El Caníbal Inconsecuente

Charlatanes de antaño

La investigadora Kurmi Soto evoca al italiano Guido Bennati, un personaje decimonónico, quien a su paso por el país sembró polémica por donde quisiera que fuese.
domingo, 06 de mayo de 2018 · 00:00

Kurmi Soto Literata e investiga-dora

En otras oportunidades, tuve la ocasión de mencionar algunos personajes decimonónicos que viajaron incansablemente por el continente americano, creando redes intelectuales muy importantes; dentro de todos éstos, destacaría, en particular, a dos españoles, muy amigos entre ambos: la granadina Emilia Serrano, Baronesa de Wilson (¿1834?-1922), y el vallisoletano Eloy Perillán Buxó (1848-1889).


En sus trajines, ellos se rodearon de incontables aventureros anónimos que la historia no recogió.

Precisamente, hoy quisiera evocar a uno de estos ilustres desconocidos que, al llegar a territorio boliviano, causó una gran impresión en la población local, poco acostumbrada a esta clase de visitantes.


 Aunque la posteridad lo olvidó, el italiano Guido Bennati hizo furor en su época, sembrando polémica por donde quisiera que fuese. Su figura, sin embargo, permanecería relegada a un segundo plano si la antropóloga argentina Irina Podgorny no la hubiera rescatado de los archivos gracias a pesquisas meticulosas que se plasman en varios de sus libros y artículos. Uno en particular me llamó la atención, por tratarse de una recopilación de documentos que Bennati publicó en Bolivia y que Podgorny acompaña de un pequeño estudio introductorio que echa luces sobre su estadía en tierras cruceñas. 


El texto, bautizado simplemente Los viajes en Bolivia de la Comisión Científica Médico-Quirúrgica Italiana (Santa Cruz: Fundación Nova, 2010), recrea la travesía del extravagante italiano por el Gran Chaco, la región de Chiquitos, la antigua ciudad de Santa Cruz, y su viaje entre Cochabamba y La Paz hasta llegar al lago Titicaca.


 Para contextualizar los hechos, la investigadora se vale de fuentes heterogéneas que permiten recrear una época convulsa dentro de nuestros anales. Nos encontramos a mediados de la década de 1870, el país está siendo desgarrado por conflictos intestinos que ponen en peligro al Gobierno central. En la región oriental, Andrés Ibáñez alista sus fuerzas para preparar una sublevación que después sería conocida como la Revolución de la Igualdad y Santa Cruz teme cruentos derramamientos de sangre. Bennati, mientras, se halla en Asunción, ciudad a la que llegó después de un largo periplo que lo llevó por el Plata. En Paraguay, el médico y protocientífico se hizo conocer por su vocación de naturalista como también de intelectual, jugando ambos papeles a conveniencia. En esas  estaba cuando se topó con el francés José Carlos Manó, el que le sería de gran ayuda y lo acompañaría en sus correrías por Bolivia fungiendo como su secretario. A éstos, se sumó otro italiano, joven y misterioso, llamado Vicente Logatto. 


Ellos, acompañados de sus mujeres y servidumbre, organizaron un ambicioso proyecto que bautizarían como “Comisión Científica Médico-Quirúrgica Italiana”, aunque, como pronto lo descubrirían las autoridades locales, nada tenía de oficial. En efecto, a Bennati le gustaba presumir de títulos y medallas, algunas verdaderas y otras falsas, y se hacía llamar a sí mismo “comendador”, tratamiento del que se habría hecho merecedor en la década de 1850 y, aunque no quedan claras las circunstancias, es muy probable que hubiese sido ordenado Commandeur de l’Ordre Asiatique en París poco antes de escapar a América. Sea como fuere, en nuestro país no dudó en mostrar sus correspondientes insignias para abrirse paso. Los notables locales quedaron deslumbrados ante este hombre de buen porte y acento europeo y le proveyeron con todo lo necesario para su expedición, justificada sin duda por la necesidad que tenía el país de explorar territorios alejados y amenazados por poderosos vecinos como el Brasil. 


En momentos álgidos, la comisión también ofreció sus desinteresados servicios médicos, curando a enfermos pobres en manifiestos actos de beneficencia. Uno de los episodios más notorios de esta labor tuvo lugar en Los Pororós, poco después de que Ibáñez se enfrentara con los hombres de Saturnino León, subprefecto de Lagunillas. Para hacer frente al panorama desolador que dejó el combate, Bennati, secundado por su hija Amalia, creó un equipo de primeros auxilios muy similar a la naciente Cruz Roja y armaron un auténtico hospital de campaña que produjo una viva admiración en estos cruceños. 


Sin embargo, el italiano siempre dejó tras de sí una estela de dudas respecto a su origen y sus verdaderas intenciones. Podgorny subraya muy bien esto al utilizar, como una de sus principales referencias, el diario íntimo de una joven cruceña llamada Felicidad Rodríguez. El documento en sí es digno de ser estudiado con detenimiento, pues nos transporta a una época pasada gracias a su prosa sencilla, pero muy cuidada. En él, la muchacha relata, a través de sus ojos adolescentes, la llegada de estos seres extravagantes cuyas maneras le resultan chocantes y no tarda en enterarse de que se trata de “masones espiritistas” y excomulgados que, a todas luces, andan escapando de la justicia. El texto deja traslucir toda la desconfianza que generó esta presencia extranjera en Santa Cruz así como también todos los chismes que se tejieron en torno a Bennati y sus allegados. El escándalo no tardaría en estallar y, a mediados de 1876, aparecía en Cochabamba un folleto incendiario cuyo título no podría ser más explícito: La titulada Comisión Científica Médico-Quirúrgica Italiana en polémica contra la empresa nacional de Bolivia. En él, se denunciaba que la famosa comisión no era “nacional italiana” y que sus proyectos parecían ser por demás dudosos, pues como diría Irina Podgorny, “las mentiras tienen patas cortas, pero los charlatanes tienen las piernas muy largas”.

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