Tres Tristes Críticos

Amor a la deriva

El autor analiza las claves del éxito de Eugenio Derbez en el mercado norteamericano.
domingo, 08 de julio de 2018 · 00:00

Rodrigo Ayala Bluske Cineasta

¿Existe un cine “de” Eugenio Derbez? Da la impresión que sí, ya que a pesar de que dos de las tres últimas producciones que ha lanzado el actor-productor, ¿Cómo ser un Latín Lover? (2017) y Amor a la Deriva (2018), tienen distintos nombres en el crédito de dirección (Ken Marino y Rob Greenberg respectivamente), ambas comparten las características de No se Aceptan Devoluciones (2013), cinta con la que el comediante mexicano desembarcó en el mercado estadounidense, con el título de director añadido. 

El éxito comercial de las cintas nos indica que tendremos Derbez para rato, lo que a su vez nos lleva a preguntarnos tanto por la significación que puede tener esa presencia en el mercado norteamericano en un momento de tensión entre México y Estados Unidos (en el instante en que escribo estas líneas van llegando las noticias del rotundo triunfo de López Obrador en las elecciones mexicanas), como por la relación que posee el humorista con sus ilustres predecesores; Cantinflas y Chespirito.

Derbez + Sentimientos

La fórmula que emplea Derbez es simple; privilegia un sentimentalismo, armado alrededor del énfasis en su capacidad histriónica, en las características de su “personaje”, que se repite sin variaciones ocasión tras ocasión.  Por eso es que, en Amor a la Deriva, por ejemplo, pareciera que toda la estructura argumental está diseñada para llegar al momento en que la hija menor de la familia se larga en bicicleta a perseguir al padre postizo. 

Si ese instante funciona para el público, no importa nada de lo demás. Se trata de un supuesto preestablecido; todos los que estamos viendo la cinta, sabemos que ese momento va a llegar y simplemente reaccionamos como se espera cuando ocurre. No importa que la relación entre el “padre” y los hijos haya estado mal trabajada en la historia (realmente no se entiende muy bien el motivo de tanto cariño de por lo menos dos de las tres hijas).

Tampoco importa la verosimilitud del argumento: ¿no se le ocurrió en ningún momento pensar a la protagonista lo que iba a ocurrir en el momento en que tuviera que confesarle al millonario, supuesto villano, que lo había secuestrado por un mes?, ¿y puede explicarse con un mínimo de racionalidad la repentina transformación del bon vivant enclenque en un obrero fuerte y responsable en tiempo récord? Tales cuestiones están fuera de la esfera de las preocupaciones de Derbez y su entorno, simplemente porque  no tienen que ver con la efectividad de sus productos. 

Si comparamos el desarrollo de esta historia con la del original de 1987, protagonizada por Goldie Hawn y Kurt Russell, y dirigida por Garry Marshall, convendremos que, en ese caso, aunque en forma modesta, la construcción narrativa era mucho más solvente, merced a lo cual la verisimilitud de personajes y situaciones ganaba en mucho.

 Derbez, Trump, Cantinflas y Chespirito

Lo mejor de Derbez en los últimos años fue el sketch que lanzó en la campaña electoral norteamericana haciéndose la burla en forma inmisericorde del entonces candidato Trump. Y es que no deja de llamar la atención esa dinámica estadounidense en la que con una mano lanza ofensivas teñidas de xenofobia y racismo, pero con la otra  otorga cuatro premios Óscar a directores mexicanos en los últimos años y consagra como una figura de primera línea de su industria cinematográfica a un personaje como Derbez. 

¿En que se basa el éxito del comediante en el país del norte?, ¿simplemente en la “explotación” de los migrantes mexicanos establecidos allí?, ¿o de manera más amplia en la influencia que la cultura mexicana está logrando en otros segmentos?, probablemente la respuesta se encuentre entre las dos posibilidades. En todo caso da la impresión de que la evolución cultural del país, otrora puramente anglosajón, es inevitable (¿los romanos habrán vivido algo similar en la época de las “invasiones bárbaras”?).

Desde el punto estilístico, lo que ha hecho Derbez es trasladar el estilo de humor desarrollado por la televisión mexicana, al cine norteamericano. Un humor carente de excesos e intensiones subversivas. ¿Tiene algo que ver Derbez con Cantinflas y Chespirito, quienes desde el humor contribuyeron notablemente a universalizar la cultura mexicana?; quizás algo con el segundo, pero en su etapa menos relevante.

Cantinflas posicionó al plebeyo mexicano en el imaginario; el hombre de pueblo que con sus maneras y desparpajo revolucionaba la formalidad. En esa etapa, ese personaje era además un claro antisistémico. Más tarde se acomodó, perdió la garra convirtiéndose  en una suerte de conciliador social (Espinal escribió un artículo notable sobre esa evolución). El “mexicano” Derbez, está completamente edulcorado; probablemente lo podamos reconocer por el acento y el físico, pero en realidad es un clasemediero que busca acomodarse lo más rápidamente posible (y de contradicciones sociales ni hablar).

Chespirito tiene dos logros relevantes. Por una parte, supo utilizar las limitaciones de la televisión tercermundista integrándolas a su esquema dramático para ironizar y valorizar nuestra realidad (los efectos especiales truchos del Chapulín Colorado, son un ejemplo notable) y por otra popularizó la cultura mexicana a un grado que no lo había hecho ningún otro producto (por el es que nos enteramos de la importancia de la “ch”, merced a sus “chavos”, “chompiraz”, “chanfles”, “chilindrinas”, “chipotes”, etc, etc). 

¿Tiene alguna importancia la obra de Derbez en Estados Unidos?; desde el punto de vista cinematográfico ninguna. Quizás alguna desde el punto de vista sociológico, como un dato que nos habla sobre los procesos de expansión de “lo mexicano” en ese país, aunque desde la anécdota nos brinda la satisfacción de poder observar como el cómico mexicano que se hizo la burla del constructor de muros durante la campaña electoral, hoy se consolida como parte de su “StarSystem”.

 

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