Debate

En torno a Bolivia: atreverse a interpretarla

Requena reseña el libro de tres autores que reflexionan sobre el ser/devenir indio en la Bolivia que este libro contribuye a pensar .
domingo, 17 de junio de 2018 · 00:00

Cecilia Requena MSc. en Gestión y políticas públicas

Este libro nos permite ser testigos de seis conversaciones animadas por una voluntad de diálogo franco, abierto,  fluido y sin ánimo academicista entre H.C.F Mansilla, filósofo, Gonzalo Mendieta, abogado, Pedro Portugal, pensador indianista, y Sergio Montes, teólogo jesuita. 

Se trata en sí  de propuestas   en torno a una temática crítica, irresuelta y tan centenaria como vigente: la cuestión indígena y sus múltiples interrelaciones históricas y contemporáneas con una sociedad y un Estado “atascados” entre la mentalidad, las ideas y las prácticas del “criollaje” (que no lograría comprender y lidiar con el país real) y un poder popular que ha consolidado unas formas corporativas efectivas, aunque lejos de óptimas desde el punto de vista del Bien Común. Lo previo es un mínimo común denominador de unos diálogos que entrelazan muy diversas opiniones.

Los autores-dialogantes se propusieron desarrollar una lectura original, menos común: mirar al país como es, no como quisieran que sea, tampoco como se supone que debería ser según cuerpos teóricos y categorías desarrollados en otras latitudes,  que generarían una brecha insalvable entre las palabras y la realidad.

“Como no podemos unir el mundo del lenguaje y el mundo de las cosas reales, padecemos de una enfermedad; este velo imposibilita que nos conozcamos. Nada funciona porque no sabemos qué es lo que está trancando”, escribe Gonzalo  Mendieta.

Este impase, afirma Mendieta, nos aliena, nos confunde, nos lleva al error reiterado y nos impide, por tanto,  un auténtico avance social a partir del reconocimiento del otro, especialmente del sujeto indígena. Así, nos frustra colectivamente, una y otra vez, y podría conducirnos, según advierte él y otros de los autores, a futuras rupturas sociales violentas entre la Bolivia india y la criolla, que se debieran y podrían evitar a través reformas bien asentadas en el conocimiento,  reconocimiento y potenciamiento de lo que somos. 

Según Mendieta y Montes, un antídoto contra la persistencia del error de insistir en la interpretación de Bolivia desde el utopismo, el racionalismo, el idealismo, el liberalismo, pero también desde el marxismo y corrientes postmodernas, por mencionar algunas de las opciones criticadas,  sería tomar en cuenta y aprender de las continuidades de la historia y de la memoria larga, empezando por la memoria colonial, reconociendo su perdurable impronta y aprendiendo de las diferencias entre la etapa pactista de los Austrias y la modernizante de los Borbones. No quisiera dar la falsa impresión de que nuestros cuatro tertuliantes concuerdan por completo en las premisas del diálogo señaladas, pero eso no impide el intercambio; más bien abona el contrapunto. 

Entre los varios y provocadores nodos de tensión que encontramos en el texto se encuentra el de la capacidad explicativa y la relevancia del pasado y sus persistencias para proyectarnos hacia el futuro. Como dicho, no hay pleno acuerdo aquí. Ninguno niega la importancia del pasado, pero el lugar que se le asigna es distinto y las diferencias, podemos intuir, marcan prioridades y estrategias distintas.

“No creo que existan pueblos esenciales, núcleos culturales que estén exentos del paso del tiempo, en ninguna parte del mundo. Estoy contra la opinión central de Tamayo, quien en la Creación de la pedagogía nacional nos habla de la esencia indígena. No creo que existan esencias inalterables, aunque sí mentalidades que pueden durar siglos. O sea, contra la “esencia” propongo la “mentalidad”. Las mentalidades pueden durar siglos pero también pueden cambiar en escasos 60 años, es decir, en dos generaciones, como en el caso de los aymaras. Su mentalidad ha cambiado en este lapso yo diría que revolucionariamente”, propone H.C.F. Mansilla.

“Nadie puede hacer algo negando sus raíces, es decir, negándose radicalmente, aunque al mismo tiempo asumirse sea doloroso. Esto es lo que sucede con el mundo indígena, que hoy niega radicalmente parte de su identidad porque no la conoce: ha pasado mucho tiempo desde cuando ésta se constituyó. Entonces la negación se encubre con la idealización y la imaginación de una realidad ficticia. Lo que no se conoce se inventa”, añade Pedro Portugal.

Montes y especialmente Mendieta son duros críticos del criollaje republicano que se extiende hasta el presente, muy especialmente con el que postula la ideología liberal, expresada, por ejemplo, en la búsqueda de un orden, más propio de ingleses, dirían, que se concibe como racional, ideal, a través de un Estado de Derecho e instituciones formales; o bien en el intento homogeneizador del individuo, mestizo y propietario individual. Esta postura negaría una realidad porfiada de rasgos culturales indígenas que gestionan la propiedad y el prestigio, de modo distinto y de corporaciones efectivas con las que se debe poder pactar con mayor eficacia, para poder avanzar sobre piso firme.

Pero es Portugal quien, a lo largo del texto, sale a menudo por los fueros de lo universal, de la herencia humana común, del progreso material, de la tecnología, del uso del castellano o de la meritocracia como fuentes de ascenso social y reconocimiento.

“No hay que hacer solamente una crítica al criollo. Si Bolivia está mal y se ha estancado es porque hace falta todavía una autocrítica indígena. […]

Ello no quiere decir que entre los indígenas no puedan surgir propuestas políticas de tinte liberal, pero ellas seguramente tendrán características muy diferentes a las del discurso colonial boliviano. […]

Dejemos el esencialismo: el aymara no solo es colectivista ni solo es individualista”.

Eso sí, Portugal nos advierte sobre los riesgos de una adopción acrítica y sin basamento propio de éstas y otras ideas. 

Usted encontrará desafiantes tesis y contrapuntos en estas páginas. Es más, sentirá, muy probablemente, la incomodidad de mirarse al espejo, de percibir nuestros puntos ciegos (lo que no alcanzamos a ver, aún a pesar del esfuerzo), de afrontar nuestros prejuicios y la probable fragilidad de nuestras respuestas ante un asunto ciertamente no resuelto y que bien merece y agradece publicaciones como ésta. 

Llama la atención que estos diálogos evidencien la persistencia de problemáticas tras 12 años de gobierno del MAS. El análisis de rupturas y continuidades a partir de este hito aparece como tarea fundamental para entender lo que somos en clave dinámica. 

El libro provoca muchas preguntas derivadas que requerirían desarrollos adicionales en temas que se abordan de modo tangencial y que, de profundizarse, complejizarían aún más estos diálogos, como ser las clases medias ascendentes, la juventud y su relación con la tecnología como vehículo cultural de ida y vuelta, entre otros.

Se siente la necesidad de estudios empíricos (uno de los pilares fundamentales de la Ilustración y de la Modernidad que Mendieta no denuesta) que confirmen, o no, la vigencia de varias de las ideas que se exponen en este libro y que forman parte de la conversación social más amplia, sostenida desde tiempos coloniales. 

Habría, además, que insistir en el debate sobre una caracterización mínima, suficiente y dinámica de lo que es ser/devenir indio en la Bolivia que este libro contribuye a pensar, a partir de la tensión inmemorial de la humanidad entre las determinantes del pasado y el deseo de procurarse un mejor futuro.

 

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