Notas para romperse una pata

Loayza y los orígenes de la des-memoria

El chiste central de la memoria es que nunca sabremos hasta qué punto nos es útil e indispensable y hasta qué punto nos atormenta.
domingo, 12 de agosto de 2018 · 00:00

Fernanda Verdesoto Ardaya Literata e investigadora sobre teatro

Recuerdo que fue una noche en que la gente fue al teatro a pesar del frío cortante. Recuerdo que fue lejos de casa, en ese teatro sureño que cada noche va aportando más y más a esta ciudad. Recuerdo (creo) que tuve un par de conversaciones interesantes esa noche. El chiste central de la memoria es que nunca sabremos hasta qué punto nos es útil e indispensable y hasta qué punto nos atormenta. Cómo es que la memoria nos hace conocer, tanto de nuestra historia personal como de nuestra historia colectiva.

Jorge Luis Borges en su cuento Funes el memorioso (Ficciones, 1944), nos introduce a un personaje bastante peculiar, Ireneo Funes, quien después de un accidente en caballo queda paralítico, pero adquiere la habilidad de la memoria infinita. Ireneo puede recordarlo todo, pero todo.

No obstante, al tener memoria infinita, ya no tiene la capacidad de abstraer sus recuerdos: ya no puede distinguir a un perro visto de perfil del mismo perro visto de frente un instante después, para él son dos entes diferentes que necesitan un nombre distinto. No puede tener la idea general de perro. Funes prácticamente se convierte en discapacitado.

Ya las ideas platónicas no existen para él, y es atormentado por los infinitos recuerdos que ya no caben en su mente: “Mi memoria, señor, es como vaciadero de basuras”. Él ya no tiene la capacidad de discriminar los malos recuerdos (pero esos son conservables, son parte de nuestra historia) y sobre todo, los recuerdos inútiles (número de grietas en la acera o número de burbujas en el café).

Funes es un ser atormentado por una habilidad que prácticamente dejó anuladas todas sus otras capacidades mentales. Pero, ¿qué es lo que sucede con la memoria limitada? ¿Qué sucede con la memoria personal que se retrae y desaparece con el paso de los años? ¿Cuál es su impacto final en la historia de un país?

Desmemoriados de Marcos Loayza, nos muestra a una especie de anti-Funes que nos hace una representación de ese problema. El anti-Funes somos todos nosotros mortales, en nuestra inevitable vejez que termina con nuestra historia.

Pero aquello que debemos preguntarnos es qué es lo que sucede cuando todas las memorias individuales se van apagando con el paso del tiempo (que estuvo allí representado con el reloj de arena posado en la mesa del living de esta escenografía), ¿podríamos hablar de una posible muerte de la memoria colectiva? ¿De la memoria histórica?

Esta es la historia de Héctor (Antonio Eguino), un hombre con sus años encima, la voz suave, pero cuya memoria todavía está intacta, quien busca a Manuel (Raúl Pitín Gómez), su compañero de militancia en la universidad en la década de los sesenta, y también en la guerrilla. Manuel está confinado a una silla de ruedas, sufre del mal de Alzheimer (me tomo el riesgo de diagnosticarlo), y por lo tanto, no recuerda nada de las memorias que evoca su compañero Héctor.

Héctor no puede encontrar una grieta en la memoria de Manuel, y sólo puede evocar los recuerdos a través de Manuel hijo (Antonio Peredo González) y la enfermera (Mariana Vargas) de la que me hubiera encantado ver más para que este personaje no esté allí sólo para reforzar la idea de las discapacidades de Manuel padre.

El filtro de estas memorias son la nueva generación, la que no vivió las historias que con tanta efusión cuenta Héctor: la militancia universitaria, la guerrilla, los ideales de la década de los sesenta, las desilusiones de esos ideales, los horrores que se pudieron cometer. Éstas se ven representadas en varios audiovisuales que se proyectaron en la parte trasera del escenario para que no se pierdan en la extensa conversación que mantienen los personajes.

Los personajes más jóvenes, aquellos que sólo escuchan las historias relatadas de Héctor, son aquellos que están a cargo de la memoria histórica, de la memoria colectiva.

No obstante, ese también es el juego que trama esta obra: si uno de los protagonistas de esas anécdotas no recuerda nada, entonces hay cierta posibilidad de que lo que se esté contando sea falso. Entonces, hay que preguntarse qué es lo que se puede rescatar de esa historia (con y sin mayúscula). Si hay alguien quien no contó su historia a su descendencia (tal como pasó con Manuel padre), ¿qué posibilidades hay de construir una memoria colectiva?

Hay algo que me faltó, que es justamente, ¿cómo ponemos en escena la memoria?, ¿cómo escenificamos un concepto tan abstracto como éste? La memoria es una forma de conocimiento más, entonces la puesta en escena también debe, simplemente, hacer conocer más. Por un lado, conocer la historia. Por otro, conocer la memoria.

La memoria va más allá de contar un hecho o relatar una historia (tal como la recordamos), va más allá de evocar los acontecimientos en una charla con un par de whiskys. La memoria es aquello que hay que mantener vivo en los diferentes grupos, y aquello que se desvanece con el tiempo, así paulatinamente. Es la gran búsqueda de la inmortalidad de los hechos. Sin memoria no hay presente, lo que no significa aferrarse al pasado.

Manuel padre ya es desmemoriado desde el principio, y lo que necesita saber es cómo llegó allí, más allá de las razones biológicas: ¿Por qué eligió callar tantos años? ¿Qué lo lleva a ese gran discurso final? Si nuestro gran problema individual y colectivo es la des-memoria, es absolutamente necesario mostrar sus orígenes, y no solamente el resultado. Hay un proceso hacia el olvido que se necesita representar en escena: el hecho de que somos mortales y el cuerpo no nos da; y el hecho de que somos humanos y elegimos olvidar.

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