Impresiones y Pareceres

Un cuento sobre lo mundano en los claustros eclesiásticos

El autor escribe sobre la presencia de conventos en la literatura local.
domingo, 17 de junio de 2018 · 00:00

Freddy Zárate Abogado

En la actualidad cuesta mucho trabajo imaginar el rol que desempeñaba la Iglesia Católica en la configuración del orden social en Bolivia. Por ejemplo, si retrocedemos a comienzos del siglo XX nos toparemos con una rígida Iglesia que “cumplía” el mandato divino de consagrar a los fieles creyentes a través de los sacramentos, inculcar los preceptos cristianos, concebir un culto dogmático al creador, y por supuesto, inmiscuirse en la esfera pública en nombre de Dios. 

A pesar de este sometimiento paradisíaco, hubo espíritus críticos que cuestionaron el orden  establecido mediante artículos de prensa, la ensayística, la novela y el cuento, cuyo fin fue hacer evidente las virtudes o defectos de la naturaleza humana dentro de las instituciones religiosas.

Muñoz Cornejo, el hereje excomulgado 

En este sentido, es ilustrativo el caso de Humberto Muñoz Cornejo (1887-1959), quien escribió varios artículos de prensa con tinte anticlerical. Posteriormente, recogió sus  escritos periodísticos en los libros intitulados Páginas de combate (1910) y Así hablaba Zaparrastroso (1911). La Iglesia Católica siguió de cerca cada nota de Muñoz Cornejo. Al sentirse vilipendiada por la pluma del apóstata, el Vicario Capitular de La Paz Monseñor José Domingo Bavía comunicó la excomunión de Muñoz Cornejo mediante Decreto Clerical del 2 de diciembre de 1910.

Este hecho nos ofrece algunas pistas de la fuerza normativa que ejercía el clero en una época donde predominaban las ideas liberales, positivistas, modernistas y naturalistas.  

Alberto Ostria Gutiérrez

En la segunda década del siglo XX, el escritor y diplomático Alberto Ostria Gutiérrez (1897-1967) publicó el libro de cuentos titulado Rosario de Leyendas (Editorial Marineda, Madrid, 1924), prologado por el pensador mexicano Alfonso Reyes. Uno de los relatos de Ostria Gutiérrez tiene el sugestivo título de Sor Ana María.

La historia tiene como protagonista a una hermosa mujer que fue obligada a ingresar al convento de las Mónicas. En sus dos años de permanencia las paredes “celestiales” deterioraron el espíritu de Sor Ana María. La joven religiosa se convenció que las monjitas que parecían “hechas sólo a la bondad, la resignación y la virtud, pero no pasan de ser mujeres vulgares, ignorantes, malas, verdaderas fantoches que no se cansan de repetir –sin pensar– las mismas oraciones incomprendidas, las mismas plegarias sin sentido”. 

A consecuencia de ello, la novicia pudo evidenciar que no existía diferencia entre el mundo religioso con el terrenal. Mientras las virtudes se achican, crecen los defectos humanos: odio, envidia, lujuria y perversidad. 

Las conductas muy humanas dentro de la Iglesia empujaron a la religiosa a aislarse de sus hermanas en Cristo. “Pasan los días, pero pasan muy lentamente. (…) Sor Ana María se cansa de rezar y entonces acuden a su mente los recuerdos, los ensueños, hasta los malos pensamientos”. 

En la soledad de su lecho la novicia “mira su cuerpo y lo encuentra muy bello. Entonces reniega de su hermosura. ¿Para qué le sirve su hermosura? ¿Quién la ve, quién la admira, quién la desea?”. Su belleza se convirtió en su tormento, tanto así, que caviló la idea que en el claustro todas las mujeres envejecen rápidamente por falta de vida de la carne. 

A fines del mes de diciembre el convento organizó una fiesta religiosa para celebrar la llegada del Año Nuevo. Uno de los atractivos principales de la misa fue el coro, en donde Sor Ana María coreaba melodiosas alabanzas al creador. Un oficial que estaba cerca del orfeón no perdió de vista a la novicia. 

Al terminar la misa se contacta con la mandadera del monasterio –le paga unas cuentas monedas– para acercarse a la devota creyente. A partir de esa noche “hay un hombre que entra en el convento de las Mónicas aprovechándose de una escala”. Por largo tiempo acompañó la suerte a los amantes. Pero, una de esas noches la madre superiora descubrió el acto pecaminoso. 

El cuento finaliza con la huida del amante y la esperanza de Sor Ana María de encontrarse con el hombre que le prometió algún día volver: “Espera, espera todos los días, espera siempre. Espera… ¡Pobre sor Ana María!”.

 

Un debate abierto 

El libro de cuentos Rosario de Leyendas se adscribe a las rarezas de nuestra bibliografía boliviana. Se trata indudablemente de una visión polémica y poco difundida. Posiblemente, estos trozos literarios produjeron alguna  molestia al clero y a la sociedad conservadora de su época. Pero no llegaron a generar un debate profundo por parte del sector universitario, intelectual y político. El escritor Alberto Ostria Gutiérrez tuvo el valor de poner el dedo en la llaga al denunciar a través de un cuento la existencia de una doble moral anidada  en los claustros eclesiásticos; siendo este aspecto altamente cuestionable por la prevalencia de un carácter santurrón por parte de algunos predicadores del “Bien”. 

Es necesario, entonces, discutir acerca del verdadero rol de la Iglesia en la actualidad, y ver en qué medida continúan arrastrando las viejas y enraizadas denuncias de los hombres y mujeres vestidos con sotana.

 

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