Letras

Setenta y cinco años después de El Principito

Se editó primero en inglés en NY. Se ha traducido a más de 250 idiomas, entre ellos el aymara, el quechua y el guaraní, y se han vendido 140 millones de ejemplares.
domingo, 22 de julio de 2018 · 00:00

Ricardo Bellveser Escritor

Hace unas semanas, se cumplió el 75 aniversario de la publicación en Nueva York, en 1943, de la novela corta Le Petit Prince,  El Principito, de Antoine de Saint-Exupéry (1900-1944). La novela francesa más leída, de la que se han hecho casi 140 millones de copias, y a la vez es la más vendida y traducida de la historia de la lengua francesa, trasladada a 250 idiomas o dialectos. 

En efecto, por circunstancias de la vida, la primera edición vio la luz en Estados Unidos, en inglés, traducida por Catherine Woods para la editorial Reynal & Hitchcook de Nueva York, y una semana después, en francés en esta misma ciudad y editorial, y habrían de pasar tres años, hasta 1946, para que editara en su lengua natural, el francés, en Francia, por Editions Gallimard, acabada la guerra mundial y liberada Francia de la ocupación alemana.

Fue así porque  Saint-Exupéry fue piloto militar –murió a los 44 años de edad de accidente de aviación, al estrellarse con el aparato que él mismo pilotaba– y vivía con su mujer durante esos años, un exótico exilio yanqui, tras la ocupación francesa por las tropas de Hitler, durante el cual se dedicó a escribir, aparte de sus tareas más o menos diplomáticas y de espionaje para convencer a los americanos que se aliaran en la lucha contra el III Reich.

Traducciones al español   

Leí no hace mucho en Página Siete, con motivo del Taller Latinoamericano de Stop Motion organizado por Celeste Studios en La Paz, que el ilustrador de esta novelita al cine animado, Alenxander Juhasz, confesaba que la leyó por primera vez estando en Bolivia, cuando él tenía unos 16 años de edad, y expresaba lo impresionante que había resultado para él esa experiencia. 

Conviene indicar rápidamente que aunque El Principito se considera un libro de literatura infantil, no es un libro fácil de leer. Está lleno de claves sociológicas, psicológicas, políticas, filosóficas y de crítica social de cierta complejidad. Bien es cierto que a la vez permite una lectura plana, si no se quiere entrar en mayores consideraciones, muy suave y agradable.

La primera traducción al español la hizo el político y escritor bonaerense Bonifacio del Carril y se editó Emecé Ediciones en Argentina en 1951, a partir de la cual siguieron las siguientes ediciones. La primera en España se editó en 1965 y dos años después, en 1967, vio la luz la célebre traducción que de ella hizo el poeta José Hierro.

Le siguieron las traducciones que hizo Luis Fernández para la edición en Colombia y Cuba de 1968, y tras ella llegaron las de 1981 en Chile, 1985 en Perú, 1986 en Venezuela, 1980 en Uruguay, etc….

La popularidad de esta obra  desvela el hecho de que haya sido traducida a 250 idiomas y dialectos, algunos tan poco habituales como el braille, el coreano o el latín. Pero resulta especialmente revelador el hecho de que recientemente se haya traducido al aymara, lengua hablada por en torno a dos millones de personas del altiplano andino de Bolivia, Perú, Chile y hasta una pequeña parte de Argentina, bajo el título de Pririnsipi Wawa. El aymara se enseña con el adecuado rigor, en las universidades de Lima y Puno, donde aún hay poblaciones en las que se habla esta lengua, en las cercanías del lago Tiquicaca. 

Lydia Cornejo, en el año 2002, la tradujo al quechua, lengua también hablada en una parte de Bolivia, Perú, Chile, Ecuador, Colombia y Argentina, y que según los expertos filólogos  es una lengua similar al aymara, razón por la que algunas de las soluciones dadas para esta se han trasladado exitosamente a la otra.

Son chocantes las ediciones al guaraní, lengua hablada no solo en una parte de Bolivia, sino también de Argentina y Brasil y que es lengua oficial en Paraguay, propiciadas por Vidalia Sánchez bajo el título de Principe-í, y las que se han hecho a numerosos dialectos africanos, de escasa literatura, por lo que las dificultades se han multiplicado hasta extremos de casi imposible solución. En unos casos la traducción es sencilla, pues tanto en quechua, como en aymara, en guaraní o en dialectos africanos  una historia llena de fantasía, se ajusta a lenguas que tienen su tradición fantástica en relatos de tradición oral, pero son muchas las palabras imposibles de traducir por lo que hay que mantener el vocablo original, tales como matemáticas, por ejemplo, o cohete.

 
Una historia fantástica

El Principito cuenta la historia de un joven piloto, que huyendo en su avioneta del mundo de los adultos, sufre una avería y tiene que aterrizar en el desierto del Sahara, donde se encuentra con el principito, un ser que procede de un pequeño planeta en el que crecen muy deprisa los boabas y por ello tienen que arrancarlos nada más nacen, y crece una rosa maravillosa que ahora echa de menos en su ausencia.

El principito le habla de los asteroides por los que ha pasado, el 325 que habita un rey, que como está solo únicamente manda de sí mismo y representa el deseo de mandar aunque sea ridículo; el 326 que habita un tipo muy vanidoso que solo busca la admiración de los demás, en una imagen del presuntuoso; el 327 habitado por un bebedor que bebe para olvidar que bebe, un modo de ignorar la realidad; el 328, habitado por un hombre de negocios convencido de que todas las estrellas son suyas, ya que no son de nadie, en un afán de enriquecimiento a costa de lo que sea; el 329, un asteroide tan pequeño que solo cabe un farol y un farolero, pero como es tan diminuto enseguida se hace de noche y lo enciende, y enseguida se hace de día y lo apaga, inmersos en sus dudas; el 330, un asteroide grande habitado por un geógrafo y por último ha venido a la Tierra. 

Llega en un principio al desierto y cree que es un planeta vacío por lo que no vale la pena seguir, y sus preocupaciones se reducen a hallar lo más básico: agua.  Después encuentra jardines con miles de rosas y todo tipo de ambiciones, caracteres y diferencias que se abren a la esperanza.

 

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