Poesía

¿Son invisibles los poetas de raza negra?

Desde los “poetas de la negritud”, los escritores afroamericanos y afroeuropeos han ganado visibilidad aunque siguen siendo unos desconocidos.
domingo, 03 de junio de 2018 · 00:00

Hace tiempo que quería escribir sobre Ríos ancestrales. Poesía afroamericana contemporánea, un monográfico de la revista Ánfora Nova. Revista Literaria que se edita en Rute, Córdoba, España, (nº 109-110) y no lo había hecho por la dificultad que supone hablar de autores que nadie o muy pocos conocen, autores y autoras de raza negra que han sido silenciados, ninguneados o desdeñados por la tradición ortodoxa de la literatura, cuyos estudiosos  no le ha concedido ni un instante de aliento cultural. 

Esto es así hasta el extremo de que “sistemáticamente se les haya negado el acceso a la educación, sobre todo durante la época de la esclavitud, cuando se les castigaba duramente si aprendían a leer o escribir”, como nos recuerda el autor del prólogo, la selección y las notas de esta edición, Juan Ignacio Guijarro.

Pero si hoy lo hago es porque no se me imponga el prurito de temer que hablo de autores desconocidos a la calidad de sus trabajos, pues eso me haría cómplice de una nueva marginación: no hablar de autores que por razones indecentes no se habla. 

El asunto ha venido precedido de algunas antologías imprescindibles, como las que abrieron la lata de estas esencias y nos dieron a conocer a “Los poetas de la negritud” que eran, principalmente, escritores y poetas francófonos, muchos de los cuales habían estudiado en París, e incluso habían ejercido la docencia en Universidades francesas. Aquel movimiento, del que destacaron el senegalés Léopold Sedar Senghor, el martiniqués Aimé Césaire o el malgache Jacques Rebemananjara, por citar a tres imprescindibles, tuvo una vida corta y se autodestruyó a finales de los años sesenta del siglo pasado, porque muchos consideraron que la palabra “negritud” era, en sí misma, racista. Se hizo muy popular una sentencia del fino poeta y novelista Wole Soyinka, premio Nobel de Literatura 1986, quien advirtió: “el tigre no declara su tigritud. Salta sobre su presa”, con lo que se incorporaba al sector, digámoslo así, agresivo y reivindicativo del movimiento y reclamaba que todos se comprometieran más. 

No opinaba así Joan Paul Sartre, quien en su preámbulo a la Antología de la nueva poesía negra indicó que este movimiento, el de la negritud, era “un momento de paso y no un término”, dicho con otras palabras “un medio y no un fin”, aparte de que, para el filósofo existencialista “negritud es la negación de la negación del hombre negro”. A partir de ese momento el movimiento, si es que  podemos llamarlo así, adquirió media docena de nombres, rótulos y etiquetas o se incorporó al caudal general “Black lives matter”, “Black arts movement”, etc.

De todas estas antologías, Voces africanas, fue la que tuvo mayor resonancia, tanto por los 21 nombres escogidos, todos ellos escritores de la segunda mitad del siglo XX, del Camerún, Costa de Marfil, Senegal, etc. donde se reivindicaba no sólo a los autores francófonos, sino también a escritores negros en inglés como Langston Hugues o Claude MacKay o en español como Nicolás Guillén o Manuel de Cabral.  

 La selección que Juan Ignacio Guijarro ha hecho para la revista Ánfora Nova, con traducción de Juan Ignacio Guijarro, es una colección breve pero muy acertada, se centra en escritores en lengua inglesa, recorre todo el siglo XX, y selecciona a cuatro mujeres y tres hombres. Empieza con Claude McKey (1889-1948) que viene a ser el patriarca. Es un poeta oriundo de Jamaica, autor de uno de los poemas inexcusables al hablar de la poesía negra, el soneto Si hemos de morir modelo de poesía militante, “Si hemos de morir, que no sea como cerdos  /  perseguidos y acorralados en un lugar infame, / rodeados de la rabiosa y hambrienta jauría / que se burla de nuestra suerte adversa”, que acaba de un modo estremecedor “¿Qué importa que ante nosotros se encuentre la tumba abierta? / Como hombres hagamos frente a esa horda cobarde y asesina, / ¡Contra la pared, a punto de morir, pero luchando!”, no sabía que muchos años después asesinarían a Luther King de esta manera. 

Le sigue, cronológicamente, Langston Hughes (1902-1967), de nuevo un autor de referencia en lo que se refiere a los posicionamientos de izquierda –izquierda según un modelo norteamericano– y uno de los primeros y más intensos escritores que vinculan la poesía hecha por ciudadanos afroamericanos con el jazz, el soul, el blues, la música negra y marginal que terminará por condicionar todos los géneros musicales hijos del jazz, la marginación, el góspel y la queja, y Amiri Baraka (1934-2014), estéticamente vinculado a la generación Beat y portavoz del Black Arts Movement.

Le siguen cuatro mujeres, cada una con una energía diferente, Audre Lourde (1934-1992) que fue capaz de definirse como “negra, lesbiana, madre, guerrera y poeta”, con lo que se situó en el centro de las tres corrientes envenenadas mas definitorias del siglo XX, racismo, sexismo y xenofobia, pilares de su obra. Nikki Guiovanni (1943), poeta racial y de denuncia de la realidad norteamericana infectada de racismo, Lucille Clifton (1943-2010), quien aunque estuvo varias veces nominada al Pulitzer no lo consiguió, “tu sabes que las mentiras más tristes / son las que nos contamos nosotros mismos / (…) tú sabes lo peligroso que es / tener la piel oscura”, y la imprescindible Tracy K. Smith (1972), reciente premio Pulitzer de poesía 2012 y probablemente la nueva voz afroamericana más interesante del momento y con mayor futuro, “Siempre hay un camino, / el mar, pelo oscuro, dolor. / Siempre una pregunta”.

Aún así cinco poetas de raza negra han obtenido el Nobel de Literatura, Wole Soyinka en 1986, Nadine Gordimes en 1991, JM Coetzee en 2003, Derek Walcott en 1992 y una mujer, Toni Morrison.

Ricardo Bellveser  Escritor

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