Notas para romperse una pata

Entomología teatral: el show de los insectos maravillosos, de Juan Pablo Piñeiro

Crítica a la obra teatral protagonizada por Pedro Grossman y estrenada hace un par de semanas en La Paz.
domingo, 01 de julio de 2018 · 00:00

Fernanda Verdesoto Ardaya Literata e investigadora sobre teatro
 

Más que a la muerte, le tenemos miedo a la soledad. Le tememos a no escuchar otra cosa que el eco de nuestras propias voces retumbando en cuatro paredes sin ventilación. No hay pánico en morirnos, ya que al final de todo ni se debe sentir. Los que se joden somos los vivos. Los que hemos sido dejados atrás. 

El show de los insectos maravillosos se ha quedado sin comediantes y dejó solo al maestro de ceremonias. El show únicamente existe en el recuerdo, en la música, estampado en el papel cartón y el papel fotográfico. El show de los insectos maravillosos, obra escrita por Juan Pablo Piñeiro e interpretada por Pedro Grossman, es la representación entomológica de la infinita soledad, de qué es lo que pasa cuando uno quedó absolutamente solo y no queda otro camino que seguir viviendo, ante la clara llegada de nuevos dolores con los cuales seguir llenando el diario con tinta. 

Soledad, y por lo tanto monólogo, donde la polifonía de los recuerdos de los insectos maravillosos va inundando el pequeño espacio teatral, que finalmente es el mundo entero. Él, Amadeo, va llenando los vacíos con lo que quedó del pequeño circo hecho a medida de los insectos a través de las anécdotas y a través de la memoria. Porque no le queda nada más. Porque él puede ver más allá, porque sus amigos los insectos pudieron ver más allá cada vez que alzaron vuelo.  

Tal vez no más que a la muerte, le tememos a los bichos. Por feos, por raros, por diferentes, le tenemos miedo a los bichos. Por viscosos, porque pican, porque realizan zumbidos en el oído cuando uno trata de dormir. Les tememos y los escritores lo saben. 

No hay otra razón por la cual Gregorio Samsa se despertó de un sueño intranquilo y se convirtió en un monstruoso insecto. Él es la paria de su familia, de su trabajo y de una sociedad burocratizada, y el siguiente paso obvio fue metamorfosearse en una cucharacha/escarabajo despreciado y maltratado por su padre. No hay otra razón por la cual el Señor de las moscas sea el dios de los niños macabros de una isla desierta, perdida en la soledad del mar. Les tenemos miedo por distintos, y así nos lo representan. Sin embargo, al mismo tiempo, los insectos –esos otros– en su extrema rareza, son el mejor compañero de aventuras de un ser solitario, de ese ser humano que siempre será categorizado como el otro. No podemos olvidarnos de Pepe Grillo que tanto ha acompañado y aconsejado a un Pinocho tan alienado de la realidad humana, o de la realidad titiretesca; o las mariposas amarillas que anuncian el amor de Meme hacia Mauricio Babilonia. 

Juan Pablo Piñeiro en El show de los insectos maravillosos nos mostró que los insectos son aquellos seres diferentes, tan diferentes, que hasta son como Dios: simplemente incomprensibles. Ellos, a través del testimonio de su amigo humano sobreviviente a las adversidades climáticas, cuentan la historia de qué es estar solo. Los bichos cuentan cuál es la soledad absoluta del vivo que se jodió por el simple hecho de vivir. Aquel que sin querer creó su soledad al viajar por el mundo para elegir el elenco perfecto del show de los insectos maravillosos 

¿Acaso no somos todos protagonistas de nuestra soledad al elegir a nuestros compañeros y compañeras y luego perderlos? ¿Al menos, si tenemos la mala suerte de morirnos de últimos? Aquí, los protagonistas del show, aquellos que acompañaron a Amadeo y luego tuvieron que dejarlo solo: 

- La mantis religiosa que antes profesaba el Islam. 

- Una libélula que sabe escribir. 

- Un escarabajo Goliat malgache.

- Un trío fantástico y fiestero del gusano, el grillo y el abejorro, que viajan –oh, qué casualidad- en un auto escarabajo. “Los príncipes del jardín”, los insectos que generalmente acompañan a un niño solitario que no tiene miedo a embarrarse la camiseta recién lavada. 

Y el insectario todavía no está completo, es un circo ambulante, donde todavía entran más. 

Todo este elenco fue protagonista no sólo de un espectáculo circense trotamundos, sino fue el protagonista de la vida de Amadeo Ras Arfart. Ellos fueron sus amigos, las estrellas de sus diarios de viaje, y al final la puesta en escena de su extrema soledad. Cada insecto tiene una historia en particular, su respectiva relación con Amadeo, su propia locura, una personalidad única, en fin, una breve vida que complementa la historia del protagonista (al menos del protagonista vivo). La obra que recita el funeral entomológico al que solo asistió una persona. 

Por eso es un monólogo. Amadeo recita la elegía a través de las palabras, de la escritura, del baile, del silencio, de la música, la poesía que –así como la mentira-  tiene patas cortas. Es por esto que, lo que más cautiva en esta obra es el hecho de que exista el diario de viaje. Se traslada un género literario al escenario, y el personaje central ya no es el que escribe, sino de quién escribe. Y el insecto se convierte en alguien con más pasado y más historia que nosotros mismos. Todo quedó registrado en una carpeta anillada que nos es mostrada parcialmente. Amadeo elige qué mostrarnos, si es la historia de fondo, si es la selfie, si es el collage de recuerdos. Es parte de la literatura, del cine y del teatro tener un momento de selección de qué es lo que se va a mostrar. Y es lo que Amadeo hizo. Seleccionó qué mostrar al público de sus aventuras con los insectos maravillosos, y es lo que nos termina de confirmar que los bichos, por más pequeños que sean, tienen una historia enorme que se agranda mucho más con el pasar del tiempo; y ante su partida, convierte en infinita la soledad de Amadeo. 

Bicho pequeñito, no importa, pudo volar y ver el mundo más allá que cualquiera de nosotros.

 

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