El Chicuelo dice

No habrá un cielo lo suficientemente hermoso

La vejez y la retrospectiva hacia el pasado son los temas que aborda en este texto el escritor Wilmer Urrelo.
domingo, 06 de mayo de 2018 · 00:00

Wilmer Urrelo Escritor

Y si acaso tú, que ahora miras por la ventana hacia la construcción que hay enfrente, y si acaso tú, que ahora resultas iluminada o iluminado por el sol: el cuerpo espinoso de los viejos encima de una silla verde de plástico, y si acaso tú, que tienes a un costado una mandarina y un plátano y que los comerás con abulia y desinterés, sin otra clase de necesidad o de placer; y si acaso tú, que a veces sufres una laguna mental, y que lo olvido todo o lo confundo todo, y si acaso usted en algún momento piensa qué habría pasado si hubiera hecho todo distinto en mi vida, y si usted jamás se habría casado, por ejemplo, o si jamás me habría casado sólo con el fin de escapar de la casa paterna; esa casa paterna donde la esposa de mi papá me maltrataba a lo Dickens: huérfana de madre, Chicuelo, ella falleció a los tres añitos de haber nacido yo. Si no me hubiera casado creo que jamás estaría en esta otra casa, donde todas las mañanas recibo el sol en una silla verde de plástico, comiendo con desinterés la mandarina y el plátano que alguien puso ahí también con desinterés y abulia.


En algún momento tú tienes setenta, ochenta, noventa años. Es la vejez y se va extinguiendo, Chicuelo.


Si hubiera tenido algo de valor, Chicuelo, otra sería la sopa, si te habrías ido a vivir junto a las amigas de esa época que deseaban huir también de sus casas; no sé, juntar unas dos o tres podrían ser funcionarias o estilistas o abogadas, decirles, tú, que ahora lloras quedito iluminada por el sol porque las viejas somos así, Chicuelo, lloramos de nada, ríen de cualquier cosa, protestamos por todo mientras la vejez crece como las flores de cementerio. Si acaso tú habrías decidido hacer otra cosa después de la muerte de tu esposa (una empleada de Correos), otra cosa como meterte a un club de la tercera edad mientras lloras y dices ¿por qué irte así, Antonia?, ¿sin decirme nada?, ¿ni si quiera chau, nos vemos pronto?, si yo de joven habría animado a esas amigas a irse a vivir solas, con nuestro sueldo nos alcanzaba cabalito para un cuarto grande; si acaso tú, convenciendo a esa tu amiga, ¿cómo se llamaba?, Mary, Sara, Diana, no, uno de esos nombres es el de una de mis nietas, la que me regaló esta gorrita, justamente: se llamaba Nívea. Si tú la convencías, y las dos alquilábamos un cuarto, dos camas, una cocina, el baño común, ni modo, tal vez cuando nos suban nuestros sueldos. Y si tú después de ese 29 de abril de 2015 a las siete de la mañana, cuando la empleada de Correos agonizaba en la cama de un hospital, si tú después del duelo hubieras tenido el valor de levantarte de la cama y salir a uno de esos clubes de las tercera edad, y la empleada de Correos diciéndote: tú asistiendo a un lugar donde conocer a gente de tu edad, a otras personas, Negrito, a otros seres humanos iluminados por la luz del sol de las mañanas, si acaso tú hubieras dado ese paso elemental, fundador, si acaso yo hubiera salido después de ese 29 de abril de 2015, a las siete de la mañana, cuando yo agonizaba en la cama de un hospital, y me hubiera unido a un grupo parroquial, a un grupo de amigos del barrio y habrías tenido algo que hacer, Negro, cosas como repartir juguetes a los niños pobres del barrio en navidad, o hacer una rifa para alguna compañera o compañero en el hospital –doña Virginia, doña Beatriz, don Zeballos–, y así poder pagar los remedios que los cangrejos de sus hijos no quieren comprar teniendo tanta plata. Sí: tú que ahora te limpias las lágrimas porque a lo mejor sientes mi presencia, dice la empleada de Correos, mi presencia en el vano de la puerta; si tú y Nívea, habrían decido ahorrar y a lo mejor ir de paseo algún sábado, algún domingo, si tú y tu amiga Nívea en esas salidas hubieran conocido a otra persona, a otro joven y no a mí, dice el ferretero, yo que también la veo llorar, Chicuelo, y la miro limpiarse las lágrimas iluminada por el sol, si tú te habrías enamorado de ese otro hombre que no hubiera sido el ferretero –Lázaro, el de impuestos nacionales; Silverio, el relojero o Alfonso, el guardia edil–, y si sólo te hubieras casado cuando querías y no cuando deseabas escapar de la casa, huir de los malos tratos, de los silencios de las urracas de mis hermanas cuando llegaba del centro de salud Garita Lima, mi primer trabajo, diciendo buenas tardes cuando volvía a la hora del almuerzo y ninguna de las urracas te saludaba, y veías que tu silla no estaba en su lugar; si tú y esa Nívea o al fin y al cabo yo sola, Chicuelo, hubiera tomado la decisión de salirme de esa casa y así comenzar la desinfección de mi destino: si acaso tú hubieras tomado esa ausencia de tu silla a la mesa del comedor como una razón inevitable para irse de ahí, y si acaso tú ese mismo día no hubieras vuelto a tu habitación –que compartía con tres de las urracas–, sólo para hacer hora, y llorar, claro, hacer hora hasta las dos de la tarde y así salir de la casa rumbo al centro de salud Garita de Lima, y si ese día te habrías animado, y la empleada de Correos diciéndote: o si tú habrías decidido dejarme ir, soltarme, no aferrarte a mis manos, a mis rodillas, a mis cabellos de muerta, o si yo hubiera decidido dejarte ir, Antonia, decirte chau, yo no me quedo un rato más acá, lo siento, me da pena pero yo voy a hacer mi vida: si la roña de tu familia no te hubiera infectado de esa tristeza, Chicuelo, y de ese rencor sordo contra el mundo y si acaso te hubieras salido de tu casa con un atado de ropa, y si hubieras caído en la casa de alguna de las chicas del centro de salud Garita Lima, si tú hubieras tenido el valor de soltarme, Negrito, ya no te agarres de mis tobillos, por favor. Si tú te habrías enamorado de uno de ellos –Lázaro, Silverio, Alfonso– o si acasote habrías ido a vivir con alguno de esos hombres, Lázaro, Silverio, Alfonso, así, sin casarse, o si yo nunca hubiera nacido, dice la empleada de Correos, o si acaso me hubiera muerto de la coqueluche como mi hermano Eduardito cuando era niña, o si acaso tú te habrías atrevido a rebelarte, a ser otra, escupir ante el yugo del averno familiar: así no tendría la mirada perdida, Chicuelo, clavada en el edificio del frente: ese, el que empezaron a construir a la semana y media en que me morí, Negrito.

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