Tres Tristes Críticos

El espectro de Cantinflas: 12 apuntes

En su relación con el lenguaje, la debilidad más intensa del periodismo boliviano es su receptividad al error viral, señala Mauricio Souza.
domingo, 15 de julio de 2018 · 00:00

Mauricio Souza Crítico de cine

1 Los bolivianos hablamos y escribimos en español como si este fuera – y como si siempre hubiera sido– un idioma extranjero. Esto lo decía uno de nuestros escritores clásicos, Jesús Urzagasti.

2. Confieso que nunca supe exactamente lo que quería decir. A veces he pensado que intentaba describir nuestra inseguridad general con un idioma que sentimos prestado y ajeno, que usamos tentativamente y con ansiedad, como si los otros –todos ellos– tuvieran el derecho a corregirnos a cada paso, avergonzándonos.

3 Luego de ver y escuchar un mes del Mundial de Fútbol creo posible que Urzagasti tuviera en mente algo más preciso: el periodismo televisivo boliviano.

4 Extranjeros en un idioma del que parecen sólo querer imitar los errores, no pocos de nuestros conductores y periodistas televisivos demuestran además que el asunto no tiene remedio porque la suya es una carencia más esencial: esa su falta de curiosidad con el lenguaje –su herramienta básica de trabajo– es síntoma de una falta de curiosidad con el mundo.

5 Los bolivianos son noticieros televisivos extraordinarios por varias razones. Enumero algunas: a) en ellos, el impostar una voz e imitar una entonación artificial (como de anuncio pregrabado de aeropuerto) es una virtud frecuente; b) son abundantes las notas en que la información contextual básica está ausente y en las que lo único ofrecido es la declaración de las fuentes, por lo general únicas y casi nunca bien identificadas; c) frente a muchos periodistas televisivos bolivianos los declarantes pueden decir lo que se les antoje, sin respuesta ni corrección (pues hay que suponer que esos periodistas saben poco o nada); d) el gusto por la crónica roja y un sentimentalismo muy sentido los distingue. Parecen, en suma, jugando a ser periodistas, prolongando lo que practicaron de niños frente a un espejo: imitan los gestos del oficio, no lo ejercen.

6 Aunque los periodistas deportivos bolivianos comparten mucho con sus colegas de la “sala de prensa”, dos diferencias los distinguen: a) tienen la ventaja de tener un interés por el fútbol (con otros deportes ya no se sabe); b) su deseo de dejarse poseer por voces y acentos ajenos es más intenso.

7  Pero sería injusto pensar como inusuales las maneras de hablar de nuestros periodistas deportivos. Porque son expresiones, creo, de la incomodidad general de la clase letrada boliviana –incomodidad que comparto– con la palabra pública. Si hablar en falso porteño o con la voz de un muñeco de ventrílocuo es posible en este periodismo, es porque otros también hablan raro: por ejemplo, con el tono sentencioso de un maestro de primaria mexicano o con las melodías del paternalismo racista de un cura pre-52. Nuestras inseguridades con el lenguaje llegan lejos: nunca sabemos qué acento, qué música, qué entonación adoptar. Salvo los cambas, claro, que siempre supieron cómo querían hablar. Y Carlos Mesa.

8 ¿Es parte de este universo de inseguridades con el lenguaje nuestra escasez de buenos actores? ¿Es por lo mismo que una discusión de adolescentes de clase media suena, al menos en La Paz, como el audio de una telenovela o de un doblaje mexicanos?

9 Pese a las quejas, soy de los que creen que el audio de este mundial fue mejor –a veces, mucho mejor– que el de otros (los dos anteriores, por ejemplo). Gracias a Ernesto Moreno, un periodista televisivo boliviano que reúne tres cualidades infrecuentes en su gremio: a) habla como una persona normal; b) no dice incoherencias; c) parece informado. Ya por sus colegas no pondría la misma mano al fuego.

10 No porque piense que son periodistas que no dan la talla sino precisamente porque creo que la dan, es decir, porque representan a cabalidad la medianía de nuestro periodismo (y no sólo televisivo). Sus errores y torpezas son los errores y torpezas que uno luego escucha en el noticiero central, en la radio y, a veces, lee en los periódicos.

11 Ya que hablamos de “errores” y torpezas, seamos concretos. Cierro pues estos apuntes con una larga enumeración de frases graciosas escuchadas en un mes de mundial. Son ejemplos –sólo algunos de los muchos– que ilustran manías lingüísticas y lógicas del periodismo boliviano. Veamos: a) Es incontenible el gusto por frases que suenan bien pero que no tienen sentido: “El jugador encontró una especie de metamorfosis” (¿se habrá contagiado de Gregorio Samsa en medio de la cancha?). b) Nadie se despeina por la poca relación entre un comentario y otro: “Bélgica tiene que tener más la pelota, jugar a la contra y achicar los espacios” (incluso yo, que no sé nada de fútbol, me doy cuenta de que esta es una brillante cantinfleada). c) Se profesa una fe absoluta en muletillas que prolonguen el discurso, como “en lo que significa” o “mismo que”: así, en vez de decir “en el partido”, se dice “en lo que significa el partido”. d) Se imagina la repetición de lugares comunes como marcas de estilo; en este Mundial, se consagraron: “un monólogo” (del dominio de un equipo), “jerarquía” (la rara cualidad que poseen los equipos que el comentarista considera que tienen que ganar), “cargar una pesada mochila” (el desánimo de un equipo que está perdiendo), “hacer daño” (¿atacar? ¿meter goles?), etc. e) La confianza en estereotipos racistas no ha cesado: los japoneses son “trabajadores”, los africanos tienen “gran físico y potencia”. f) Y una debilidad irrefrenable por el pleonasmo: ninguno como el “si entraba, era gol” de anteriores mundiales, pero en este escuchamos varios otros: “si se animaban, otra era la historia”.

12 En su relación con el lenguaje, la debilidad más intensa del periodismo boliviano es su receptividad al error viral. El error en lo más pequeño y sencillo: de repente, se propagó la idea de que “demasiado” es sinónimo de “mucho” o “muy” y acabamos con frases que describían al equipo francés como “demasiado preciso” o “demasiado maduro”. O sea, opiniones paradójicas si consideramos que “demasiado” en realidad significa lo que es “excesivo y contraproducente”: los franceses –se nos sugería sorprendentemente– eran tan precisos que ya no podían meter goles, acaso perjudicados por su inútil perfección senil. Y los mismos periodistas se contagiaron con la idea de que “sin embargo” y “pero” son sinónimos de “y” o de “además”. Así empezaron a aparecer cantinfleadas como esta descripción de Mbappé: “Es joven, es fuerte, pero tiene unas piernas prodigiosas”. Nada de esto debería irritarnos: es demasiado gracioso como para reemplazarlo por una simple y sosa corrección.

 

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