Comentario

¿Somos irremediables?

Brockmann escribe un comentario sobre el nuevo libro de Henry Oporto ¿Cómo somos? Ensayo sobre el carácter nacional de los bolivianos.
domingo, 10 de junio de 2018 · 00:01

Robert Brockmann Periodista e historiador

Cuando trabajaba en la Coca-Cola, en el altisonante puesto de Gerente de Comunicación Global, llevamos a cabo una encuesta nacional en busca del “boliviano tipo” y sus características, cuyo fin era una campaña de marketing. Se gastaron enormes recursos en esa indagación, que hubiera sido la envidia de cualquier partido político en época de elecciones.

El resultado fue lo que entonces era, y hoy seguiría siendo, una verdad de Perogrullo: no había “un” boliviano tipo, sino tres, diferenciados según su residencia en entornos geográficos distintos: los bolivianos andinos, los vallunos y los orientales. Los tres diferían levemente en aspiraciones, percepciones, usos y costumbres, pero tenían en común un muy desarrollado sentido de la familia, aparejado al aprecio por la comida y las tradiciones locales. Ese tipo de encuestas no son raras en el mundo corporativo y responden a la misma curiosidad que sienten las sociedades acerca de sí mismas. 

Igual que hace más de 100 años Alcides Arguedas escribió su introspectiva, profundamente crítica y polémica Pueblo Enfermo, y Guillermo Francovich publicó su Mitos profundos de Bolivia en 1980, obras que intentaban explicar o descifrar a los bolivianos, Henry Oporto nos ofrece hoy una obra cuando menos tan profunda y valiosa: ¿Cómo somos? Ensayo sobre el carácter nacional de los bolivianos. 

Pero si Arguedas y Francovich tuvieron que alejarse a otros países y continentes para tratar de describir al boliviano o las motivaciones de su psique, Oporto, investigador, lo hace, en gran medida, desde las cifras, tanto como desde lo conceptual. 

E igual que el diagnóstico de Arguedas, el de Oporto es tan demoledor como desolador, aunque al final ofrece la posibilidad de redención. Después de todo, lo único que no tiene solución es la muerte.

Oporto señala como características del boliviano el individualismo y no, como se cree, la mentalidad colectivista; le son propias la falta de capital social o, lo que es lo mismo, es presa de profunda desconfianza en el prójimo; siente aversión a la competencia y por ello prefiere actuar amparado, desde posiciones de privilegio; padece de estadolatría, por lo que es dependiente del peguismo y consciente o inconscientemente desea o espera que el Estado le dé y se lo haga todo. Asimismo, el boliviano está obsesionado por el pasado, pero por un pasado que le ha sido invariablemente adverso, lo cual lo ha convertido en victimista, y como resultado es presa de una mezcla de sentimientos de temor/amor/odio simultáneos a lo extranjero. Si no fuera ya suficientemente complejo y aparentemente irresoluble, el alma del boliviano siente desprecio por la ley y desapego por el orden, y, sin embargo, a la vez, siente deferencia por el autoritarismo caudillista. Finalmente, es caótico, corporativista-rentista en el mal sentido, y se avergüenza de su mestizaje, al cual no reconoce.

De izq. a der.  Robert Brockmann,   Henry Oporto, Flavio Escóbar, José Antonio Quiroga y Fernando Molina.

Los orígenes de esta personalidad nacional tan embrollada hay que buscarlos en el pasado remoto preincaico, pues pasan por una larga y compleja serie de ciclos y sobreposiciones civilizatorias de principios trabajosos, existencias precarias, logros culturales y tecnológicos asombrosos pero poco reconocidos, decadencias y caídas tan estrepitosas como inexplicadas, y no pocas invasiones militares y sometimientos a nuevos amos, de las cuales la conquista española fue sólo la última y más durable y la que mayor impronta dejó, pues todos somos resultado de ella.

Muchos de estos rasgos se explican porque, ya más cerca en el tiempo, también somos hijos de la contradicción colonial española, que consiste en el más sublime y altruista de los buenos deseos de la Corona, que emitió las benévolas Leyes de Indias, que sobre el papel protegían los derechos de los pueblos amerindios e incluso les otorgaban ciertos privilegios, versus su praxis, más bien a contramano, por parte de tantos españoles en el territorio de nuestro virreinato. Tan perfectas, tan protectoras eran las Leyes de Indias, que dieron ellas, probablemente, nacimiento al muy castizo dicho de “se acata, pero no se cumple”.

Tampoco podemos pasar por alto el hecho de que somos descendientes directos de la Audiencia de Charcas, aquella peculiar institución judicial tomista-escolástica que, al amparo de la distancia de la metrópoli, enclavada en el remoto corazón montañoso de Sudamérica, adquirió tales privilegios e impunidades que se permitió desacatar la orden del Virrey de restaurar al cacique Tomás Catari en su puesto, dando pie a las insurrecciones indígenas de los  1780 en esta parte del Imperio, que no fueron las primeras ni las últimas. 

Ni debemos olvidar que, en el último par de años de la guerra de la independencia, los españoles estuvieron divididos entre liberales y absolutistas y que Fernando VII, el Rey Felón, le ordenó a su contumaz general Pedro Antonio de Olañeta deponer las armas contra sus camaradas y dirigirlas contra el ejército de Bolívar. Olañeta el viejo no acató y prefirió seguir peleando contra propios y extraños en el último reducto español en el continente hasta que murió probablemente asesinado por uno de sus propios hombres.

Muy poco tiempo antes habían surgido las republiquetas, otra creación totalmente original de nuestro territorio, temperamento y circunstancias: existían para proteger a sus habitantes de los españoles, pero también de los ejércitos auxiliares argentinos, así como de los ataques de los indios. Españoles contra españoles. Altoperuanos contra argentinos. Indios contra mestizos y blancos y viceversa. Y todos contra todos. De ese caos somos producto. De allí provenimos. Esos son nuestros genes nacionales. Hay que preguntarse qué hubiera pasado en el Alto Perú si no llegaba Antonio José de Sucre con sus tropas peruano-colombianas a garantizar el orden necesario para organizar la nueva república.

A principios del siglo XX, durante los 20 años de estabilidad liberal, esas dos décadas de construcción de instituciones que pasaron como una brisa pasajera, el futuro presidente Bautista Saavedra escribió que la democracia era “la armonía de las desigualdades”. Una bella frase, tan breve como profunda, que haría abrigar grandes esperanzas sobre quien la hubiera pronunciado. 

Pero cuando llegó al poder, Saavedra fue perseguidor, represor, polarizador, prorroguista y su gobierno apenas demócrata en las formas, transcurrió casi en su totalidad protegido por el estado de excepción. 

La Guerra del Chaco marcó el principio del período de maduración de Bolivia como sociedad, de su reconocimiento en el espejo como lo que era, una sociedad diversa e invertebrada que necesitaba cohesionarse. Peroni siquiera la amenaza de un enemigo externo sobre la patria pudo traer la unidad nacional o alguna clase de armonía que permitiese una acción de conjunto. Ni de concretar la visión del presidente Daniel Salamanca, de derrotar al Paraguay, un país pequeño, más pobre y menos poblado y -erróneamente- percibido como más débil, y restituir la confianza del país en sí mismo. 

Ni los militares ni los políticos le dieron una tregua a Salamanca, ni él cedió en sus posturas a veces absurdas, a veces arrogantes, y todo terminó en un golpe de Estado a pocos kilómetros del frente de batalla, mientras morían soldados bolivianos. Y así, no sólo perdimos la guerra, sino que le atribuimos la derrota a las transnacionales petroleras.

El historiador Pablo Estefanoni -y también quien escribe estas líneas- cree que la historia boliviana es desproporcionadamente intensa y compleja para nuestro número de habitantes. Y es posible que algunos otros países tengan historias tan complejas como la nuestra e incluso más trágicas -me viene a la mente la complicadísima historia de Alemania- pero que han sido capaces de superar sus taras. Los bolivianos lo hemos intentado, y sin tener un lastre tan grande, recaemos en cada intento. ¿Por qué?

El recientemente fallecido historiador Bernard Lewis decía que cuando la gente se da cuenta de que las cosas van mal, hay dos preguntas que se puede formular. Una es, “¿qué hicimos mal?” y la otra es “¿quién nos hizo esto?” Esta última lleva a teorías de la conspiración y a la paranoia. La primera pregunta, en cambio, lleva a otra línea de pensamiento: “¿cómo lo corregimos?” 

Ya en el siglo XX Bolivia eligió las teorías de la conspiración y la paranoia. Chile, Estados Unidos, la derecha, el imperialismo, etc. En el siglo XIX, Japón eligió la otra pregunta: “¿cómo lo corregimos?”. Y los resultados son claramente diferentes. 

Somos victimistas, caóticos y desapegados al orden y aprehensivos para con el Estado de Derecho porque eso se ha impreso en nuestro ADN nacional durante cientos de años. Eso es lo que hemos mamado como sociedad.

Oporto le dedica además sesudas páginas a la impresión generalizada que produce el boliviano ante el observador externo, pero que es una impresión sólo aparente, de que los bolivianos tienen espíritu colectivista y son solidarios, pues sólo lo son, afirma, dentro de los pequeños límites de la familia o del clan o del grupo de interés. Las relaciones de familia, para el boliviano, son dominantes y excluyentes. Ello hace que la sociedad boliviana sea pobre en capital social. 

Francis Fukuyama dice que el capital social puede ser definido como un conjunto de valores informales o normas compartidas por miembros de un grupo que permite a sus miembros cooperar mutuamente. Si los miembros del grupo se habitúan a esperar que los demás se comporten honestamente, como norma llegarán a confiar unos en otros. El capital social surge a partir del predominio de la confianza. Y la confianza actúa como un lubricante que hace que cualquier grupo u organización funcione más eficientemente, pues reduce los costos de transacción dentro de la sociedad. 

Este déficit de confianza es el causante de la “cultura del papel sellado” que deplora Oporto, según la cual toda pequeña transacción debe venir sacramentada por papeles, firmas y sellos oficiales. No por nada Bolivia es uno de los países con mayor índice de litigios en el mundo, si acaso no es el país más litigante. Este peso de la cultura jurídica, dice el autor con pesar, es transversal al caudillismo atávico, al sectarismo ideológico, al déficit democrático, a la corrupción, y en suma, al fracaso del país. 

Por otro lado, Oporto se duele por qué la democracia sea incompatible “en este estado de cosas en que continuamente se pone en entredicho el orden constitucional, donde los actores centrales no se comportan con lealtad institucional” y donde “falta el sentido de la institucionalidad en la mentalidad de muchísimos bolivianos”. El autor no está solo en esta apreciación. Dice el politólogo Ronald Inglehart, director de la Encuesta Mundial de Valores, que la democracia no es algo que se pueda obtener mediante la mera adopción de las leyes adecuadas. Es más probable, dice Inglehart, que florezca en ciertos contextos sociales y culturales que en otros, pues la evidencia sugiere que es la cultura la que da forma a la democracia y no al revés.

No es posible referirse en detalle, en este espacio, a toda la compleja lista de características enumeradas y explicadas por Oporto, ni a sus intrincadas interacciones y causalidades. Baste decir que se trata de lectura en extremo estimulante, pues cada afirmación provoca chorros de ideas, sensaciones y ejemplos vividos por cada quien. Es seguro que dará de qué hablar y escribir.

La única observación que le haría es que aborda el tema desde un ejemplo innecesariamente detallado, cuyos pormenores encierran una crítica política coyuntural, que si bien es justa e ilustrativa, perderá actualidad y será difícil de entender en el futuro. No es un pecado capital, pues La rebelión de las masas, de Ortega y Gasset, sigue siendo editado con sus obsoletos prólogos para ingleses y para franceses.

 

Permítanos un minuto de su tiempo.

Para desarrollar el periodismo serio e independiente, esencial en democracia, que usted aprecia en Página Siete, contamos con un equipo de reporteros, editores, fotógrafos, administrativos y comerciales de primer nivel.

Los ingresos con que Página Siete opera son producto de nuestro trabajo; no contamos con prebendas de ninguna naturaleza.

Si usted desea apoyar el esfuerzo que realizamos, suscríbase a P7 VIP, para recibir de lunes a viernes una carta informativa por correo electrónico, que contendrá un resumen de las noticias y opiniones más interesantes de Página Siete, a un costo de sólo Bs 15 al mes.

Para suscribirse haga clic aquí o llame al número 2611749, en horas de oficina.

15
6

Otras Noticias