El Chicuelo dice

Más que toda la fortuna del mundo

Santo es toda una leyenda, leyenda nacional… “Santo”, Víctimas del Dr. Cerebro
domingo, 12 de agosto de 2018 · 00:00

Wilmer Urrelo Escritor

Ahora que acabó el Mundial, al fin, Chicuelo, puedes sentarte a escribir sobre el más grande y hermoso deporte que la humanidad ha dado: la lucha libre.

Ese no es un deporte, idiota, me dirán, es más bien una actividad teatrera, qué vergüenza que ya siendo tan grande sigas creyendo en eso.

Es mi eterna alma de niño, ustedes disculparán.

Allá por 2007 llegó a esta fea ciudad Axel, el nieto del Santo, y con él otros luchadores como Rayman, el nieto del Rayo de Jalisco, la Parquita, Espectrito, Lápida y Vangellys. Todo para conmemorar el fallecimiento, en 2006, de otro grande, Daniel García Arteaga, también conocido como Huracán Ramírez.

Entonces, como no podía ser de otra manera, fui con mi difunto papá a ver al nieto de la Leyenda. De la Gran Leyenda de la lucha mundial, conocido desde que nació como Rodolfo Guzmán Huerta, y más tarde, cuando ya me subía al cuadrilátero, joven Chicuelo, como el Santo, el Hombre de Plata, el Enmascarado más grande que ha dado este feo mundo. Y qué lindo era ir los domingos con mi papá al cine México a ver sus películas, a verme luchar contra las mujeres vampiro o contra los hombres lobo, y cuán falsas nos parecen ahora esas interpretaciones y endebles los argumentos y ni qué se diga de la escenografía y los efectos especiales.

Qué divertido y qué emocionante y ante todo qué gratificante era salir del México y llegar a tu casa, Chicuelo, y contarle a mi mamá de qué iba la película de ese domingo, cómo eran las momias o cómo las mujeres vampiro, y mi mamá enojándose con mi papá: para qué le haces ver esas películas a la wawa, ahora no va a poder dormir.

La cosa es que el lugar para el reencuentro con la Leyenda de Plata era en el Coliseo Cerrado. Las casi cuatro horas de espera no importaron. Gracias a esa espera pude conocer a personajes extraños, estimado Santo, y a otros que (uno dice) cómo no ser ellos, cómo no cambiarse para ser esas otras personas tan afortunadas. Los personajes extraños en la fila era las revendedoras que se metían y uno al gritarle ¡coladora!, al tiro te mostraban la Gillette lista para ser usada, ¡cuál coladora, so cojudo! Y por el otro lado de la categoría de personas extrañas estaba la señora que, a mi lado, empezó a abrirme conversación: que estaba muy emocionada por ver al nieto del Santo, sí señora, cómo no, porque ella, cuando era más joven, había visto al padre, allá en 1969, cuando vino junto al Huracán Ramírez y cuando ayudó con una función más para recabar fondos para la tragedia de Viloco.

Y entonces la magia, Florecita Rockera, entonces la magia, pá: la señora sacando de una bolsa de mercado un aguayo, y del aguayo una bolsa de plástico y de la bolsa de plástico la máscara Plateada. Me voy a desmayar, pá, te juro que casi me desmayo, como si fuera de nuevo el chiquillo de diez años yendo al México, cuando se apagaban las luces, piensas, como cuando aparecían las letras chillonas anunciando el título de la película.

¿La señora quería verme la cara?, ¿intentaría venderte la máscara después, Chicuelo? No, nada de eso, antes muerta que deshacerme de esta mascarita, joven, recuerdo es. ¿Por qué la juventud de ahora es tan platista?

La máscara Plateada estaba vieja. Estaba vieja no por el uso sino por el tiempo, como los tenis que uno adora y que se niega a deshacerse, por más que la familia le diga ¿no te da vergüenza andar con eso?

Ella, la señora que me acusaba de platista, estaba emocionadísima, tanto o más que vos, Chicuelo, y el Santo diciéndome: eso aún me arranca lágrimas, joven Chicuelo, que la gente lo quiera a uno así después de tantos años de muerto no tiene precio, ahí uno se da cuenta, cabrón, que uno hizo cosas buenas en la vida. Escríbase eso en su notita, si me hace favor.

La señora tenía en sus manos algo que cualquier niño habría querido conservar, que cualquier fan de las luchitas habría dado su vida por tener en casa. Y ahí me contó que ella era hija de uno de los organizadores de esa tan ilustre visita, que como agradecimiento por tan buenos tratos el mismísimo Santo le había regalado la Plateada a su papacito, y el Santo casi llorando: me acuerdo de ese señor, un panzón de bigotazos, preocupado todo el tiempo por los mexicanos, que si la altura no les estaba afectando, que si el frío los iba a dejar entrenar con calma, que qué desgracia lo del Tigre, ¿han visto en el periódico cómo se ha muerto casi todo el Strongest?

Ese día que les digo fue inolvidable no sólo por la señora a la que envidio hasta ahora, no sólo porque volví a ser un chiquillo que iba al México con su papá, sino también porque ahí, frente a nosotros, con su casi metro ochenta de altura, estaba Axel, mi descendiente directo, Chicuelo, hasta un caballero de la fila de adelante se dio cuenta y dijo: es idéntico a su abuelo, yo lo he visto el sesenta y nueve.

Hay niñitos desubicados que quieren ser como Messi o como el tal Mbappé; sí, e imagino que eso está bien, pero yo quería ser como el Santo, Florecita Rockera, y pelear contra los rudos, ganarles y quitarles máscaras y cabelleras, y perder la primera caída y ganar después las dos siguientes, y que me sacaran sangre y que si alguno quería quitarme la máscara, sin haberla apostado, defenderme como si quisieran arrebatarme mi biblioteca. Y el Santo diciendo: porque la máscara y la cabellera en las luchas, anote, es tan sagrada como la mamacita de uno. Escríbase eso también, joven Chicuelo.

Ser como el Santo, pá, volar por los aires y hacerle un torniquete al Conde de Villa Victoria en la función por la tragedia de Viloco, y ser el penúltimo en salir de una lucha en jaula.

Ser niño de nuevo, y soñar con ser como el Santo, que está acá a mi lado, llorando de tanta emoción porque la gente todavía lo recuerda con cariño, y sobre todo con agradecimiento, pá, y el Santo diciéndome: porque eso es impagable, joven, porque cuando uno está muerto eso vale más que toda la fortuna del mundo.

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