Música

El arte del hip hop (I): sobre XXXTentacion

El ensayista Bernardo Prieto inicia con este artículo una serie de cuatro entregas sobre el hip hop.
domingo, 08 de julio de 2018 · 00:00

Bernardo Prieto  Ensayista

El hip hop –como Kanye West afirmo hace algunos años– ha remplazado al rock como el género más importante de la música de masas; no sólo porque la mayoría de los éxitos en las listas musicales mundiales (Spotify, Billboard, etc.) sean hip hop –y en nuestro caso habría que preguntarse también sobre el imperio del reggaetón y el trap en español–, sino que, principalmente, el hip hop ha sabido reconocerse a sí mismo como una tradición poética. 

Por esta razón, el premio Pulitzer de Música entregado a Kendrick Lamar sea –a la vez– tan significativo y banal. Significativo porque este premio, de alguna manera, reconoce –a través del disco DAMN– al hip hop como una forma compleja y parte vital de la gran tradición estadounidense de la canción. Banal porque el hip hop no necesita de ningún reconocimiento académico y, en todo caso, como toda cultura viva –es decir como toda tradición– ya ha establecido, en mayor o menor medida, un canon: con sus escuelas y censuras, con su ortodoxia y sus herejías, con su hagiografía propia.  

De hecho, en la lista de éxitos (el Top 50 de Spotify en Bolivia) se encuentran tres canciones que son, evidentemente, hip hop. Y cada una de estas tres canciones pertenecen al mismo artista: XXXTentacion. La popularidad de estas canciones se debe a que, hace algunos días, XXXTentacion fue asesinado en un robo armado. En internet es posible ver muchos videos que lo muestran dentro de su BMW –inconsciente todavía– antes de que lo asista una ambulancia. 

La muerte de XXXTentacion puede recordamos, de alguna manera, a la muerte de uno de los mejores MC de la historia: 2Pac. Sin embargo, el asesinato de XXXTentacion se encuentra bajo una sombra acaso más enternecedora; a diferencia de 2Pac –que murió con 25 años, y aquí que 5 años sean muchos– XXXTentacion (X) solo tenía veinte.

Jahseh Dwayne Onfroy (el nombre real de X) se hizo famoso subiendo sus primeras canciones a Sound Cloud; Look at Me su primer éxito, tiene un sonido distorsionado y sucio, y la letra de esta canción no es más que una provocación sexual y –en extremo– violenta. X, de hecho, se encontraba en prisión –acusado de agredir a su ex novia embarazada– cuando salió su primer disco, 17, en 2017; y sólo tras el permiso de un juez pudo salir de la cárcel y realizar su primera gira por Estados Unidos. Los conciertos de X, como se puede ver en varios videos en internet, son concentraciones donde un DJ reproduce las pistas originales –como en la radio– mientras X y su público las cantan. 

Sus conciertos son más parecidos a un ritual donde la música sirve como un vínculo dramático (la gente sube al escenario, como en los conciertos punk existe el mosh, en otros casos la gente ilumina el concierto con sus celulares, existe abuso de drogas, etc.) que un concierto tradicional.

Es necesario, sin embargo, ver y escuchar más allá de la polémica. X es un músico extraño dentro del mundo del hip hop; en su último disco  se puede escuchar a un artista que con una sorprendente versatilidad puede interpretar desde baladas tristes –muy al primer estilo de Coldplay– como en Before I Close my Eyes, reggaetón en I Don’t Even Speak Spanish, grunge en Schizophrenia o realizar un típico éxito mainstream como en SAD.  Aquí que las canciones de X tengan cierta facilidad y naturalidad melódica.  Asimismo, pues, las canciones de X  podrían describirse –con la feliz frase de Adorno sobre Benjamin– como: “una constelación de ideas –canciones– que, tal como quizá él lo viera –X– forman juntos el nombre divino”. 

El registro melancólico y depresivo –a la vez que violento– de X puede compararse, de cierta manera, con la música de Nirvana –especialmente con el álbum In Utero y con algunas de las ultimas grabaciones caseras de Kurt Cobain  (Montage of Heck). De cierta manera, X ha recuperado a plenitud cierta tradición lírica que, como un veneno, causa un adormecimiento doloroso que aturde los sentidos; dotando a la música popular –y más específicamente al hip hop– de una patética e autoindulgente imaginación confesional: el artista como sufridor ejemplar. 

Esto no quiere decir que el hip hop no haya explorado un registro íntimo y biográfico –por ejemplo, el ya clásico álbum: Good Kid, M.A.A.D. City, es, de manera breve, la historia de un día en la vida de Kendrick Lamar adolescente. Sin embargo, la música de X prefiere una construcción, digamos, psicológica a una narrativa. Por lo tanto, su música puede describirse mejor como una larga modulación entre sus diferentes estados de ánimo (Stimmung) que –por usar una formulación– una descripción objetiva de su vida. 

De hecho, X es un artista consiente de su fragilidad y enojo –en varias entrevistas habla inteligentemente sobre su vida: la dureza de sus primeros años, el aburrimiento en la escuela, la violencia, el sistema penitenciario, la depresión, el amor, etc. 

Aquí que, cuando la mayoría de los artistas tratan de esconder celosamente su vida privada, X habla sobre los detalles más íntimos de su vida con la libertad de quien ya no se pertenece a sí mismo.

Su mejor álbum 17 puede describirse como una especie de confesión: es el resultado de –y recordando a John Keats– un “humanismo trágico” que devora el corazón. Por lo tanto, habría que vislumbrar a X a través de su propia mascara y, en cierta medida, a través de su atenta “capacidad  negativa”. 

La mayoría de las canciones de este álbum parecen fragmentos reunidos delicadamente –la canción más larga, Orlando, dura aproximadamente 2:44. Pero el álbum está lleno de una coherencia temática sorprendente –si el álbum comienza con una “explicación”, es decir un exceso de interpretación y de palabras, termina con una especie de aullido que se hunde en el suave sonido de un piano. Con un sonido totalmente distinto a lo oído, al menos en la última década, en el hip hop. 

X es también, como todo artista, una voz generacional. Su enojo y tristeza no es, sin embargo, solamente un golpe violento en busca de algo así como justicia. 

Su diminuto arte es una lucha constante: una pelea que se libra al ser tentado por la culpa y la oscuridad. La música de X parece ser, a la vez, la música de un niño asustado o la de un adolecente enojado, o, tal vez, la música de un adulto que –después del amor y la venganza– quiere una vida nueva. Es preciso escucharlo.
 

 

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