Reseña

La verdadera guerra fría

Reseña de la novela La hija del comunista de la española Aroa Moreno, que presentará su trabajo en la FIL el 4 de agosto.
domingo, 29 de julio de 2018 · 00:00

Gabriel Mamani  Escritor

Mirar más allá. Al otro lado. Ricardo Piglia escribió que uno de los orígenes del relato tiene que ver con la curiosidad que siempre ha existido por conocer lo que hay más allá. Un día, el miembro más osado de la tribu decide atravesar los límites de lo conocido y cruza la frontera. Pasea por ahí, observa. Cuando regresa a su terruño, cuenta lo que ha visto y así empieza lo que hoy se conoce como Literatura. 

 El otro lado sirve para explicar este lado. Los “otros” ayudan a determinar los bordes de lo que consideramos normal. Sin “ellos” no existe un “nosotros”. La alteridad ayuda a trazar la identidad y, con ello, a establecer eso que consideraremos “nuestro”. Todo esto resulta artificioso, claro. Hasta la frontera con Perú, en Desaguadero, somos bolivianos y se supone que el mundo es así y asá. 

Cruzamos un centímetro del límite y ¿el mundo es algo radicalmente opuesto? ¿Las personas que nos miran dejan de ser parte del “nosotros” y se transforman en “ellos”? ¿Qué magia tienen las fronteras, imaginarias o físicas, que con su sola mención dejan en nada miles de años de historia compartida, lengua común, familia, afectos?

Las fronteras han sido creadas para forzar una diferenciación donde lo que más prima, paradójicamente, es la semejanza. Los territorios separados se entrelazan gracias a un degradado que resalta la similitud de lo que se supone debiera ser distinto. Por eso es que fracasan tanto. Por eso no son respetadas y por eso se han inventado los muros: para controlar los parentescos naturales que aparecen en territorios divididos en función de (casi siempre débiles) abstracciones. 

Uno de los muros más importantes en la historia contemporánea fue el de Berlín. Se construyó en 1961 para dividir a la Alemania oriental de la occidental. Su creación materializó la división ideológica en la que se agitaba el mundo: el capitalismo y el socialismo. Dos formas diferentes de enfrentarse a la vida. Lo individual y lo común. La Guerra Fría. El muro de Berlín, precisamente, enfriaba la guerra: separaba una ciudad –y al mundo– y con ello mostraba que la dicotomía capitalismo/comunismo era posible, que el universo podía dividirse entre buenos y malos y que estos, siempre, siempre, estaban del otro lado. 

El libro de la española Aroa Moreno tiene como eje el tránsito entre los dos lados del muro. La hija del comunista (Caballo de Troya, 2017) es una novela que narra la vida de Katia Ziegler, una berlinesa hija de españoles exiliados, y su pasaje de “este lado” al “otro lado”. Los eventos de esta obra, que ha sido reconocida con el Premio Ojo Crítico, comienzan en 1956 y terminan en 1992. Treintaiséis años. Lo que dura una vida, la conformación de un país, la consolidación de un sentido común, el aparente sosiego, la normalidad, el derrumbe. 

Volviendo a Piglia: en sus diarios, el autor confiesa que él y la Argentina padecían de lo mismo. “Yo y mi país estábamos enfermos”. Volviendo a Moreno: el drama público –estatal, generado desde las sillas de poder– entra en intersección con el drama privado, el de Katia, la hija de exiliados asentados en la Alemania del este. Porque las acciones de la protagonista –su viaje al lado capitalista para comprar pescado, las interrogantes que surgen sobre la tierra de sus padres– no son más que un efecto de la onda expansiva que generó las pulposas extremidades del Estado comunista. En el libro de Moreno, más que generarla, la Historia con mayúsculas se encuentra con la historia con minúsculas y el roce produce efectos para ambas partes.

 Katia hace, deshace, cruza la frontera, desea. Mientras que el Estado, debido a esos deseos, debido a esas ansias que lo debilitan y burlan su sistema coercitivo, pierde credibilidad, fuerza, obediencia: la erosión del poder. 

La situación de Katia implica una triple sensación de desarraigo. En primer lugar, su calidad de hija de exiliados españoles la interpela tanto a nivel étnico como lingüístico: “¿en qué idioma sueñas?”. Es alemana, pero su papá habla en español y gran parte de su educación sentimental está en esa lengua: “Dios es español”. El segundo nivel de desarraigo tiene que ver con la insularidad de su país. La Alemania oriental, tanto en población como en prestigio, es inferior a la Alemania occidental. Esa realidad pone a Katia en una situación de desproporción frente al mundo, un mundo que, aunque dividido, todavía se decanta por la fórmula impuesta por el capital y declara como bicho raro a todo aquello que no se ha rendido al verde del dólar (como en esa escena en la que Katia y compañía bordean la frontera y los chicos del lado occidental les toman fotografías). 

El desarraigo final se produce cuando Katia se asienta en el otro lado y su herencia migrante y su ADN oriental entran en ebullición con su presente occidental, que no es más que un rompimiento con su pasado familiar y comunista. Katia abandona a su familia con un desapego acorde a los tiempos que corren: “Si la guerra era fría, yo estaba congelada”. La protagonista ha superado el muro físico, pero ahora su muro es interno. En los papeles, la guerra se ha conservado fría; sin embargo, en los hechos, la guerra, la verdadera guerra se ha calentado gracias al amor, o algo parecido al amor, sentimiento simbolizado en Johannes, la pareja de Katia.

La vida de la protagonista está fuera de los grandes relatos. A diferencia de su padre, Katia no está comprometida con la ideología oficial, pero aun así se siente fuertemente afectada por todo lo que el amurallamiento implica. Dos muros dividen el mundo en La hija del comunista: el interno y el externo. Mientras el externo es derrumbado una noche de 1989, el interno solo se desplomará cuando Katia retorne a casa y se confronte con todo lo que ha abandonado. La verdadera guerra fría siempre es con uno mismo.  

La prosa de Moreno es como una piedra pulida que se conforma con el primer brillo. En ese resplandor –una imagen, una anécdota– está toda la verdad y todo el drama que ha significado vivir en un lado que para el mundo siempre ha sido el equivocado.  

Aroa Moreno se decanta por el hueso poético y deja para otros ámbitos –la sociología, la historia– la carne polémica que siempre implica hablar de los grandes temas del siglo pasado: ideología, comunismo, totalitarismo, capital. La luz que arroja La hija del comunista es la misma luz que alumbró la mirada de quienes, en otra época, a miles de kilómetros, un día decidieron ir a ver lo que sucede “al otro lado” y contarlo a la tribu. El fulgor de la obra de Moreno ilumina ese lado, más allá de la frontera, donde nuestra comodidad y miedos no nos dejan ver.  
 

 

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