Cine

Películas en un parpadeo

Alejandro Pereyra responde un artículo de Mauricio Souza publicado en este suplemento hace dos semanas.
domingo, 27 de mayo de 2018 · 00:05

Alejandro Pereyra Cineasta

A mis 16 conocí al primer gran animal del cine, quien hizo su monstruosa aparición para enseñarnos a escribir guión. Yo no sabía lo que era ser dueño de una personalidad, y él la tenía. Le sobraba. 

Realmente nos exprimió. Para él no sólo era muy posible hacer cine aquí y ahora, sino que hacerlo era asunto de vida o muerte.  No sé qué habría hecho si él no me reclutaba. 

 El cine entró como una forma oval de comprender el mundo y me apuré hacia él. Recuerdo que no teníamos una computadora en casa y mi madre sacrificó la hora de almuerzo para ayudarme a transcribir mi primer guión en su oficina. Hasta ese momento yo había sido un gordito devoto de Clayderman. Con el taller de guión empecé a enflaquecer.

Meses más tarde nos sentíamos ya guionistas, un grupo pequeño  de guerrilleros dispuestos a cambiar, desde la oculta Charcas, la historia del cine boliviano. La suerte estuvo a nuestro favor: ese año de gracia, 97, ganamos el concurso nacional de guión y para mí la forma oviode del cine comenzaba a fundirse con lo real.

Y luego “la suerte” dijo que no. Nuestro bestial director utilizó un modelo tan Hollywood, tan pomposo, que agotó hasta nuestros ahorros personales cuando recién habíamos empezado a rodar. Fue una enorme cantidad de trabajo inútil, inmensurable cantidad de esperanza convertida de pronto en algo ridículo.  Esa experiencia sólo dejó deudas y confianza nunca restablecida. Realmente creíamos en el cine (¡el absoluto cinematográfico! esos trenes nocturnos que llevan a un hermoso lugar...) y ese rodaje fracasado fue la primera lección. Las cintas de video ocho con nuestro makingof, las borré sin remordimiento poco después. 

 Mi grupo nunca se recuperó. Ni el animal de todos los cines. Se dedicaron a hacer publicidad y de allí ya no salieron. Y nunca hubo revolución del cine, menos desde Sucre. 
*** 

Esa lección resumía la escuela clásica: estudien cine por años para luego estancarse por  siempre en el proceso de financiación. ¿Y qué chances tenía, en una provincia como Sucre, de lograr alguna vez hacer una película ficcional?  

Cuando encaramos el primer largo, enviando mil cartas, mi novia de entonces y yo juntamos mil dólares. En realidad ideamos un crowdfunding, sin saber que ese método existía. Viendo mis recursos, un viejo cineasta (cuya única película era su tesis de licenciatura en cine) me dijo con buen ánimo: “¡con esos mil dólares degustemos unos buenos vinos! y veamos cómo hacer una película de verdad”. No sé si él sigue esperando por su película de verdad, pero creo que el buen vino no le falta. En lo que a mí respecta dejé de apreciar el buen vino y me convertí en activo esclavo de mí mismo. 

En esa primera película hicimos un promedio de 20 tomas por plano. Llegamos a hacer 90 tomas de una maqueta que representaba una costa marina detrás de la niebla. Extrañamente remunerados por nuestro cansancio, una imagen de la felicidad ha sido ver a mi equipo masticando pacientemente pedazos de masking tape como si fueran hojas de coca esa madrugada. Hambre y concentración, buena pareja. Y el plano de la costa en la película no dura más de cinco segundos...  

Por cuestión de presupuesto me atreví a ser mi propio camaraman y trabajé con un equipo de estudiantes, de los cuales sólo uno tenía y aún tiene mayor interés en el cine  (fuerza Mirko Álvarez). Y, sin embargo, el rigor del rodaje y la confianza en el guión nos hizo un organismo. Me daba vértigo esta solución de trabajar entre aprendices, pero me otorgaba la libertad de decisión sin reparos. Cuando llegó la hora, ante la falta de montajista, abordé con minuciosidad la tarea del corte, que tomó aproximadamente tres años. 

En realidad mis aspiraciones a “sentirme director” (ese interesante hombrazo que grita ¡acción!) se fueron bien rápido, en mi primer corto hace dos décadas, cuando me di cuenta de que tenía que hacer las cosas yo mismo, o no serían hechas en absoluto. El aprendizaje y la factura de todas las áreas ha sido para mí la quema de todo posible glamour cinematográfico: la adquisición de un oficio. 

Siempre sentí que el precio por “hacer de hombre orquesta” era el del tiempo: en cifras crudas la primera y segunda película me tomaron ocho años, cinco la tercera. Voy en la cuarta. Por Dios, el tiempo vital, ¡en que pude ser dichoso a cielo abierto! No el topo de la isla de edición. Pero, quizás, ese es el precio por hacer películas “con nada”... 

Improvisar suele significar falta de preparación, dejar las cosas a medias, catástrofe. Pero improvisación como herramienta consciente en el proceso creativo es también un hermoso saber fluir, y entender sutilmente la solución que el momento exige... de hecho es fundirse con el trabajo y modular el camino mientras se lo sigue, se lo intuye.

Luz en la copa  la improvisé en gran medida. Sabía que quería hacer la película, es decir: necesitaba hacerla y este fue el principal impulso y finalmente mi única justificación. El “guión” vino con la escena, y la escena era la aproximación más a mano. No sabía dónde íbamos, pero sabía que íbamos bien. Por regla no hicimos más de dos tomas. Llevaba en mis espaldas al menos tres guiones listos que nunca completaron su financiamiento y de los cuales tomé ideas cuando hizo falta. En lugar de seguir un plan escrito y ensayado, esta película mantuvo tensión -y completa incertidumbre- en su factura hasta el último instante de su montaje. En contra del modelo dominante que pide definirlo como punto de partida, solo cuando la vi completa pude saber cuál era el núcleo. Peter Brook hablaba de “una intuición sin forma definida”. No cito esto como un postulado o pose de artista: sino como la solución práctica, el método de trabajo que dinamizó y conformó esta película, mucho antes de oír ese concepto de Brook. 

Afortunadamente he conocido el amor de un equipo y de una familia que trabajó conmigo, en especial mis hermanos, la coreógrafa Maque y el músico Juan Luis, trío de Pereyras Doria Medinas. 

Agradezco a las demás personas que confían y apoyan mi trabajo, y a quienes sin prejuicios lo reciben.  

No conozco a nadie en el país que logre hacer un largometraje en menos de cuatro años (con toda la entrega exterior y la batalla interior que ello implica). Hemos visto cómo a otros les toma incluso décadas. Es obvio que amamos hacerlo, y no hay obstáculo que valga lo que un plano bien logrado, bien montado. Por eso decir, desde la crítica, que es fácil y hasta demasiado fácil hacer películas en Bolivia, revela una total falta de comprensión del contexto, que ni siquiera la ausencia de datos puede justificar.

 

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