Historia

Los Barrett, rebeldes anarquistas y marcados por la tragedia

La periodista e historiadora Lupe Cajías escribe sobre la combatiente paraguaya Soledad Barrett, a quien habían dedicado poemas y cantos Mario Benedetti y Daniel Viglietti.
domingo, 06 de mayo de 2018 · 00:00

Lupe Cajías  Periodista  e historiadora

            ¿Cómo pudo el “Cabo Anselmo” entregar a los torturadores brasileños a su propia compañera, a la hermosa Soledad Barrett Viedma, quien estaba además embarazada de su propio hijo? Esa misma muchacha paraguaya que había sido noticia en su adolescencia cuando exiliada en Uruguay le tajearon las bellas piernas con esvásticas por negarse a dar mueras a Fidel Castro.


 La misma cara bonita, esbelta, de largo cabello cobrizo, a quien habían dedicado poemas y cantos Mario Benedetti y Daniel Viglietti.


            Esa historia de pasiones extremas, de dolores inmensos y de grandes preguntas sobre el alma humana llena varias investigaciones históricas, biográficas y programas de debate en la televisión brasileña, uruguaya y paraguaya. Soledad murió acribillada, con el feto de sus entrañas, aparentemente abortado, al lado de su cadáver que jamás fue entregada a la familia, en un aparente enfrentamiento, como solían presentar los regímenes de entonces; se sabía que fue delatada, después se supo que el infiltrado en la Vanguardia Revolucionaria del Pueblo era su amado esposo.

Desde 2004 se supo quién era ese exmilitar que actuó como doble agente y entregó a varios militantes de izquierda en los duros años setenta.


            El “Cabo Anselmo”, José María Ferreira de Araujo, fue entrevistado varias veces y los videos se pueden encontrar en el internet. Los periodistas no pueden disimular su repugnancia al escuchar su versión para justificar por qué era el agente que llevó a la muerte a tantos jóvenes. Ya no se esconde como cuando se hizo cirugía plástica y se cambió varios nombres. Ahora es un lumpen y quiere recibir una pensión de jubilado militar por los sucios servicios prestados.


Es el rostro del Plan Cóndor que planeó por todo el continente hace una generación llevándose a los más idealistas. El Plan que sigue sin castigo, salvo algunos presos, pues muchos de sus agentes siguieron en los sistemas de inteligencia en las democracias latinoamericanas.


            Su caso tiene el agravante de haber provocado la muerte de Soledad Barret, nieta del famoso anarquista español paraguayo Rafael Barret y de la descendiente Francisca, de la épica familia paraguaya Solano López; hija del militar comunista Alex Barret que se alzó contra la dictadura de Alfredo Stroessner y hermana de otros nueve muchachos enrolados en diferentes guerrillas de Latinoamérica. Una biografía única entre las muchas historias del realismo mágico continental.
 
El abuelo anarco


             Conocí la obra de Rafael Barret (España 1876, Francia 1910), publicada en 1976 en Venezuela, gracias a su nieta María, exiliada en Colombia. Encontré en esas crónicas a mi padre literario y desde entonces lo leo cotidianamente y lo divulgo donde puedo.


            Barret era un señorito pendenciero europeo, amigo de literatos famosos, hasta que conoció en carne propia la hipocresía y bajeza de su propia clase y partió a Argentina con pocos recursos, en busca de un “nuevo mundo”. Sensible, se convirtió al anarquismo al contemplar la explotación de los nativos guaraníes en los yerbales paraguayos y desde entonces no dejó de publicar en diferentes periódicos el horror de esos parajes y de la miseria. Denunció las torturas a rebeldes en Asunción y fue exiliado a Corumbá, en la frontera entre Brasil y Bolivia, pero pronto pudo volver.


            Periódicos liberales en Buenos Aires y Montevideo acogieron sus escritos y alcanzó el reconocimiento que no buscaba. Samuel Blixen y otros periodistas le dieron espacio, pero su principal vocero fue su propio semanario, “Germinal”.


            En 1907 tuvo a su único hijo, Alex, ya enfermo de la tuberculosis que lo llevaría a la tumba a los 34 años, el mal que compartió con los semiesclavos de las haciendas al sur del continente. Ese pueblo que lo despidió en masa cuando partió a curarse a Francia, donde ni los cuidados de su familia irlandesa lograron salvarlo.


            Sus escritos inspiraron al anarquismo humanista de muchísimos latinoamericanos, como Líber Forty, quien a su vez lo dio a conocer al poeta León Felipe cuando él visitó La Paz.


            Muchos escritores, españoles de la generación del 98 y latinoamericanos de la talla de Augusto Roa Bastos o Jorge Luis Borges destacan su fina pluma y, como dice el argentino, “su espíritu libre”.
 
Alex en mi recuerdo


             Llegué a la casa de Alex en el centro de Caracas. Había sido comunista y parte de los militares rebelados contra la dictadura paraguaya. Exiliado a Argentina cuando Soledad tenía solo tres meses, junto a su ya numerosa familia, tuvo que partir de nuevo a Uruguay y al final a Venezuela, país que en los setenta recibía a los perseguidos el Cono Sur.


            Entonces se mantenía enseñando matemáticas a los colegiales. Vivía modestamente, pero con abundante amor y hospitalidad. Me enseñó a ser metódica, incluso para resolver crucigramas.

Siempre tenía un pan para compartir, a veces el pan que le hacía falta. La esposa, descendiente a su vez de estirpes aristocráticas, lo acompañaba silenciosa.


            Recuerdo nítidamente que me sentía cohibida de quitarle su merienda y él me corrigió: “Puedo ser pobre, no miserable”, frase aprendida para siempre, qué diferencia es la pobreza de la miseria, la austeridad que la avaricia. Hospitalidad que gocé de toda su familia. Los Barret siempre fueron así, incluso los hijos y nietos y bisnietos que pueblan la tierra.


            La pareja vio partir uno a uno a sus hijos a diferentes combates en los años incendiarios de los 60 y 70 en América Latina.
 
Ilicha, Nanny, Fernando 


             María, Ilicha, era madre de José Alejandro -el mismo nombre de mi hijo- cuando la conocí.

Asilada en Bogotá parió a Bolívar, famoso desde sus diez años como niño prodigio, conocedor como pocos de insectos y alimañas.


            Ilicha se relacionó más con Bolivia con el amor por un guitarrero y vivió algunos años en La Paz.


           Igual que Soledad, es una cantante privilegiada y su voz hacía vibrar las peñas en Caracas y en nuestra ciudad. Todos los Barret son músicos y lutieres, pues hacen sus propios instrumentos, guitarras, con troncos de su amado Paraguay.


            Varios ya han muerto, como Nanny, la más famosa en el canto, que compuso “En el sur del continente” para su hermana Soledad y grabó en disco acompañada por músicos cochabambinos, también asilados en Caracas.


            Fernando fue combatiente guerrillero en varios frentes y defendió los procesos socialistas en el continente. Los Barret estuvieron relacionados con Cuba, con Nicaragua, con la Venezuela de Chávez, con los tupamaros.
 
Soledad, su hija, los nietos


             En toda esa constelación, la estrella más brillosa recayó en Soledad y su historia es digna de una novela, más parecida a la ficción que a la realidad. Nacida en Asunción, conoció su primera huida a los tres meses de nacida y la segunda en edad escolar. Desde niña repartía periódicos del Partido Comunista Paraguayo, donde militaba su padre, y adolescente era ya parte de los frentes juveniles antiimperialistas.


            Su imagen llevando la bandera roja en una marcha marcó seguramente su destino, pues fue marcada por una banda nazi uruguaya que la secuestró a sus 17 años. Ella se negó a gritar vivas a Hitler y mueras a Castro y fue tatuada en sus bellas piernas.


            Aunque en Montevideo ya se vivía la sensación fascista, la democracia era aún fuerte y el rechazo de la opinión pública fue inmenso. Muchos periodistas recordaban también a su abuelo Rafael y su influencia en la nación.


            Primero partió a Moscú y luego a Cuba a formarse en las escuelas para guerrilleros de la época. Ahí tuvo una hija que dejó al cuidado de unos amigos brasileños para partir junto al padre a crear un movimiento subversivo en Recife, pero pronto murió su compañero.


            Su hija, que recobró la verdadera identidad hace poco, reconoce la lucha de su madre y perdona el abandono y es ahora una activista de Derechos Humanos.


            En Recife se organizó una cédula clandestina. Ella y una compañera francesa disimulaban su ideología trabajando en una boutique de moda. Ahí conoció al “Cabo Anselmo”, aparénteme héroe del levantamiento naval contra la dictadura en 1964.


            Amó y durmió con el enemigo, quien aún la recuerda dulce, poetisa, cantante y alegre.

Embarazada fue entregada a las fuerzas de seguridad por su propio compañero. Aparentemente, una carta desde Cuba alertó sobre la doble militancia de Anselmo y ello precipitó la cacería.


            Presionado por la opinión pública uruguaya, el gobierno intentó recuperar su cadáver, hasta ahora desaparecido.


            De ella escribió Benedetti:

Viviste aquí por meses o por años
trazaste aquí una recta de melancolía
que atravesó las vidas y las calles
 
Hace diez años tu adolescencia fue noticia
te tajearon los muslos porque no quisiste
gritar viva Hitler ni abajo Fidel
 
Eran otros tiempos y otros escuadrones
pero aquellos tatuajes llenaron el asombro
a cierto Uruguay que vivía en la luna
 
y claro entonces no podías saber
que de algún modo eras
la prehistoria de ibero
 
Ahora acribillaron en Recife
tus veintisiete años
de amor templado y pena clandestina
 
Quizá nunca se sepa cómo ni por qué
 
Los cables dicen que te resististe
y no habrá más remedio que creerlo
porque lo cierto es que te resistías
con sólo colocárteles en frente
sólo mirarlos
sólo sonreír
sólo cantar cielitos cara al cielo
 
Con tu imagen segura
con tu pinta muchacha
pudiste ser modelo
actriz
miss Paraguay
carátula
almanaque
quién sabe cuántas cosas!
 
Pero el abuelo Rafael el viejo anarco
te tironeaba fuertemente la sangre
y vos sentías callada esos tirones
 
Soledad no viviste en soledad
por eso tu vida no se borra
simplemente se colma de señales
 
Soledad no moriste en soledad
por eso tu muerte no se llora
simplemente la izamos en el aire
 
desde ahora la nostalgia será
un viento fiel que hará flamear tu muerte
para que así aparezcan ejemplares y nítido
las franjas de tu vida
 
Ignoro si estarías
de minifalda o quizá de vaqueros
cuando la ráfaga de pernambuco
acabó con tus sueños completos
 
por lo menos no habrá sido fácil
cerrar tus grandes ojos claros
tus ojos donde la mejor violencia
se permitía razonables treguas
para volverse increíble bondad
 
y aunque por fin los hayan clausurado
es probable que aún sigas mirando
soledad compatriota de tres o cuatro pueblos
el limpio futuro por el que vivías
y por el que nunca te negaste a morir.
 
            Poco antes de morir, Daniel Viglietti grabó junto al poeta un homenaje a la combatiente paraguaya y decenas de músicos uruguayos reeditaron ese canto: “Mi vida entera no alcanza que pueda creer que pueden creer tu clara señal”.

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