Memoria

Actúa como si Marcelo te viera

Quizás el mejor homenaje que la intelectualidad boliviana podría darle a Marcelo Quiroga Santa Cruz es el de romper el silencio que nos envuelve, acto ya en sí mismo revolucionario.
domingo, 22 de julio de 2018 · 00:00

Javier Badani Periodista

Susana Villegas Dibujante autora de la ilustración

“Aunque temo mucho no decir esta noche lo que a ustedes les gustaría escuchar, temo mucho más todavía callar lo que debo decir”. Marcelo Quiroga Santa Cruz habla. Lo hace desde la testera del auditorio de la Universidad Mayor de San Simón, el 14 de junio de 1964. Tiene 33 años. Y aunque acaba de ser introducido por el rector como un “distinguido huésped que no participa en actividades políticas”, Quiroga Santa Cruz ha decidido dejar atrás el aura de literato que lo ha encumbrado para aguijonear a los presentes y fustigar el silencio cómplice de la prensa y de la intelectualidad boliviana ante la grave crisis política y social que ensombrece al país.

Bolivia vive días difíciles. Víctor Paz Estenssoro acaba de ser reelecto como Presidente, luego de haber logrado la modificación de la Constitución Política del Estado que prohibía la reelección. Entre protestas, arrestos y toques de queda, la Revolución Nacional se desmorona tras 12 años en el poder. Dentro de cinco meses, el vicepresidente René Barrientos Ortuño le asestará el golpe definitivo, protagonizando una insurrección militar en contra del “prorroguismo”. Paz Estenssoro terminará en el exilio y se iniciará la larga noche de los gobiernos militares.

No hay forma de que Marcelo Quiroga Santa Cruz sepa lo que se viene. Pero es consciente de las señales y las razones que están arrastrando al sistema democrático nacional al abismo. Y como él, muchos que prefieren callar. Un silencio que Quiroga Santa Cruz no está dispuesto a alimentar.

Callar es mentir

“¿Cuál es el deber del intelectual en una sociedad en crisis?”, cuestiona Quiroga Santa Cruz a la audiencia presente en el auditorio universitario. Su pregunta incomoda. Pero lo hace más su respuesta. “Hay dos formas de faltar a la verdad: mintiendo, que es una manera grosera de hacerlo, y callando, más sutil y por lo mismo altamente peligrosa. El soslayar la dilucidación de los grandes temas nacionales de manera sistemática es una forma de mentir. El silencio con que alguna prensa radial o escrita evade medrosamente el tratamiento de temas que pudiesen traer complicaciones a sus intereses materiales es un silencio culpable. Y con ese silencio todo intelectual, toda persona que tiene la obligación de discrepar públicamente, si hay razones para ello, está sumándose a una campaña medrosa y condenable de silenciamiento de las verdaderas causas que explicarían la situación en que el país está hoy día”.

Quiroga Santa Cruz la tiene clara: no hay excusa para que el intelectual se posicione a espaldas de su tiempo. Cualquiera que fuese su especialidad (catedrático universitario, profesional, periodista, escritor o artista plástico), éste debe asumir su responsabilidad ante su sociedad. Y así lo expresa en consecuencia. “Hay hechos que atañen a la vida de la comunidad que pueden ser desapercibidos para el común de las personas, pero un intelectual está en la obligación de advertir aquello que pasa inadvertido para los demás. Y cuando advierte esto, una asechanza, una amenaza cualquiera, cualquier hecho que pudiera poner en riesgo la vida de la comunidad y su futuro, está obligado a decirlo, a decirlo públicamente y con todo el valor civil de que sea capaz”.

Consecuente con sus postulados, Quiroga Santa Cruz terminará su exposición apuntando el dedo acusador a los conductores de la Revolución Nacional. Por renegar y burocratizar el cambio prometido, por el uso de la represión, las artimañas y la fuerza para mantenerse en el poder, por someter a los campesinos y a sus luchas al interés del partido y por el grado de dependencia a la que han sumido a Bolivia con respecto a Estados Unidos. “Yo personalmente -y perdóneseme esta referencia personal- y mucha gente de este país, he estado frente al gobierno. Pero no porque hubiese hecho una revolución, sino porque no la ha hecho, porque no ha habido amor en el fondo de ella, porque no ha habido fecundidad en ninguna de sus medidas, porque todo ha seguido el signo de la deshonestidad, de la ineptitud o de la barata y mezquina represalia política”.

Con la exposición “Bolivia: De la derrota a la esperanza”, Marcelo Quiroga Santa Cruz abría públicamente su camino hacia la política. Vendrían luego la fundación de El Sol, desde donde criticaría al gobierno de Barrientos, su presencia en el Parlamento como diputado independiente, su participación como ministro en la nacionalización de la Gulf Oil; la fundación del Partido Socialista, su candidatura a la Presidencia, su impulso del juicio de responsabilidades a Banzer. Y llegaría el poder con todo su peso para silenciar su voz crítica para siempre.

Hoy como ayer

Los que callan hoy son mayoría, pululan entre nosotros. Están en el seno mismo de nuestras familias, en los círculos de amigos, entre conocidos. Pero en medio de este universo de afonías, es el silencio de la intelectualidad el que más abruma y lastima. Porque se trata de personas que desacreditan su capacidad de generar pensamiento crítico al callar para evitar sinsabores. Y lo peor es que lo hacen en el momento en el que más necesitamos oír un contrapunto de voces.

La intelectualidad que opina es edulcorada y esponjosa. Están en las redes sociales escribiendo sobre banalidades o intentando ser políticamente correctos para no perder ni likes ni seguidores.

Están los que analizan la coyuntura cuando conviene. Aparecen fugazmente: ya para dar palo al oficialismo ya para glorificarlo. Pero callando cuando el tema afecta los intereses de los poderes con los que comparten “línea”, bajo la creencia equivocada de que el apoyar a una ideología o línea política significa defenderla por encima de cualquier consideración intelectual. Defenderla incluso cuando sus propias convicciones personales entran en contradicción.

El ser intelectual no debería llevar al cómodo apoltronamiento académico, al simple llenado de papers o al vanidoso acumulo de prestigio social. El ser intelectual debería asumir partido por el bien nacional. Ensuciarse con el barro de la historia, como bien lo pide el filósofo argentino José Pablo Feinmann.

Quizás el mejor homenaje que la intelectualidad boliviana podría darle a Marcelo Quiroga Santa Cruz es el de romper el silencio que nos envuelve, acto ya en sí mismo revolucionario.

 

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