Notas para romperse una pata

Cuando bajaron el telón en el estadio

La autora analiza el efecto teatral inmerso en los eventos ocurridos en Rusia en el mundial de fútbol que finalizó la semana pasada.
domingo, 22 de julio de 2018 · 00:00

Fernanda Verdesoto Ardaya Literata e investigadora sobre teatro

Ya fue. Se acabó el mundial y nos quedamos sin la excusa para la procrastinación. Disfrutamos de los goles, las victorias, la historia de la Cenicienta que llegó a la final. Nos entristecimos con la eliminación de nuestras selecciones predilectas. Se acabó. 

No obstante, debemos pensar del fútbol más allá del simple deporte, sino también como parte de las artes, del teatro. Sin este detalle fundamental, el fútbol sería uno de los deportes más aburridos, como el ping pong.

Sabemos que un aspecto esencial para la integración son los deportes y las artes. No obstante, el fútbol es la gran fusión de ambas y acá el porqué es una construcción que ya viene desde siglos atrás.

Simulación: El efecto Neymar 

Este apartado no es para defenestrar a Neymar por su modus operandi, pero es lo que dio pie a la creación de este artículo. En casi todos los partidos, él fue el que volvió a traer la discusión sobre la simulación/disimulación en el deporte. Se puede pensar que éstos son conceptos muy similares, pero tenemos que tener en cuenta que en ambos hay una intención opuesta. 

La investigadora M. A. Vieira nos define que “la disimulación honesta encubre una verdad, mientras que la simulación exhibe una mentira” y es muy importante tener en cuenta que estas dos acciones son esenciales tanto en la vida política como en la vida práctica. Vamos a la segunda. Es cierto que Neymar no es el primero en recurrir a la simulación del foul en un partido de fútbol, basta el famoso “Penaldo” o D’Haene con el piscinazo en la liga belga en 2011, entre varios.  Me llevó a pensar en varias comedias del Siglo de Oro donde el engaño es el tema central. 

Por ejemplo, El cuerdo loco de Lope de Vega, donde el protagonista, el príncipe Antonio, simula locura para evitar que su madrastra y su cómplice le quiten el trono, para asegurar el futuro de su reino. ¿No es este el modus operandi de Neymar? ¿El rey que está a punto de ser desplazado, que se oculta bajo la máscara de la locura para asegurar su perpetuidad en el trono? Él recurre a la simulación observando todos los beneficios que podría darle, buscando las condiciones perfectas de credibilidad, con la exageración simulada que requiere para añadirle verosimilitud, y, en varias ocasiones, lo hace con éxito. 

Pero este último mundial para Neymar ha sido el gran giro visto en algunas comedias del Siglo de Oro donde el engañador ha sido engañado. No es casualidad que los engaños –hasta en la comedia actual– son causa de risa.

Disimulación: ¡Penal!, grita la hinchada

Como se ha mencionado antes, la disimulación encubre la verdad. Viéndolo en términos teatrales es menos creativo, pero igual tiene su encanto. Desde el siglo XVII, cuando T. Accetto nos exponía que “se simula lo que no es y se disimula lo que es”. ¿Por qué son tan temibles los penales? ¿Qué es lo que nos causa tanto estrés en esa definición tan tajante? Ya no hay tiempo de elaborar una verdad, sino de ocultarla. Los penales mejor logrados en la historia del fútbol son aquellos que recurren a la disimulación, o “amague” en pagano. 

El pateador ya tiene una estrategia planeada, pero debe disimular la escena ante el único público que vale en ese momento: el arquero. Doble golpe, caída y remate, dar a pensar que patea con la derecha y patea con la izquierda, giros inesperados. No es mentir, es manipular la verdad. 

La hinchada exhibe el vestuario y utilería que ni a la producción del teatro Colón se le ocurriría: pintura, peinados, cábalas, estereotipos.  La hinchada también disimula: el duro pasar de la vida queda oculto en medio de la fiesta.

Simulación y disimulación: la Política  

Dentro de la fiesta del fútbol, la política es el mejor ejemplo del juego simulación/disimulación. Hay que tener en cuenta que el empleo de este juego empieza ya desde que Hobbes y Maquiavelo lo implementaron en la vida política de su época: es encontrar el éxito político cuando se lo realiza en las circunstancias acertadas. Pero el mundial aplicó este mismo juego en un ámbito también estético.

Además de los ya aclamados Mbappé, Griezmann, Modric o Mandzukic; se mostraron dos figuras en un nuevo nivel de simulación y disimulación: Emmanuel Macron y Kolinda Grabar-Kitarovic. Ellos son la simulación. Ambos mandatarios se han mostrado a sí mismos como acérrimos hinchas de sus selecciones (una más que el otro). Todo muy bien planificado, siempre alegre, con la camiseta ajedrezada y usando Instagram para mostrarse viajando en aerolíneas comerciales con el resto de los mortales. Nos hemos fascinado con una jefa de Estado que no use el mundial como un viaje oficial, sino personal, y que sobre todo muestra su presencia en un mundo mayoritariamente de hombres. Disfrutamos la imagen de Macron rompiendo protocolos, festejando a Francia como campeón mundial. Pero en esta simulación se oculta también la disimulación: Con un mundo horrorizado con las jaulas para niños auspiciadas por Trump, ¿cómo una mandataria con políticas parecidas se hace tan popular? Ella simula para disimular otras cosas: su posición antirrefugiados. La simulación del presidente que rompe protocolo para disimular el haber gritado a un adolescente… que rompió el protocolo. El hombre eufórico que oculta al mandatario rodeado de protestas parisinas.

Pero el público los ama. Y ese el objetivo del juego en el teatro. El actor no asume las pasiones del personaje y las vive como propias; las imita. Recompone el fantasma del personaje o del dramaturgo y engaña al espectador. Ya lo menciona Sartre: en una puesta en escena, no vemos a Hamlet (él está en su castillo en Dinamarca, no en el escenario), vemos una imagen que no es más que una representación (un analogon), que finalmente se convierte en un símbolo. La representación simbólica de estos mandatarios en este escenario real es lo que nos ha convencido, y no es más que un juego teatral que existe desde que Aristóteles estaba en pañales. 

Reflexiones de un domingo sin mundial

No seamos moralistas. Aristóteles criticó al juego simulación/disimulación desde la ética, pero no es necesario hacerlo en el fútbol, sino desde la estética. Es un gran deporte y me gusta aún más porque se entrelaza con una de mis artes favoritas: el teatro. Sé que allí hay un juego de engaño, pero soy espectadora y lo disfruto. Tal vez hay mucho dinero de por medio, pero como público me engancho en que es el juego de la manipulación de la verdad y no un juego de la mentira. Es hermoso ver una puesta en escena en un escenario donde se da espacio a muchas improvisaciones. Y aplaudo. 
 

 

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