Tres Tristes Críticos

El misterio resuelto de Eugenia

Fernando Molina analiza el realismo intimista de la última película de Martín Boulocq.
domingo, 06 de mayo de 2018 · 00:00

Fernando Molina Periodista

Borges imaginó unos mapas tan minuciosos y perfectos que fueran idénticos a la realidad que retrataban. La búsqueda de esta completitud tan imposible como innecesaria puede ser una de las vías del realismo. Digamos Balzac y la La Comedia humana. Otra vía, que practicó Emilio Zola y el naturalismo, es el análisis social: en este caso el realismo se enfoca en los que supone son los fundamentos de la sociedad. Por ejemplo, Chuquiago de Antonio Eguino. También está la deriva moralista de esta postura: el realismo socialista. Jorge Sanjinés en Insurgentes. Aunque hay que admitir que todo realismo es moralista: refleja para denunciar o para sanar a través de la verdad.


Esta enumeración se cierra con el realismo minimalista o intimista. Aquí es donde se inscribe Eugenia, la última película de Martín Boulocq. Este subgénero se propone hacer un mapa, no de los vastos territorios y las grandes riquezas que estos contienen, ni de las revoluciones olas batallas, ni de las clases y sus luchas, ni de los imaginarios sociales, sino de algo bastante distinto: la sucesión de los pequeños hechos y de las graduales transformaciones que componen la vida. Por eso no es intelectual, sino poético; se encarniza en la belleza y en la irónica extrañeza de lo cotidiano, allí donde reside una verdad mayor que la que puede obtenerse por medios conceptuales. Este realismo busca, “a la Bergson”, sumergirse en el continuum de la existencia sin alterar su flujo o su totalidad mediante recortes, reordenamientos, elipsis o sinopsis. Digamos que funciona como lo haría una mirmecología que fuera indiferente al hormiguero, su estructura, su funcionamiento, y en cambio se ocupara de seguir a una hormiga en sus afanes, desde la mañana hasta la noche, para mostrarla como símbolo de todas sus congéneres.


Eugenia es realista. Retrata las vicisitudes que atraviesa Eugenia (muy bien representada por Andrea Camponovo) luego de su divorcio de  un hombre violento, su fuga de Tarija a Cochabamba, donde vive su padre, un exguerrillero que tiene un matrimonio complicado con una mujer bastante más joven, y donde Eugenia trata de estudiar y ganarse la vida. Entretanto, recibe la invitación de un curioso cineasta (quizá el único “personaje” en el sentido de “ser ficticio” de la película) para interpretar el papel de “Tania la guerrillera” en una improbable “película dentro de la película”, que, junto con sus sueños, cumple el papel de amplificar la realidad abordada por el relato. Estos dos momentos –el metacinematográfico y el onírico– conceden profundidad temporal y espacial a una narración que sin ellos sería únicamente la bitácora de una mudanza.


No necesito decir que el realismo nunca logra sus objetivos: aunque pretenda acceder a la realidad directamente, no puede prescindir –porque esto es imposible– de las mediaciones interpretativas, tan pertinaces en él como en la ficción pura y dura. Eso sí, los recortes y los reordenamientos del realismo no se guían por la busca de amenidad y originalidad, sino por la busca de significación y veracidad.

De ahí que las buenas películas realistas no resulten tan entretenidas como las buenas películas imaginarias, pero en cambio sean más entrañables y tengan más que decir a los espectadores sobre ellos mismos. 


Para lograr su propósito, Boulocq parte de un mal sitio: un guión lleno de estereotipos (padre exguerrillero, cineasta “chanta”, amigo gay, cine dentro del cine, referencia a Tania, a Simone de Beauvoir, a María Galindo, etc.) y de clichés (rencor hijastra-madrastra, binomio embarazo-aborto, lesbianismo). Quizá Boulocq pensó que, como una vez dijo Oscar Wilde, la realidad imita al arte. Lo cierto es, sin embargo, que los estereotipos impiden el conocimiento o la recreación. Eugenia pudo haberse arruinado, pero al final esta posibilidad terminó siendo conjurada. Tal es, para mí, el misterio por resolver: ¿cómo un guión tan elemental pudo convertirse en una obra cinematográfica de entidad indudable? 


Mi respuesta es que Eugenia superó el riesgo que le acechaba desde su propio guión gracias ala sutileza de su puesta en escena, y a la ambigüedad y contención de sus situaciones, que, al contrario de lo que pudiera parecer, son extraordinarios mecanismos de resignificación de lo manido. A guisa de ejemplo quiero mencionar la escena en que Eugenia entra a la sala donde su madrastra (Alejandra Lanza) está tomando el té con sus amigas: la cámara filma a la madrastra y, sesgadamente, a Eugenia y una esquina de la mesa, mientras se oyen las voces de las amigas que critican a la chica y ¿a la madrastra?; la escena termina con un largo primer plano del rostro de Lanza. Estas maniobras logran neutralizar al cliché completamente. Con estas técnicas, con habilidad intuitiva, con buen gusto, Boulocq logra darle “vida verdadera” a su creación.


Eugenia pasa a ser una fábula poética sobre una mujer posible o quizá imposible, que discurre discretamente y nos enamora. “Fábula poética”, lo que significa que logra cargar al arte de realidad y a la realidad, de arte. Boulocq posee una potente imaginación visual. Tiene estilo, así sea uno influido por las vanguardias europeas. Camponovo es convincente y carismática. Casi todas las interpretaciones merecen nuestro aplauso. Los momentos de humor son sutiles y tienen encanto. En fin…, por la seriedad de sus propósitos y el caudal de sus talentos, esta película está por delante de muchas otras que se han hecho en el país.


Eugenia no termina, simplemente se interrumpe en un momento –a mi juicio relativamente arbitrario– del desenvolvimiento del personaje. Seguramente se trata de un defecto. Aristóteles recomendaba que cada obra tuviera clímax. No nos agrada salir de la sala con la sensación de que hemos sido víctimas de una arbitrariedad cinematográfica. Sin embargo, este es a mi juicio un (d)efecto inevitable desde el momento en que Boulocq decidiera filmar la “realidad”. Excepto en el sexo, una cosa como “clímax” no existe en la vida. Para ser completamente fiel a su proyecto, Eugenia no podía tener clímax (Mauricio Souza escribió que Boulocq fuerza uno al final, pero yo no lo sentí así; para mí el filme acaba en ese momento igual que podría haberlo hecho en cualquier otro). Lo ideal para esta película, lo que la hubiera acercado a la perfección, habría sido seguir a su protagonista con la misma parsimonia durante años, hasta que ella se extinguiera y con ello revelara el único final admisible para el relato de su vida.

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