Literatura

1990, el año bueno para la literatura latinoamericana

El autor ofrece un recuento de las obras y autores que surgieron y fueron reconocidos durante esa década.
domingo, 10 de junio de 2018 · 00:00

Salvador Romero Ballivián Sociólogo

Acababa de caer el muro de Berlín, o para apegarse con rigor a los acontecimientos, aquella fiera pared de cemento fue destrozada a punta de joviales martillazos de personas de toda edad y condición que se encaramaban en ella y se abrazaban con extraños, cantaban y sonreían. 

Comenzaba 1990, un año que, tiempo después, se aprecia cuán benéfico resultó para la literatura latinoamericana gracias al capricho de los electores que, a veces, reservan sorpresas para perplejidad de los políticos y de los azorados analistas, obligados a improvisar explicaciones que luego se vuelven sesudas en los libros.

 En Perú, el favorito de la elección Mario Vargas Llosa, aupado por las clases medias urbanas, los empresarios, las formaciones conservadoras, se encaminaba triunfal en un ambiente dominado por el terror de Sendero Luminoso y el descalabro inflacionario del gobierno de Alan García “inteligente, pero de una ambición sin frenos”. Sin embargo, la alianza con partidos con poca base, más vinculados al pasado que con un proyecto de futuro, el temor a un programa económico contundente, pero de alto costo social planteado con franqueza, descarrilaron la candidatura del novelista. En la primera vuelta de abril adelantó apenas al hasta hacía poco desconocido Alberto Fujimori y perdió en la ronda decisiva de junio.

 En Nicaragua, meses antes, el binomio sandinista de Daniel Ortega y Sergio Ramírez se conducía con la seguridad de la victoria, sensación compartida por los observadores internos y externos, incluso por la misma oposición, reagrupada bajo la figura de Violeta Barrios, la viuda del periodista Juan Fernando Chamorro asesinado por la dictadura somocista, e integrante de la primera junta del gobierno revolucionario. 

Sin embargo, fue el nada experto en elecciones, pero sagaz político, Fidel Castro que previno a sus admiradores sandinistas que “votar en medio de las calamidades producidas por la guerra era prácticamente un plebiscito a favor o en contra de la guerra; y las condiciones para ganarlo estaban en contra”.   

 Vencido, Vargas Llosa emprendió la catarsis y la despedida de la política partidaria, electoral, cotidiana, aquella que, según escribió, por un capricho de la rueda de la fortuna monopolizó su vida durante tres años, porque la otra, el debate de ideas, el enjuiciamiento de las políticas públicas y de los liderazgos, la defensa de principios continuó a través de columnas y ensayos. En 1993 presentó El pez en el agua, una obra de memorias que entrelaza –más bien alterna– los capítulos sobre el encuentro con el padre, un hombre brutal, y sobre su juventud con aquellos dedicados a la aventura presidencial, iniciada cuando denunció la estatización de la banca. Luego La fiesta del chivo (2000) entró en la galería central dedicada a los tiranos, un subgénero con personalidad propia en la literatura latinoamericana. La política sí, pero por otros medios.

 Vencido, Ramírez todavía persistió en la política: encabezó la bancada sandinista confinada a la oposición, y disidente del Frente Sandinista tuvo aliento para conducir una fórmula presidencial propia en los comicios de 1996, con un “mensaje que nadie, o casi nadie iba a escuchar”. 

Tras la derrota, enfiló hacia su pasión primera, la literatura, y ganó el inaugural premio Alfaguara con Margarita, está linda la mar (1998), el relato de los días finales de Rubén Darío en su natal León entrecruzado con el del tiranicidio de Anastasio Somoza. 

La política sí, pero por otros medios. Se dio un tiempo adicional, suficiente para observar el retorno del antiguo conmilitón Ortega al poder, arropado en un proyecto caudillista, antes de entregar sus memorias políticas de la lucha guerrillera, el Estado naciente de la revolución triunfante, el ejercicio del poder con su inevitable institucionalización, incluso en épocas de guerra civil, en Adiós muchachos (2007).  

 El pez en el agua y Adiós muchachos provienen de trincheras contrapuestas. Vargas Llosa en defensa de un enfoque económico y político liberal, desencantado con el entusiasmo revolucionario de su juventud, crítico con el sandinismo y algunas de sus figuras emblemáticas. El personaje que relata la historia de Mayta, alter ego del novelista, no disimula su indignación contra Ernesto Cardenal, que, al final, le dejó más viva la impresión de la insinceridad e histrionismo que la de la poesía. Ramírez, alejado también del marxismo, asumió posiciones socialdemócratas, y recuerda con orgullo la epopeya y la gesta de la revolución cuando “lo deseable y lo justo debían desafiar  la realidad”.

 Es apenas la superficie. En realidad, comparten la misma inspiración. Son los testimonios de escritores que fueron a la arena política, pelearon, vencieron a veces, perdieron también, sin remordimientos admiten que no pertenecían completamente a ese mundo, desprovistos de la dosis necesaria e indispensable de cinismo para ser (definitivamente) exitosos o poderosos, y regresaron a la vocación primigenia: la escritura. 

Más allá de la fidelidad a la perspectiva de los hechos, legitimidad del género de las memorias, ambas obras se conducen por la senda de la literatura. El estilo es su marca, el entramado de tiempos y lugares ocurre con la soltura y la libertad de la novela. Anónimos o presidentes pronuncian frases que parecen de ficción, en el estilo de Omar Torrijos que desdeñoso se refirió a las prácticas de Somoza: “Un hombre al que tienen que amarrarle los zapatos no sirve para un carajo”. Las personas reciben el trato de personajes, como cuando Margaret Thatcher queda fulminada para siempre en la descripción de Ramírez, al recibirlo en 10, Downing Street “la cartera bajo el brazo y peinada con laca, como las damas de mi pueblo natal en días de bodas”.   

De haber asumido o continuado en las funciones gubernamentales, atrapados en la servidumbre de reportes burocráticos y planes económicos de austeridad, combinaciones de toma y daca, decisiones difíciles, o muy difíciles, que recordarían que la política es el pacto con el demonio descrito por Max Weber, la literatura habría quedado relegada, y quizá hasta la misma imagen pública se habría descolorido. Tal vez ni el uno ni el otro habrían alcanzado la cumbre del Nobel y del Cervantes, recompensa a dos trayectorias de excepcional valía literaria.

1990 fue, definitivamente, un año bueno para las letras latinoamericanas. Se cerró en octubre en Estocolmo cuando la Academia sueca escogió a Octavio Paz como el galardonado, justamente a aquel que resumió en un verso la naturaleza del escritor: “Mi casa fueron mis palabras”.

 

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