Homenaje

Don Quijote en la ciudad de La Paz

Sobre una enmienda que el escritor y jurista Juan Francisco Bedregal hiciera a uno de sus cuentos.
domingo, 29 de julio de 2018 · 00:00

Juan Francisco Bedregal Villanueva  Doctor en Arquitectura

En este mes de julio resulta oportuno recordar que don Miguel de Cervantes Saavedra se dirigió al Rey de España, que era Felipe II, por intermedio del Presidente del Consejo de Indias. Iba  en procura de un empleo que le permita trasladarse a América y llegar a ser Corregidor de la ciudad que fundara Don Alonso de Mendoza para perpetuar la memoria de la pacificación del Perú.

Dicha solicitud fue enviada los primeros días de mayo de 1590, recordando que existen cargos vacantes entre los cuales señala el Corregimiento de la ciudad de La Paz, petición que fue negada privando a nuestra ciudad de contar con su glorioso ingenio, de ahí que en fecha 6 de junio de 1590 se inscribió al pie del petitorio que “Busque por acá en que se la haga merced”.

Con este antecedente se puede comprender que el primer cuento de mi abuelo, Don Juan Francisco Bedregal, de su libro Figuras Animadas lleve por título Don Quijote en la ciudad de La Paz. El  escrito  representa una fantasía de humor en la que el autor transporta al personaje al acontecer de la vida criolla de nuestra ciudad. Por la importancia y crédito alcanzado por este cuento, incluimos una enmienda que hiciera del mismo años después (Rolando Costa A. Prólogo al libro).

Sobre el autor

Juan Francisco Bedregal  nació en 1882 y falleció en 1944. A los 20 años se tituló como abogado por la UMSA, ejerció la docencia, tanto en el entonces flamante Instituto Americano, en el Colegio Militar y en la Universidad Mayor de San Andrés, donde fue nombrado Rector, por vez primera por voluntad de la Comunidad Universitaria, consagrándose así la Autonomía Universitaria el 25 de julio de 1930.

Por su  obra consagrada por todos los tratadistas de la literatura boliviana fue nombrado académico correspondiente de la Real Academia de Ciencias y Letras de Cádiz e igual condición en la Academia de Historia de Bogotá. También fue nombrado Comendador de la Orden de la Corona de Italia, de la Orden del Sol del Perú y de la Orden del Mérito del Ecuador, entre otros reconocimientos. Fue también  miembro fundador del Círculo de Bellas Artes con Alcides Arguedas, Fabián Vaca Chávez, Armando Chirveches, Adela Zamudio, Gregorio Reynolds y otros intelectuales de su época.

Por su labor en las letras nacionales, el pasado 13 de julio el Alcalde de La Paz lo homenajeó con la instalación de  un   busto y  placas del ilustre escritor paceño. Dicha rotonda se  ubica al final de la avenida que lleva su nombre en la zona de Llojeta Bajo.

Sobre el quijotismo de Sancho Panza
Juan Francisco Bedregal
(1940)

Entre los innumerables pecados literarios, ninguno me causa mayor remordimiento que el de haber escarnecido la memoria de Sancho Panza haciéndole aparecer desleal a su amo en el último capítulo de Don Quijote en la ciudad de La Paz, novelín inserto en mi libro Figuras Animadas. 

Puedo afirmar en descargo de mi conciencia que, al haber resucitado y trasladado a estas tierras a la clásica pareja, puse en peligro de que no sólo Sancho se pervirtiese ante la presión corruptora del ambiente, sino el mismo Don Quijote. Esto, aunque no justificase, explicaría la actitud insólita del buen escudero. Podrán por esto perdonarme los que todo lo posponen a la intención moralizadora de la crítica social, pero jamás los que no pueden tolerar que se profane y desvirtúe el valor específico de las realidades humanas que enmarcan y sustancializan caracteres inconfundibles. 

Y digo realidades humanas en sentido literal, no tropológico, porque considero más reales y trascendentales dentro del tiempo y del espacio, las creaciones del genio impuestas a la humanidad que las de carne y hueso, que justamente por eso, se extinguen en un lapso fatalmente breve, por grandes que hubiesen sido sus proezas; a lo sumo quedará el recuerdo de ellas. 

Y si no fuese ya un lugar común, añadiría aquello de que las realidades subjetivas son las únicas que perduran en toda su plenitud a través de las generaciones en la imaginación y el pensamiento de los hombres.

Don Quijote y Sancho son tan reales como Bolívar y Napoleón. El escritor que en novelas, apólogos o leyendas atribuyese a personajes históricos hechos, actitudes o palabras extrañas o contrarias a la psicología, pondríase en ridículo, convirtiendo la leyenda, el apólogo o la novela en chascarrillo de mal gusto, salvo que dentro de un humorismo enrevesado, buscará el sentido irónico de la paradoja, caso que ni me propuse, ni encaja en al capítulo de mi novela en el que Sancho envanecido y ensimismado por la adulación de sus nuevos convivientes y por la maestría de su sastre, desdeña a su señor, le enrostra sus debilidades y vuelca contra él, al responder a sus recriminaciones dolorosas, todo el caudal de su gramática parda y sus refranes y acaba por abandonarlo, persuadido de que aquí encontró por sus propios valimentos el gobierno de la ínsula que vanamente le prometía su amo.

Un Sancho desleal es inconcebible… Ser voluntariamente criado de un loco, siendo cuerdo y acompañarlo en sus aventuras es el mayor de los quijotismos. Sancho no es, no puede ser la antítesis de Don Quijote; es más bien un complemento.

Arrostrar peligros y soportar tribulaciones con fe ambigua, sin ambiciones ni entusiasmos, es más meritorio que arrostrarlos y soportarlos en el frenesí de la pasión, inflamado por la ansiedad de la gloria… Después de todo, ¿qué fuera de la humanidad si únicamente la cordura, la lógica y el buen sentido imperarán en el mundo? La historia se confundiría con la historia natural y no existiría el santoral ni la epopeya.

Para que Sancho hubiese podido hacer lo que le atribuí en mi novelín, debería ser totalmente cuerdo o totalmente loco y ni una ni otra cosa es concebible en quien afrontó como suyos los peligros del otro sin estar enamorado de la gloria, ni de Dulcinea.

 

 

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