Otra versión del Prufrock... Aproximarse a T.S. Eliot desde una mesa de quirófano

domingo, 17 de junio de 2018 · 00:00

Ricardo Calla Sociólogo

Cuando Thomas S. Eliot (1888-1965) recibió el Nobel de Literatura en 1948 por su aclamada obra como poeta, dramaturgo y crítico de literatura, ya en los círculos literarios del mundo de habla inglesa era corriente afirmar que la primera mitad del siglo XX constituía, para esa parte lingüística del planeta, la Era de Eliot. 

La importancia de este autor nacido en Saint Louis, Missouri –en el deep South estadounidense–, y que emigró a Inglaterra muy temprano –al finalizar sus años universitarios–, no se ciñe, sin embargo, al universo inglés-hablante del mundo contemporáneo: En cada continente de la tierra pueden encontrarse a lo largo del siglo XX, y hasta el presente, innumerables escritores, estudiosos y artistas de la mayor talla que han hallado en Eliot motivación, inspiración, provocación o ejemplo para la creación y producción de sus propias obras, u ocasión para la polémica o el debate respecto de una poesía, un teatro y una perspectiva literaria crítica que siguen y han de seguir siendo capitales. 

Un primer ciclo  en la obra de Eliot es distinguible desde la publicación dispersa en revistas y periódicos de su primera poesía (1909 a 1915) –seguida por la impresión de un primer volumen de poemas, Prufrock y Otras Observaciones (1917), una segunda colección, Poemas (1919), y un tercer nuevo libro, Ara Vos Prec (1920)–, hasta la aparición de La Tierra Baldía (1922), quizá el texto que más habría de marcar el curso de la poesía mundial en el siglo XX. 

Un segundo ciclo, luego, comprende la poesía publicada, entre otros, de Los Hombres Huecos (1925), Miércoles de Ceniza (1930), Coriolano (1931), Los Poemas de Ariel (1927 a 1954) y los Cuatro Cuartetos (1935 a 1942). Cruzando esos ciclos, Eliot produjo diversos textos de crítica literaria y sobre cultura, entre los que destacan El Bosque sagrado. Ensayos sobre crítica y poesía (1921), Ensayos Selectos (1917-1932), Los Usos de la Poesía y los Usos de la Crítica (1933) y Sobre Poetas y Poesía (1957). La obra teatral –producida toda por el Eliot tardío– comprende destacadamente, entre otras, la magistral Asesinato en la Catedral (1935) y La Reunión Familiar (1939).

En el caso del español, debe mencionarse –como una muestra de la inmensa huella de Eliot en la literatura en esta lengua–, el hecho de que ha sido traducido a partir de  1930 y hasta el presente, para mencionar a algunos de los más preeminentes, por Dámaso Alonso, Jorge Luis Borges, León Felipe, Jaime Gil de Biedma, Juan Ramón Jiménez, Leopoldo Panero y Rodolfo Usigli. Octavio Paz, quién una y otra vez declaró que La Tierra Baldía de Eliot le había cambiado su idea de lo que era lo moderno, publicó hacia 1940 un libro titulado Poemas –editado por la revista Taller producida por Paz en México–, que recogió en un solo volumen la primera colección de traducciones de Eliot al español. 

Varias otras colecciones han sido editadas luego. En 2017, la editorial Visor Libros, de España, ha publicado la versión de José Luis Rey de T.S. Eliot. Poesías Completas. Volumen 1/Poesía 1909-1962 basada en la edición en inglés, de Christopher Ricks y Jim McCue (2015), más completa hasta ahora de la poesía de Eliot. 

Por su extraordinario valor, para el caso del mundo hispano-hablante, hay que destacar la traducción y publicación (1989) de Los Cuatro Cuartetos por parte del mexicano José Emilio Pacheco. Varios, por otra parte, han traducido La Tierra Baldía; entre ellos, Enrique Munguía –algunos fragmentos (1930)–, Ángel Flores –la primera versión completa (1930)–, Agustí Bartra (1977), José María Valverde (1978), Juan Malpartida (2001), Andreu Jaime (2015) y la ya citada de Rey (2017), que en este caso comprende también la versión extensa preliminar en borrador de ese fundamental poema recortado, editado y reordenado por Ezra Pound (1885-1972) para su publicación. Texto de factura primordial, La Tierra Baldía hizo parte de esa ruptura explosiva que fue 1922 para el curso de la literatura en el mundo. En 1922 se publicó –además del arduo y atormentado poema de Eliot–, el Ulises, de Joyce, y se redactaron Las Elegías del Duino, de Rilke, y Trilce, de Vallejo, que habrían de publicarse en 1923.

Otra versión del Prufrock…

La Tierra Baldía es el poema emblemático de Eliot –el que incorporó premonitoriamente, pese a su mismo autor, la marca del horror del Holocausto y su abismal desolación devastadora en la literatura del siglo XX–, un texto que junto con la vasta obra inmediatamente posterior de Paul Celan (1920-1970) terminaría mostrando el nuevo círculo abierto en el Infierno de Dante por la modernidad de la política del fanatismo, el anonimato de las industrializaciones y la exacerbación de la masa. 

Pero, si  La Tierra Baldía es el poema en el que más se piensa cuando se menciona a Eliot, otro texto igualmente importante, también radicalmente rupturista e innovador, es el de La canción de amor de Alfred J. Prufrock –que se escribió entre 1910 a 1915–, en rigor el poema que funda a Eliot como el célebre iniciador de la modernidad en la literatura del XX hasta el presente. 

Harriet Monroe, la editora de la revista Poesía de Chicago, en cuyas páginas  La canción… fue publicada por primera vez, hacia 1915, solía recordar que cuando la versión tipografiada del Prufrock… llegó a sus manos, las primeras líneas “(le) quitaron el aliento. Aquí evidentemente se mostraba a la sofisticación más moderna trabajando con los cabos sueltos del cosmopolitismo más acabadamente mundano”.  

A continuación presentamos una nueva traducción de La canción… –en clave interpretativa de ritmo y de acento aproximado al del original cuando esto nos ha sido dado–, bajo la convicción de que hacerlo puede, una vez más, llevar a releer, para los propósitos de otros futuros intentos de creación rupturista, a un Eliot cuya contemporaneidad con esta segunda década del siglo XXI sigue siendo vital, aún a más de los cien años transcurridos desde que este autor empezó a imprimir su huella en las palabras.     

La canción de amor  de J. Alfred Prufrock

Vamos, entonces, tú y yo,
Cuando el atardecer se desparrama contra el cielo
Como un paciente anestesiado sobre una mesa;
Vamos, a través de unos callejones casi desiertos,
Los amparos abiertos 
En ciertos hoteles baratos sin reposo 
de murmurantes e inquietos anocheceres despiertos  
y restaurantes con caracolas colgantes y serrín para los pies: 
Callejones que siguen como un argumento tedioso 
de insidioso intento 
de llevarte hasta una pregunta abrumadora…
Ah, no preguntes, “¿Cuál es?”
Vamos y hagamos esta visita.

    En el cuarto las mujeres van y vienen
hablando de Miguel Ángel.

    La niebla amarillenta que se rasca la espalda en las ventanas
La humareda amarillenta que rasca su hocico en las ventanas
Lamió metiendo su lengua en los rincones de la noche
Se demoró sobre los charcos estancados de los sumideros
Dejó caer en su lomo el hollín de las chimeneas,
Resbaló en la azotea, dio un brinco repentino,
Y viendo que era una noche apacible de octubre,
Se enroscó una vez alrededor de la casa, y quedó dormida.

    Y de verdad habrá tiempo
para la niebla amarillenta que se desliza por la calle,
rascando su espalda en las ventanas;
habrá tiempo, de verdad habrá tiempo,
para preparar un rostro para dar encuentro a los rostros          
que uno encuentra;
habrá tiempo para crear y para asesinar,
y tiempo para todas las labores y jornadas de las manos
que levantan y derraman la pregunta en la bandeja;
tiempo para ti y tiempo para mí,
y todavía tiempo para cien indecisiones,
y para cien visiones y revisiones,
antes de una tostada con té.

    En el cuarto las mujeres van y vienen
hablando de Miguel Ángel.

    Y de verdad, de verdad, habrá tiempo
para preguntarse: “¿Me atrevo?”, “¿Es que me atrevo?”
Tiempo para retroceder y descender las escaleras,
con un comienzo de calvicie en el medio de mi pelo –
(Ellas dirán: “¡Cómo se le cae el cabello!”)
Mi saco mañanero, mi cuello duro firme a la barbilla,
mi corbatín modesto y ampuloso, sólo sujeto con un alfiler –
(Ellas dirán: “¡Pero qué flacas están sus piernas!”,
“¡Y qué delgados sus brazos!”)
¿Es que me atrevo
a perturbar el universo?
Hay tiempo en un minuto
para decisiones y revisiones que un minuto ha de cambiar.

Porque yo las he conocido a todas, conocido ya a todas: –
He conocido las mañanas, las tardes, las caídas de la noche,
he medido y considerado mi vida con cucharillas de café;
conozco las voces que mueren cayendo lentamente 
bajo la música de un aposento alejado.
   ¿Cómo podría entonces yo suponer?

Y yo los he conocido a todos, conocido ya a todos los ojos –
Los ojos que te petrifican en una frase formulada 
y cuando estoy así formulado, agarrotado por un alfiler,
cuando estoy clavado y retorciéndome en la pared,
¿cómo podría  así entonces empezar
a escupir todas las colillas de mis días y manías? 
    ¿Y cómo podría yo entonces suponer?

Y yo he conocido ya los brazos, los he conocido a todos – Brazos con pulseras y blancos y desnudos
(¡Pero, a la luz de las lámparas, refulgiendo con vello pardo claro!)
¿Es el perfume de un vestido el que me tiene distraído?  
Brazos que descansan sobre una mesa, o se arropan en un chal.
    ¿Qué debería entonces yo creer?
    ¿Y como debería empezar?

                     . . . . . . . . . . . . . .   


¿Habré de decir, he ido al oscurecer a través de callejones estrechos
y he visto el humo que sube y sale de las pipas
de gente solitaria en mangas de camisa asomada en los balcones?

Yo debiera haber sido un par de pinzas óseas
sumergiéndose en el fondo de mares silenciosos

    . . . . . . . . . . . . . . 


¡Y la tarde, la noche, duerme tan pacíficamente!
Alisada por largos dedos,
adormilada… fatigada… o descomponiéndose aquí,
desparramada en el suelo, cerca de ti y de mí.

¿Y debiera yo entonces, después del té, los helados y pasteles,
tener la fuerza de llevar el momento hasta su crisis?
Aunque yo he ayunado y llorado, orado y sollozado,
aunque he visto mi cabeza (ya ligeramente calva) transportada
    en la bandeja,
no soy ningún profeta – y eso en verdad poco importa;
he visto oscilar y apagarse el minuto de mi gloria
y he visto al Paje eterno sujetarme por el saco, ocultando su sonrisa,
y, muy en breve, tuve miedo.

    Y acaso habría valido la pena, después de todo,
después de las tazas, la mermelada, el té,
entre la porcelana, entre las conversaciones sobre ti y sobre mí,
habría valido la pena,
arrancar sonriendo el asunto de un mordisco,
convertir de un apretón el universo en una bola,
Poniéndola a rodar hacia una pregunta abrumadora, 
decir: “Yo soy Lázaro, resucitado entre los muertos, 
resucitado para decirles todo, yo he venido a decirles todo”,
si sólo uno pudiera decir, arreglando su cabeza en la almohada:  
    “Pero no quise decir eso para nada,
    no es eso, en absoluto, para nada”.

   ¿Y acaso habría valido la pena, después de todo,
acaso habría valido la pena,
después de las puestas de sol, de las yardas en las casas y de las calles regadas, 
después de las novelas, después de las tazas de té, después de los vestidos
        Arrastrándose en el suelo –
Y eso y esto, y mucho más? –
¡Me es imposible decir, en rigor, lo que quiero decir!
Sólo como si una linterna mágica proyectara en una pantalla 
        las marcas y el patrón de los nervios:
¿Acaso habría valido la pena
si se pudiera decir, acomodando una almohada o tirando el chal a un lado
o volteando a la ventana: 
    “No es eso, para nada, 
n   No quise decir eso, en absoluto, para nada”?

    . . . . . . . . . . . . . . 

¡No! No soy el príncipe Hamlet, ni he nacido para serlo;
soy un noble cortesano, capaz 
de rellenar un séquito, comenzar una escena ó dos,
aconsejar al príncipe; sin duda, un cómodo instrumento,
respetuoso, fácil, un útil de contento,
diplomático, cauteloso y meticuloso;
tímido y grandilocuente, aunque siempre caprichoso;
a veces, de verdad, casi ridículo –
a veces, casi el Bufón.

    . . . . . . . . . . . . . . 

…Me estoy poniendo viejo… Me estoy poniendo viejo…
Usaré subidos los botapiés de mis pantalones almidonados

¿Debo sacar hacia atrás una raya en mi pelo? ¿Me atrevo a comerme un ciruelo?
Voy a usar pantalones blancos de lino, y saldré a caminar sobre las playas.
He escuchado el cantar de las sirenas, que se cantan entre sí.

No creo que ellas canten para mí. 

Las he visto cabalgando hacia el mar sobre las olas
peinando hacia atrás la espuma blanca de las ondas
cuando el viento sopla el agua, dividiéndola en blanco y negro.

Nos hemos demorado en las cámaras del mar
junto a ninfas adornadas con guirnaldas carmesís y algas pardas
hasta que las voces humanas nos despiertan, 
y nos ahogan.

Permítanos un minuto de su tiempo.

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