El Caníbal Inconsecuente

Dos cartas desde la Amazonia

Los últimos años del auge gomero en el país son retratados en las cartas que envió Lizzie a sus familiares del Reino Unido. De su historia da cuenta la investigadora Kurmi Soto.
domingo, 08 de julio de 2018 · 00:00

Kurmi Soto Literata e investigadora

La segunda mitad del siglo XIX vio emerger, en medio de la profunda selva amazónica, lujosas ciudades construidas con pompa. Manaos en el Brasil, Iquitos en el Perú y Puerto Bahía, la famosa Perla del Acre, en Bolivia nacieron entre tupidos árboles al calor de la fiebre del caucho. 

La promesa de riquezas fáciles sedujo a aventureros de todas las nacionalidades que emprendieron largos viajes por los sinuosos ríos de la región, exponiéndose a riesgos sin par y, las más veces, a la muerte cruel. Muchos fueron los que perecieron en el anonimato, desvaneciéndose en estos desconocidos confines; sin embargo, también hubo quienes brillaron en sus empresas, consagrándose barones en una floresta más conectada con grandes metrópolis, como Londres, que con sus propios países. 

De entre todos, quizás el nombre que más resuene en el imaginario colectivo actual sea el de Carlos Fermín Fitzcarrald, inmortalizado por Klaus Kinski en la película homónima de Werner Hertzog y cuya historia es de sobra conocida. Hijo de un estadounidense y de una peruana de la sierra, Fitzcarrald recorrió como pocos las espesuras selváticas, sorteando peligros y sobreviviendo en más de una ocasión. 

En 1878, fue violentamente apuñalado por un bandido en su Áncash natal y, unos años más tarde, tras enrolarse en el Ejército peruano durante la guerra del Pacífico, fue condenado a la horca por presunto traidor, puesto que llevaba sobre sí mapas hidrológicos de su anhelada Amazonía. Bien que mal, logró esquivar la sentencia e instalarse en las márgenes del Ucayali, desde donde se proclamaría amo y señor de la región.

En 1891, encontraba, de forma casual, un istmo que bautizaría con su apellido y que permitiría conectar el Madre de Dios con los circuitos caucheros provenientes del Perú. Es ahí que instalaría su casa comercial, en la encrucijada entre el Mishagua y el Ucayali, y donde, muy pronto, terminarían sus días. 

Convencido por el beniano Antonio Vaca Díez de unir fuerzas e invertir en los gomales del Orton, Fitzcarrald lo ayudó a organizar, a mediados de 1897, la llegada de un importante contingente de ingleses que colaboraría en el proyecto (incluido un experto en el látigo, traído de los cultivos de algodón del norte). Sin embargo, al partir, el lujoso vapor Adolfito fue llevado por los rápidos y así, en sus propios dominios, Fitzcarrald era arrastrado por la muerte. 

Empero, ahí donde termina su historia, comienza la nuestra, la de una delicada florecita victoriana trasplantada a la exuberante vegetación del Acre boliviano. En efecto, de entre los pocos sobrevivientes de la trágica aventura con Vaca Diez, quedó una pareja de ingleses, el ingeniero Frederick Hessel y su bonita y joven esposa, Elizabeth, mejor conocida como Lizzie.

 Tras la desaparición de los dos grandes patrones de la zona, ellos tomaron el mando de la Orton (Bolivia) Rubber Company y, al poco tiempo, eran proclamados el rey y la reina del lugar. 

La aventura hubiera sido enterrada en el olvido de no ser la abundante correspondencia que envió Lizzie a su familia en el Reino Unido y, en su epistolario, ella nos proporciona un retrato vívido de los últimos años del auge gomero, relatando con asombro los usos y costumbres de la región en la que se asentó por más de cinco años. 

En la década de 1980, Ann Brown, una de sus sobrinas-nietas, encontró en el fondo de su desván las cartas y, con la ayuda de Tony Morrison, célebre documentalista de la BBC, publicóLizzie: A VictorianLady’s Amazon Adventure (Londres: British Broadcasting Corporation, 1985). 

Está demás decir que el libro fue un éxito inmediato y la imagen de la joven muchacha sedujo al gran público a tal punto que adaptaron su historia a la pequeña pantalla en una minisierie titulada Lizzie: An Amazon Adventure Chronicles. 

A pesar de su gran renombre en el mundo anglosajón, Lizzie permaneció prácticamente desconocida para los hispanoparlantes, puesto que nunca fue traducida al castellano. Sin embargo, la gran excepción son los dos textos que se publicaron en el libro de Mariano Baptista, Cartas para comprender la historia de Bolivia (La Paz: BBB, 2016, pp. 262-265). En ellos, podemos entender mejor la personalidad de una mujer que, muy joven, fue llamada a explorar, casi sin querer, los confines más lejanos del mundo. Cuando llegó a Iquitos tenía casi 20 años y una ingenuidad que se trasluce en sus escritos. 

Así como queda fascinada por las hermosas flores, que cada mañana va a recoger al campo, vemos también ciertos rasgos de crueldad que impactan por la facilidad con la que los describe. Después de dibujar un cuadro idílico en el que ella está rodeada de niños de la zona, Lizzie comenta con sus padres cómo dirige al personal que tiene a cargo, sentenciando que, para que le obedezcan, el “único remedio son los azotes”. 

La dulzura de su rostro de niña oculta, en realidad, lo más desencarnado de los emprendimientos capitalistas y, tal vez, las palabras que mejor resuman esta postura son las que concluyen su carta fechada el 10 de octubre de 1899, en la que explica a su madre la dinámica de la barraca que controla: “En cualquier momento yo puedo disponer de una docena de indios robustos para encargarles cualquier tarea y a ellos les gusta trabajar para mí, pues yo siempre les doy trago. / Tu hija afectuosa, Lizzie”. 

Nuestra damita victoriana moriría meses después, atacada por la fiebre amarilla, pero la violenta colonización de la selva continuaría durante más de una década, dejando tras de sí profundas heridas, retratadas por aventureros como Walter E. Hardenburg. Este estadounidense denunciaría la existencia de este “paraíso del diablo” a través de su lente fotográfico, mostrando por primera vez al mundo las derivas de un capitalismo voraz y dejando, para la posteridad, uno de los testimonios más crudos de la aún desconocida Amazonia.

 

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