El Chicuelo dice

La felicidad que me dicen las arañas

Un texto sobre la locura es lo que ofrece esta semana el escritor paceño Wilmer Urrelo.
domingo, 08 de julio de 2018 · 00:04

Wilmer Urrelo Escritor

A veces el vínculo se rompe. Se hace mil pedazos. O más bien algo se desgarra afuera, Chicuelo. Y cuando eso pasa, cuando eso ocurre, aparezco yo. Yo puedo aparecer, de pronto, de la nada, en medio de un mercado lleno de gente. Yo puedo aparecer en un mercado un sábado o un domingo. 

Salgo, surjo de en medio de las bolsas del mercado. De los carritos que venden especias: canela, pimienta, las bolsitas de Doña Gusta. O a veces sales de las cloacas de esas calles del centro de La Paz y también me corporizo en los parques. Y visto trapos. Trapos que pasan por ropa. Ropa más que vieja que los años que llevas en las calles. 

Puedo ser un hombre o una mujer, Chicuelo, aunque con los miles de trapos encima el sexo desaparece. Un asexual. Una asexual. Tan sólo son una cosa. Un cuerpo que anda. Un loco. Una loca. Allá en los árboles del parque viven mariposas de todos los colores. Aquí en el piso en vez de flores conviven regalos envueltos. Regalos de navidad.

 ¿Alguna vez la gente loca tuvo un regalo de navidad o se preocupó de la forma de su sombra? Así son las locas y los locos de esta ciudad. Digo: las locas y los locos  en serio. Los de verdad. No la sobrina que por ser feminista es tildada de loca. No el hijito que los fines de semana se toma tanto que le dicen loco en su casa. No. 

La locura como desarraigo. La locura como calles frías. La locura como estar afuera. Echado o sentado en la banca de un  parque. Viendo jugar a los niños. Tal vez, señor Chicuelo, de wawita yo también corrí así. Tal vez de chiquito yo también me subí a un resbalín. Tal vez de chiquilina me gustaba treparme al columpio. Tal vez cuando el columpio estaba lleno me ponía triste y lloraba. El loco. La loca. Ese montón de huesos aún humanos cubiertos no de ropa, sino de una evolución de la ropa: la chamarra que es parte de mi piel, la chompa que perteneció a alguien más feliz y que es como la epidermis de este cuerpo. 

O el loco o la loca también fue alguna vez alguien que no hablaba mucho, pero que era como los demás. Iba al colegio. Iba al instituto de algo. Asistía a la universidad. O trabaja en un taller. 

Entonces cuándo, señor Chicuelo, cuándo se rompió el cristal del equilibrio dentro de mí. Cuándo fue eso y sobre todo por qué. Porque cuando la locura se sale de ese frasco de cristal que hay dentro de todo ser humano entonces empieza la verdadera vida de nosotros. De nosotros los loquitos y las loquitas que nos gusta sacarnos las espinas de los ojos. Que nos frotamos las manos con hojas de itapallo. Nosotros los locos. Las locas. Que nos reímos al caminar, pero que no nos reímos de los demás.

 Nosotros. Los que vemos el cielo y ahí arriba el señor sol nos saluda moviendo así sus manitos. O que cuando llueve caen los recuerdos de nuestra niñez. En las gotitas yo puedo ver a mi papá que era sastre. Y que a los diez me enseñaba el oficio. La cinta métrica. Las tijeras. La tiza. Las telas. De primera. De segunda. De tercera para los funcionarios públicos. O también en las gotitas de lluvia veo a mi mamacita vendiendo en las calles. La veo por las mañanas despertándome. Veo en las gotas de lluvia a mis hermanos diciéndole a mi mamá. El Rolo está hablando solo de nuevo. Está jugando solita en el patio otra vez la Celeste. 

Así es la locura. Como un cielo despejado que de la nada se llena de nubes negras. Pero acá, don Chicuelito, en mi cabeza. Nubes negras. A esas yo les sonrío. Como de adolescente. Cuando me botaban del colegio. Su hijo creo que no está bien de sus nervios, señora, ¿ha pensado llevarlo al médico? Y mi mamá. O mi papá. O un tío o una tía. Qué médico si está sana. Qué doctor si no le duele nada. Y volvería y hablaría con los diablos que salen de mis fosas nasales. Hola, Carlos. Hola, Adelita. Los diablos que me hacían llorar al principio. 

Porque los curas siempre dicen que los diablos son malos. Pero no estos diablos. Ellos no. Sobre todo los verdes. Esos son buenos y hacen chistes. A mí me muestran el panorama de mi corazón. Y me gusta. Aunque cuando ya estaba en el siquiátrico me dijeran lo contrario. 

¿Le hace caso usted a esos diablos? No. ¿Les tiene miedo? Depende. ¿Qué cosa le dicen cuando salen de sus fosas nasales? Del ruido que hacen las piedras. De cómo vuelan las flores en la noche. De los lagos de tierra que hay en Mallasa. Del vidrio molido que sale de mis manos cuando me froto así. ¿Ve, doctorita? También me dicen de lo hermosa que es la vida. Pero no aquí. Entonces dónde. Allá, mire. Allá lejos dicen que es más bonita. Y listo. 

Su hija. Su hijo. Su sobrino Israel. Su sobrina Teodora: desórdenes mentales. Eso quiere decir que está mal. Que ve o escucha cosas. Y la medicación no funciona. Y dicen se puede quedar acá pero cuesta tanto. Y la locura no tiene piedad con la gente pobre. Por eso que se vaya a la casa no más, don Chicuelo, ahí lo vamos a controlar. Ahí la vamos a encerrar en su cuarto. Pero no. 

Porque ahora las arañitas que salen debajo del piso me dicen. Vos estás aquí como sonso. Como sonsa. Allá afuera está el mundo. Las abejitas. Las nubecitas. Las lluviecitas. Más allá de donde estamos está la felicidad. Y un día no estaba, Chicuelo, se ha salido por la ventana. Ha subido al techo del vecino y de ahí ha brincado a la calle. Dicen que está. Dicen que lo han visto al César por Villa Fátima. Dice que la han visto a la Candela allá por Obrajes. Y algunas veces me buscan. O en otras mejor ya no, aquí era todo un problema, que se las arregle también. 

Y así camino. Busco la felicidad de las arañas. Andá allá, Cesarito. Caminá por este lado, Violeta. Y me sale otra piel. Primero es mugre, pero la mugre se convierte en mi verdadera piel. Un saco que alguien le regaló. Una chompa que me encontré en un basural. Un pantalón que un alma bondadosa le regaló. Y esa es mi piel. Y hay otros como yo: aquellos que se colocan trapos en la cabeza. 

O que cuando encuentro un bolígrafo dibujo mapas en mi cara. Por este lado está la felicidad de las arañas. Tengo que ir. Cómo me voy a quedar aquí, en medio de tanta gente fea.

 Y cuando tengo hambre como. La basura es rica. Tiene el sabor de la comida allá en la tierra de las arañitas. Y mis tenis al principio son viejos. Como los de aquí, ¿ve? Estos son de la Paulina. Así he encontrado en la basura. Y después de meses, de años, de décadas siguiendo el mapa de las arañas, los tenis viejos se convierten en mis pezuñas. Pie y tenis dan como resultado estas pezuñas de caballo. Así. Esa es mi locura, don Chicuelo. Es bonita y triste a la vez. Como una balada romántica. Y voy para allá. Rumbo a la felicidad de las arañas que anidan en mi cabello sucio y caballuno. 

Y por eso odio a toda la gente. Por eso les grito. No me gustan ustedes. Qué me miran tanto. Por eso los insulto. No me gustan y los insulto con mi fealdad. Con mi suciedad. Con mi tristeza. Y con mi locura, también.

 

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