Patio interior

Los aforismos de Zurau

Juan Cristobal Mac Lean escribe sobre la presencia de Franz Kafka en la obra de escritores y ensayistas contemporáneos.
domingo, 08 de julio de 2018 · 00:00

Juan Cristóbal Mac Lean E. Escritor

La figura de Franz Kafka persiste e insiste, sobre nuestros propios tiempos y pasos con una proximidad y urgencia que no se aplaca. Siguen apareciendo nuevos y preciosos libros sobre él, de una forma más acuciante  que sobre sus propios y gloriosos contemporáneos (Joyce, a quien es casi una moda hoy vilipendiar;  Proust, sobre el que no volvió a escribirse nada tan notable como el maravilloso Proust y los signos de Deleuze, del 64, más de medio siglo).

La vivacidad y actualidad con que no deja de escucharse a Kafka está refrendada, así, por los bellísimos libros que le dedican esos grandes, exquisitos ensayistas  que son los italianos Roberto Calasso y Pietro Citatti, en tomos que sin duda pasarán a considerarse insoslayables en este territorio, junto a los ya reconocidos como tales*. Y aún hay señas más secretas y subterráneas que no dejan de latir, como esa estrecha triangulación que hace Jean Bollack entre Kafka, la lectura que hace de él Benjamín, y Celan lector de ambos. (Kafka, cuenta Bollack, amigo de Celan, era el único al que éste no se oponía, y eso estando a contracorriente de todos, como estaba).

En cuanto al K. de Calasso y el Kafka de Citatti**, aunque son libros únicos por derecho propio, no resulta incongruente mencionarlos juntos. Ambos inauguran nuevas formas de leer, a un tiempo libres y personales, con la gravedad requerida cuando es necesario, pero no con la pesadez abrumadora y el temor interpretativo que se abatió sobre generaciones. Obras enormemente creativas y atentas, mucho más sueltas, poseedoras de un corpus bibliográfico disponible  completo como nunca, aunque tratándose de una obra esencialmente fragmentaria, inacabada, inacabable y ante la que se libran,  como grandes e inteligentes estilistas,  a recorrerla, habitarla, salir y entrar, estando mezcladas  vida y obra a un tiempo, por  todas las entradas, pasillos, puentes, salidas, apuntes, páginas posibles y en el orden que convenga a sus fines. No en vano, cada uno de ellos es autor de previos libros no menos deslumbrantes, y en los que aquí no podemos extendernos. 

Pasemos, directo, a notar cómo ambos autores reconocen, en estos tomos más o menos disímiles, un hondo centro de gravedad en los escritos y aún en la vida de Kafka: Zurau.

Entre septiembre de 1917 y abril de 1918, Kafka pasó dos meses en casa de su muy querida hermana Ottla en la aldea de Zurau. Hace pocas semanas se le había declarado y diagnosticado, de una vez, la tuberculosis que lo perseguía y acabaría con él seis años más tarde, apenas a sus 41. En Zurau, como él mismo lo recordaría en una carta a Milena, quizá tuvo los dos mejores meses de su vida. Silencio, nada de gente, animales. Lejos la oficina, lejos la familia, lejos Felice, lejos los amigos. Como dirigiéndose a sí mismo, recuerda “aquellos ocho meses en la aldea, cuando creías haber acabado el juego con todo, cuando te habías limitado sólo a aquello que indudablemente está en ti, cuando eras libre (…) y no debías cambiar gran cosa de ti mismo, sino sólo hacer hincapié más firme en los antiguos, apretados trazos de tu ser”. Fue entonces que escribió y reunió con la mayor deliberación, incluso artesanal, lo que se dio en conocer como los aforismos de Zurau. 

Calasso describe como venían: “Hojas sueltas –ciento tres– en formato rectangular, 14.5 x 11.5 cm, en papel muy delgado, color amarillo pálido, obtenidas cortando en cuatro cierta cantidad de papel para cartas. Los fragmentos estaban todos numerados en progresión, arriba a la derecha, y variaban de la breve frase tomada  individualmente, al bloque de una docena de oraciones”.

En los aforismos, apuntes o frases de Zurau está el Kafka más concentrado, denso y diamantino a un tiempo que se podría conocer. De ellos dice Calasso todavía, que son como “esquirlas de meteoritos caídas en regiones desérticas”. ¿Y meteoritos de qué naturaleza? podríamos inquirir. Una posible respuesta la podemos hallar por el lado de Citatti. Éste no se hace problema en traer a colación, directamente a Dios. Para Citatti, durante los meses que Kafka redacta El proceso, Dios desciende de golpe. Sin embargo, subsiste la pregunta: “Pero ¿era realmente Dios? ¿O no era más que una imitación fraudulenta, una sombra suya, un mascarón de proa de madera? Sea como fuere, Kafka vivió bajo la luz del terrible visitante durante el resto de su vida”. El proceso termina con Josef K. ajusticiado vergonzosamente, “como un perro”. Citatti lo dice con estas inquietantes palabras: “Nunca como en estas líneas finales hemos temido tanto el horror de lo sagrado”. Es indudable que bajo esa “terrible luz” es que se redactaron las páginas de Zurau.

Quedémonos con estos aforismos sobre el Paraíso:

– Si lo que en el paraíso supuestamente se destruyó  era  destructible, entonces no era decisivo; si era, sin embargo, indestructible, entonces  nuestra fe es falsa.

– Fuimos creados para vivir en el paraíso; el paraíso estaba destinado a servirnos. Nuestro destino fue cambiado, que lo mismo ocurriera con el destino del paraíso, no ha sido dicho.

– La expulsión  del paraíso  es eterna en su parte principal. La  expulsión del paraíso es,  por consiguiente, definitiva; la vida en el mundo inevitable La eternidad del proceso (o expresado en términos temporales: la eterna repetición del proceso), sin embargo,  hace  posible que no sólo  pudiéramos permanecer  en el  paraíso de manera duradera, sino  también que estemos efectivamente allí de manera duradera, siendo indiferente si aquí lo sabemos o no.

 

*Primero el Kafka, de Walter Benjamin; y están De Kafka a Kafka, de Blanchot; Franz Kafka o la soledad, de Marthe Robert; el Kafka de Theodor Adorno en Prismas; Conversaciones con Franz Kafka, de Gustav Janouch,  El otro proceso de Kafka, de Elias Canetti. Para mi gusto un libro que no merece entrar a este pequeño canon es el Kafka, por una literatura menor, esa parida de Deluze/Guattari, cuyo único capítulo rescatable –y muy lindo– es el tercero. Está, además, la reciente y monumental biografía de Reiner Stach.

 **K. Roberto Calasso, Anagrama 2005; Kafka, Pietro Citatti, Acantilado 2012.

 

 

Permítanos un minuto de su tiempo.

Para desarrollar el periodismo serio e independiente, esencial en democracia, que usted aprecia en Página Siete, contamos con un equipo de reporteros, editores, fotógrafos, administrativos y comerciales de primer nivel.

Los ingresos con que Página Siete opera son producto de nuestro trabajo; no contamos con prebendas de ninguna naturaleza.

Si usted desea apoyar el esfuerzo que realizamos, suscríbase a P7 VIP, para recibir de lunes a viernes una carta informativa por correo electrónico, que contendrá un resumen de las noticias y opiniones más interesantes de Página Siete, a un costo de sólo Bs 15 al mes.

Para suscribirse haga clic aquí o llame al número 2611749, en horas de oficina.

Valorar noticia

Otras Noticias