplin, que fue un gran comediante”, afirmó.

Autor de Vocabulario para entender a los mexicanos, el escritor Héctor Manjarrez dice que “los mexicanos no hablan como Cantinflas, pero piensan como él”, sobre todo los políticos, en quienes el cantinfleo  es más que evidente, “por los rodeos verbales que dan para no llegar a ninguna parte”.

Interpretó a los políticos en varias películas, como Si yo fuera diputado y Su excelencia, y los ridiculizaba cada vez que se refería a ellos en sus cintas, burlándose de su demagogia. Decía que “el poder político es simplemente el poder organizado de una clase para oprimir a otra”, y que los políticos habían convertido la democracia en una “dedocracia”, donde “todas las cosas salen al dedillo” de los propios líderes.

Tenía fama de conservador, afín al partido de gobierno, aunque sus personajes le dieron la reputación de defensor de los pobres, enfrentado al poder. “Algo malo debe tener el trabajo o los ricos ya lo habrían acaparado”, dijo en una ocasión. “A pesar de ser tan pollo, tengo más plumas que un gallo y, sobre todo, tengo ganas de hacer justicia y darle al pueblo lo que el pueblo necesita”, afirmó en otra.

Fallecido un 20 de abril de hace 25 años, él mismo dictó su epitafio: “Parece que se ha ido, pero no es cierto”. 
 

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