Memoria nómada

Hacia una arqueología de la choledad

¿Qué es ser cholo? La pregunta es el punto de partida de la lectura que elabora el autor sobre este grupo social, el cual fue retratado en ensayos y novelas.
domingo, 08 de julio de 2018 · 00:00

Cleverth Cárdenas Plaza Dr. (c) en Estudios Culturales Latinoame-ricanos

Concluida la Guerra Federal, afianzada una nueva élite gobernante en La Paz e iniciando el siglo XX: la élite boliviana tenía la tarea de construir su propia representación y además necesitaba consolidar sus estrategias de diferenciación. No sólo pretendía afianzarse racialmente, eso era lo de menos, sino pretendía retener la participación de los cholos sobre el excedente o el acceso a los recursos que emanaban del Estado, es decir, su principal necesidad era anular la competencia. 

Para lograr aquello, la segregación en función de la raza, como en el resto de Latinoamérica, fue totalmente pertinente. Precisamente por eso, sistemáticamente, se dedicó a justificar y construir su diferencia respecto al grueso de la población. Contener, postergar al indio resultó relativamente fácil, porque su diferencia era evidente: fenotípica, cultural y hasta lingüística. 

Quien era inaprehensible era el mestizo o cholo, porque cumplía todos los requisitos de ciudadanía y competía abiertamente por el acceso a los recursos, para ello fue que se tuvo que producir un discurso más elaborado que legitime su postergación.

Como dice Brooke Larson en el artículo La invención del indio iletrado: la pedagogía de la raza en los Andes bolivianos (2008) a principios del siglo XX hubo toda una narrativa de la decadencia racial y nacional en Latinoamérica. 

La anécdota era simple: una edad dorada colonial había sido extirpada de cuajo, por medio de las independencias, permitiendo la expansión del militarismo y la anarquía. Por ejemplo, en La altiplanicie libro de Manuel Rigoberto Paredes (1914) se llegó a describir cómo el gobierno republicano de cincuenta años había convertido las tierras altiplánicas en un páramo “habitado tan sólo por los peores tipos sociales: los déspotas mestizos, predadores dedicados al trago, la corrupción y la brutalidad. 

Arguedas fue el que mejor expuso este argumento, sostuvo en Pueblo enfermo, su famoso libro de 1909 y en Los caudillos bárbaros de 1929 que el país estaba enfermo y ello se debía a la concurrencia de los cholos. Es evidente su malestar cuando describe en Pueblo enfermo cómo los cholos compiten por los cargos, es decir los recursos económicos:   “La historia de este país,  Bolivia, es …, en síntesis, la del cholo en sus diferentes encarnaciones…, como gobernante, legislador, magistrado, industrial o comerciante”. Para este autor era vital retener el avance del cholo pues ya corrompía –en su criterio– los cimientos de la nación. El gran peligro además era el cholo alfabetizado, el cholo politizado y para eso los letrados de su tiempo resignificaron la categorización. En tal sentido, cholo, que “científicamente” definía el cruce entre indio/a y mestizo/a, como describe Brooke Larson, pasó a significar “sujeto político aculturador, semiletrado y prerracional”. 

Las acusaciones iban de ida y vuelta: los cholos eran malos porque su voto había apoyado a los republicanos, que tuvieron gobiernos corruptos; por otro lado, los liberales fueron acusados por crear una “máquina de hacer cholos” para obtener su voto; pero  a fin de cuentas, era culpa de los cholos cualquier victoria política y su consecuente administración corrupta. En otro momento, en El ayllu (1903), Bautista Saavedra los describió como saqueadores, expoliadores de los indios.  

Retomando el punto de Arguedas, en La altiplanicie (1914) Manuel Rigoberto Paredes describió al electorado cholo como una turba que apenas sabía escribir su nombre, que eran como analfabetos o que eran tan serviles que le resultaba imposible verlos libres de tutelaje. Por su lado, Tamayo fue más duro en la Creación de una pedagogía nacional (1910), calificaba al cholo de parásito social, porque por su intermedio se consolidaba la conexión entre: cholaje, política popular y corrupción política. De hecho refiriéndose al cholo señalaba que “Sus propias condiciones siempre lo han convertido …, en un amasijo, moldeado por la locura y ambición de nuestros más depravados demagogos”. Más elocuente es su siguiente certeza: señalaba que los cholos alguna vez fueron honestos peones o mineros, pero tras su docilidad realmente sólo aspiraban a corromperse como electores o ser funcionarios públicos, es decir, otros “parásito (s) de la nación”. Así, el clientelismo político y la función pública, para Tamayo, eran el indicador de su degradación, sin embargo, su enunciación encubría algo sencillo: los criollos eran quienes tenían ese derecho.     

Todo este debate, que realmente es mucho más prolongado en el tiempo, evidencia por lo menos una cosa: a principios del siglo XX el protagonismo de los cholos en la escena pública es de tal magnitud que se constituyó en una amenaza para la élite intelectual nacional. Por lo menos para aquella que vive y participa de las cuestiones de Estado. Una sencilla hipótesis que ayuda a comprender este fenómeno es la esbozada al inicio de este artículo: los cholos competían por el acceso a los recursos. En esa medida fue necesario producir un discurso que retenga su ascenso económico, social y político. El éxito del mismo fue tal que el vocablo cholo dejó de ser un sustantivo, para convertirse en adjetivo. Así, cholo comenzó a significar la calificación de un sujeto como lo más negativo del género humano, sinónimo de incivilizado, inculto, bárbaro.   

De ese modo, el cholo fue expulsado a la exterioridad pese a que tenía derechos ciudadanos. Sus descripciones y su proximidad a lo indio no hacían más que constituirlo en un sujeto marginal, paradójicamente, llegaba a ocupar cargos en la función pública, votaba e incluso dirigía. En síntesis, la lucha contra el cholo era una lucha para evitar la competencia en el acceso a los recursos que emanaban del Estado y el acceso al excedente. 

Como discurso político y pedagógico, este discurso del antimestizaje, logró retóricamente mantener al grupo cholo en la exterioridad. A consecuencia de esto, hasta el día de hoy llamar cholo a alguien equivale a insultarlo de la peor manera, pues el sentido común ya naturalizó todas las adjetivaciones que hay sobre este sujeto.
 

 

Permítanos un minuto de su tiempo.

Para desarrollar el periodismo serio e independiente, esencial en democracia, que usted aprecia en Página Siete, contamos con un equipo de reporteros, editores, fotógrafos, administrativos y comerciales de primer nivel.

Los ingresos con que Página Siete opera son producto de nuestro trabajo; no contamos con prebendas de ninguna naturaleza.

Si usted desea apoyar el esfuerzo que realizamos, suscríbase a P7 VIP, para recibir de lunes a viernes una carta informativa por correo electrónico, que contendrá un resumen de las noticias y opiniones más interesantes de Página Siete, a un costo de sólo Bs 15 al mes.

Para suscribirse haga clic aquí o llame al número 2611749, en horas de oficina.

Otras Noticias