Pensador Privado

Pulp fiction y la tentación del arte

El autor elabora su lectura sobre la película de Quentin Tarantino.
domingo, 01 de julio de 2018 · 00:00

Pablo Gozalves Escritor y dibujante

Sobreviene un desafío secretamente inscrito entre estas líneas, el de escapar a la lectura convencional del cine como hecho estrictamente narrativo o como fenómeno estilístico, por el contrario, lo que se desea grabar en la sensibilidad crítica es el abordaje de la materia pictórica del cine, el hecho artístico en su complejidad formal y la experiencia estética saltando el obstáculo de la búsqueda del sentido para alcanzar la universalidad del arte.

Dicho de una manera aún más concreta, leer el segundo filme de Quentin Tarantino, Pulp Fiction (1994), de la manera en que Roland Barthes lee la pintura de Twombly. 

En el cine de Tarantino “pasan cosas” que podemos relacionar a aquello que los griegos definían dentro de la categoría mayor de acontecimiento, pero, que tuvieron la capacidad de distinguir y subdividir en varios tipos menores concatenados: Suceden en consecuencia dentro de la obra un acontecimiento en cuanto hecho (pragma); un acontecimiento en cuanto azar (tyche); un acontecimiento en cuanto desenlace (telos); uno en cuanto sorpresa (apodeston) y otro en cuanto acción (drama). 

Empecemos analizando el programa (pragma) de la materialidad artística de la obra. No lo que aparece representado en la pantalla sino las huellas de lo que ha sido manipulado en el discurrir de su hechura y que nos entrega en la forma de un trazo ligero la certidumbre de su esencia.

Tarantino al enmarañar sus trazos, dibuja la historia en un vaivén intenso y aleatorio en el que las líneas se entrecruzan y confunden generando una gran mancha, misma que se extiende a lo largo del filme tejiendo un orden de redes. Barthes pensando en la pintura de Twombly escribió: “Casi sería mejor hablar de mácula que de “mancha”, ya que la mácula no es una mancha cualquiera; es la mancha en la piel, y también la malla de una red, en cuanto recuerda el tipo de manchado de ciertos animales”.

Esta mácula puede apreciarse a momentos como suciedad o error porque al volver sobre sí misma se desdibuja y redefine simultáneamente generando un efecto de palimpsesto. Para Barthes la paradoja radica en que “el hecho, en su pureza, se define mejor cuando no está limpio”.  En este gesto azaroso de no esconder el artificio de la hechura lo que aparece en pantalla es lo artístico del arte.

También el azar (tyche), en el suceso de la obra, tiene que ver con lanzar al espectador lo que se está haciendo sin saber sus consecuencias, dando de esta manera la ilusión de ausencia de programa narrativo y una apariencia dispersa en el que se fuga todo lo que ha sido plantado (como en un juego) para perderse etéreamente y generar intervalos e intersticios que subvierten a los personajes y las circunstancias hacia el extrañamiento.

No por nada, Tarantino abre el telón con dos acepciones de la palabra pulp del American Heritage Dictionary: “1. Una masa de materia blanda y húmeda sin forma. / 2. Una revista o un libro que contiene temática espeluznante siendo característicamente impreso en papel rústico”. Es en la ambigüedad y futilidad del término donde radica su encanto.

Sin embargo, el propio filme ofrece una salida, una finalidad (telos) que no se halla de inmediato, porque estamos obligados a volver atrás para reencaminar los pasos dentro del laberinto trazado. Tampoco es casual que el filme esté fragmentado en pedazos que no quiebran su unidad y que no admiten su descomposición en partes.  Aplica una otra lógica que desafía la estructura aristotélica y en la que ocurre que el futuro es la causa del pasado como afirma Paul Valéry. 

Esto es particularmente claro en la muerte del sicario Vincent Vega (John Travolta), quién muere con su propia arma en manos de Butch (Bruce Willis) y reaparece en el final del filme. El personaje de Vincent no cambia, seguramente por eso muere, como queda establecido en el diálogo del epílogo con su compañero ahora retirado de la mafia Jules Winnfield (Samuel L. Jackson). Recordemos que Jules, al ir a recuperar con Vincent el maletín robado por unos jóvenes a su jefe Marsellus Wallace (Ving Rhames), experimenta el toque de Dios tras salvar la vida milagrosamente de una balacera a quemarropa. Para Vincent es sólo un suceso insólito, pero Jules afirma abandonar el mundo del crimen para recorrer la faz de la tierra en búsqueda espiritual, es por esa razón que perdona la vida de los criminales de poca monta Ringo (Tim Roth) y Yolanda (Amanda Plummer) en la cafetería. 

Algo similar pasa con el destino de Butch que logra viajar en busca de una nueva vida con su amada, quién tras estafar a Marcellus Wallace y ser perseguido queda atrapado con él a merced de unos depravados sexuales de quienes logra zafar, pero decide ayudarlo y no huir dejándolo a su suerte siendo perdonado por Marcellus, a condición de salir y no volver a Los Ángeles.

Nuevamente Barthes sobre Twombly escribe: “Este arte de rara fórmula, aplica incesantemente la prueba de la negatividad, a la manera de los místicos llamados “apofáticos” (negativos), que se imponían el recorrido de todo lo que no es, con el fin de percibir, en ese abismo, una luminosidad que vacila, pero a la vez resplandece, porque ésa no miente”.

La sorpresa (apodeston) consecuente del filme está asociada a las incongruencias verosímiles pero irracionales de dar cabida a la iluminación, al despertar asociados  a lo desmañado y enrarecido que provoca un arte de la sacudida que supera a la apuesta por la violencia.

Finalmente, la acción (drama) se funda en el virtuosismo de manejar una trama principal básica, que consiste en asistir los negocios de Marcelus Wallace (recuperación de un maletín robado; sacar a pasear a su esposa en su ausencia y perder una pelea de boxeo por un puñado de dólares) poniendo por delante las subtramas que se apartan del eje argumental cobrando preponderancia, pero lo potencian y hacen crecer al cruzar por su camino.
 

 

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