Para verte mejor

El desbordante imaginario amazónico

La historiadora de arte Lucía Querejazu escribe sobre la muestra Amazónica de Patricia Mariaca presentada en Santa Cruz.
domingo, 15 de julio de 2018 · 00:00

Lucía Querejazu Escobari Historiadora de arte

En el oficio de escribir crítica de arte, a veces es difícil escoger sobre qué exposición o artista escribir. El ideal es que una muestra te invite a reflexionar, ya sea para dar elogios o no. Para eso, hay que ver muestras y estas muestras tienen que tener algo qué decir, qué mostrar, qué criticar o evocar. 

Buscando eso pensaba salir en un paseo hacia las galerías buscando objeto de comentario que estaba esperando hace meses, algo que me provoque escribir y pensar pero no fue necesario ni siquiera salir, aunque está todo ahí afuera.

Tengo el Recetario amazónico de Dios de Nicomedes Suárez-Araúz, desde hace semanas en mi mesa, desde la partida de Manrico Montero y sus aves de plumas rosadas. Tengo pan de mentira y orquídeas amazónicas, con sus tres sépalos y tres pétalos instalados en mi mesa verde y entonces llegó la noticia a mediados de junio de que América de Raúl Otero Reiche fue elegido por el público encuestado por la BBC como una de las 100 obras literarias que transformaron el mundo. La noticia me sorprendió como a tantos y sentí vergüenza de no conocer más su obra, así que me embarqué en la misión de leerlo. 

En impensada sintonía con estos versos, se inauguró el 26 de junio en la Casa Melchor Pinto de Santa Cruz, la nueva muestra de Patricia Mariaca titulada Amazónica e inspirada en gran medida por los poemas de Nicomedes Suárez-Araúz y Otero Reiche. Se completó así el círculo amazónico en mi escritorio. Como en la pintura En el gran círculo de la noche, se dibujó para mí un círculo  casi imaginario, encerrando estrellas en un cielo azul noche profundo o en un profundo estanque de agua azul amazónica donde flotan pequeñas flores e insectos de luz.

En la muestra, que estará abierta hasta el 15 de julio, Mariaca quiso reproducir un viaje que rehiciera los pasos alguna vez andados por ella por la Chiquitanía, por los meandros reales o imaginarios del Piraí, por la Amazonia cruceña guiada por los versos de estos poetas. 

Las pinturas de la muestra parecen hojas de un mismo árbol que se van mostrando al soplar del viento, con el recorrer de los pasos, como si el árbol se moviera con uno y se convirtiera también en la altura desde la cual podemos observar el cuerpo del río, los afluentes del paraíso que como serpientes de oro dibujan curvas en el lienzo, o en términos de Otero Reiche: el perfume líquido del sol.

Pero la del verdor y los ríos de oro al pasar por el paisaje es sólo una faceta de la muestra. Encontramos otro hilo conductor en ella: la huella que como seres humanos dejamos en el mundo y cómo la dejaron aquellos que vivieron en la región. Como eco de pintura rupestre en los muros de piedra de la selva vemos este lenguaje traducido a las pinturas de Mariaca como dibujos en línea que van generando un aplanamiento, un efecto de superposición bidimensional sobre la naturaleza multidimensional que queda como un fondo observado desde un vidrio. Como idílica imagen de la Amazonia sin tocar, sutilmente modificada por esos registros, símbolos, huellas humanas. Algunas tienen una cualidad de muestra o ilustración botánica coloreada que aumenta la sensación de distancia intelectual de aquello que formalmente está tan cercano.

Lo que se convierte en un gusto especial para mí en esta muestra es la tan evidente intertextualidad con los poetas y esta imagen de la Amazonia boliviana construida a pedazos. Yo no soy de la selva y sólo me he asomado a sus orillas, por eso guardo de ella una imagen romántica de paraíso atemporal que quisiera se convierta en política de Estado. Desde mi profundo andino-centrismo la veo como exótico reservorio de esperanza y vida, como un misterioso camino y destino de la verdad y la luz, como si solo pudieran existir ahí. 

Esta visión mía se alimenta de la obra de estos autores y creo que las pinturas de Patricia Mariaca, que lleva tantos años con pincel en mano logrando traducir sutilezas en lienzos también. Sin embargo, creo que Mariaca, como los dos poetas, se refiere a la Amazonia como aquella por descubrir, pero no en un sentido colonial de exploración y dominación del espacio sino en uno de conciencia y despertar de la verdadera condición de la Amazonia tanto para Bolivia como para todos los países que dibujan sus fronteras sobre sus hojas verdes y sus ríos dorados.

Como dice Thiago de Mello a propósito de los versos de Suárez-Araúz, estos tienen el poder sugerente de transformar las palabras en una imagen rica para todos los sentidos. Creo que las pinturas de Mariaca logran representar visualmente el desbordante  imaginario amazónico, que trasciende lo exótico y fluye en colores, sensaciones, sabores y emociones. 

Es justo decir que Mariaca nos provee de una mirada a la Amazonia desde ella misma, desde sus habitantes poetas; pero también desde la mirada de la montaña, que la mira con toda la magia en su selva contenida que se ven en los fragmentos retratados en la muestra. 

Nicomedes Suárez-Araúz, en tono analítico esta vez, explica cómo Borges es original por buscar el camino de retorno a los orígenes y que su apropiación de la intertextualidad (tanto de Borges como del propio Suárez-Araúz) devienen de esa originalidad plagada de paralelismos porque la búsqueda es compartida. 

En esa medida, las obras de Mariaca son entrañablemente originales, como los mundos imaginarios de Suárez, como el hombre de la selva de Otero Reiche, y aspiran a expresar lo inefable, como sólo el arte puede hacer.

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