Cafetín con gramófono

Hablante, un término sin prejuicios

El autor aborda la problemática del lenguaje y el género.
domingo, 01 de julio de 2018 · 00:00

Omar Rocha Velasco Literato

Las mujeres han sido marginadas socialmente a lo largo de la historia como consecuencia de una organización que asigna papeles -recuperemos el sentido teatral del término- prejuzgados. 

Estas “asignaciones” son y han sido sustentadas desde varias perspectivas y discursividades: diferencias biológicas, religión y en general ideologías que no aceptan, aunque pretendan lo contrario, la equidad entre los seres humanos. Desde hace mucho tiempo -en los últimos años se hace más evidente- la legitimación de esta marginación ha sido cuestionada.

Se afirma que ser mujer y ser hombre ha ido variando de múltiples maneras y seguirá variando en el mundo contemporáneo y que se puede incidir en las condiciones actuales apuntando hacia reivindicaciones absolutamente justificadas. Sin embargo, se hace imprescindible -junto a un discurso absolutamente descriptivo, denunciante y reivindicador- un análisis minucioso de los mecanismos estructurales que intervienen en la psique de hombres y mujeres más allá de la anatomía. 

La afirmación anterior nos lleva, sin posibilidad de quiebre, a vérnoslas con la “sexualidad humana” muchas veces ignorada, muchas otras desvirtuada y frecuentemente abarcada sólo desde una  mirada descriptiva cercana al comportamiento animal.

Para evitar el triste camino descrito en las últimas líneas, podríamos tentar una lectura de los primeros capítulos del Génesis bíblico, siguiendo, muy de cerca, algunas vías trazadas por Juan Cristóbal Mac Lean en su memorable libro Transectos. Empecemos en el momento en que se manifiesta por primera vez la soledad del hombre: bien, el Creador ante este hallazgo le envía la “compañía idónea” –los animales– y aparecen los primeros atisbos del lenguaje porque el hombre tiene que nombrar a esos animales (hubo muchas diferencias en la Iglesia respecto a este tema, se discutió por ejemplo, si Adán nombró a los peces o no y se discutió también acerca la lengua que utilizó, ¿fue el hebreo, el griego?). 

Surge una pequeña relación entre el hombre, los animales y las cosas: Adán nombró a los seres que lo rodeaban, a las nubes, a las montañas y a todo lo demás, el lenguaje empieza a perfilarse como  aquello que corresponde a lo esencialmente humano. Pero algo no funciona: persiste la soledad del hombre. Antes de crear a la mujer, Dios procede a “hacer caer en sueño a Adán”, el sueño precede a la creación de la mujer, se establece una inicial y sugerente correspondencia entre sexo y sueño, entre sexualidad y lenguaje. Antes de la creación de la mujer, ¿Adán soñaba? Cuesta imaginar los tipos de sueño que Adán habría tenido, prelingüísticos, presociales, algo así como una filmadora que se queda prendida después de la destrucción del mundo por el choque de un meteoro, imágenes puras, sonidos, las fauces abiertas de un león quizá (no olvidemos la riqueza de los sueños humanos y la sentencia freudiana en la que nos dice que el sueño es la vía regia de acceso al inconsciente, sólo el lenguaje humano permite su realización). 

La mujer es creada y se pasea por el paraíso, antes de la aparición de la serpiente ya tiene una relación especial con el árbol del pecado, con la ciencia del bien y del mal; como que estaba inscrito en su naturaleza, posiblemente la serpiente fue hasta secundaria. ¿No será que ese fruto es la metáfora de la sexualidad? ¿No será el árbol del bien y del mal la copulación? Todo parece indicarlo, luego de comer el fruto Adán y Eva descubren su desnudez, se despiertan (“abren sus ojos”) y están desnudos, luego surge la interrogante divina “¿quién te enseño que estás desnudo?”.  ¿No es la sexualidad origen de los mayores males, peleas y desdichas?, ¿no es también la mayor dicha? Se puede plantear la ingestión del fruto como requisito para la fundación del mundo, como boleto de ingreso al mundo; el paraíso como advenimiento de lo perdido. El sueño, el lenguaje y la sexualidad como fundaciones, cimientos, características estructurantes de lo humano.

El significante es quien cava su surco en lo real y quien engendra el significado. Lo que distingue fundamentalmente el lenguaje animal y el lenguaje humano, es que el lenguaje animal (sería más correcto decirle código animal), nunca es equívoco, el equívoco es constitutivo en el lenguaje humano. En cuanto a la referencia, todo problema del lenguaje es que nunca se logra designarla, siempre hay un más acá o un más allá de la referencia, se presenta feacientemente la afirmación siguiente de Jacques Alain Miller “cuando se quiere designar una referencia uno queda capturado entre metáfora y metonimia, las referencias se desplazan”.

Es interesante encontrar que muchas reivindicaciones femeninas pasan por el uso de la lengua, esto evidencia la ambigüedad del lenguaje humano. Muchos textos que hablan de la problemática de género señalan diferencias: niños/as, todos/as, etc. El hecho de llamar “hombres” a todos los seres humanos no ha sido sin consecuencias, estos significantes van consolidándose socialmente e intervienen en la subjetividad de las personas. 

Sin embargo, la ambigüedad del lenguaje humano, destaca una separación entre los sexos que ninguna relación sexual logra colmar; y destaca que el lenguaje viene a ocupar en su función de creación espontánea o poética el lugar mismo donde esta separación surge. Así, se hacen montones de discursos para ordenar este desorden fundamental de la creación humana. 

En los animales eso ya está ordenado, por eso los humanos necesitamos iglesias que ocupen el lugar de la carencia. Seguramente las propuestas concretas que inciden en la organización social, pueden enriquecerse con aproximaciones encaminadas a vislumbrar ciertos elementos de la sexualidad humana que quedan al margen de las consideraciones, especialmente cuando se habla del cuerpo, de sexualidad, de condición de la mujer o cuando se trata de incursionar por ciertas “pedagogías” de género comportamentalistas, que parten de la armonía supuesta prejuiciosamente. 

Hombres y mujeres tienen accesos diferentes al lenguaje que los sitúa en dos géneros distintos. Se debe marcar enfáticamente que no es el órgano anatómico el que inscribe al hablante de uno u otro lado. Se trata de mostrar los modos en que el aparato simbólico es el organizador de la sexualidad de los hombres y las mujeres, de hablantes para utilizar un término que no prejuzga.
 

 

 

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