Música

El Arte del Hip Hop (III): Sobre Kendrick Lamar

Nas nos muestra la potencia poética del hip hop que, a diferencia de gran parte de la música popular, conserva un particular carácter subversivo.
domingo, 19 de agosto de 2018 · 00:00

Bernardo Prieto Ensayista

En 1994 Nasir Jones –un rapero de 20 años y originario de Queens, Nueva York– grabó su primer álbum titulado Illmatic; el álbum, de solo nueve canciones, se convirtió –casi inmediatamente– en un clásico dentro de canon del hip hop. Nas (Nasir Jones) había logrado algo sin duda maravilloso: una producción cuidada y heterogénea que, a través de una lírica prodigiosa, retrataba la vida y la muerte en las viviendas sociales de Queensbridge.

Illmatic es una especie de Bildungsroman (novela de aprendizaje), es decir las memorias de un Nas niño que se hace adulto –la portada del álbum por ejemplo– es un montaje de las viviendas de Queensbridge con una fotografía de Nas cuando niño.

Nas narra, sin embargo, evitando la indulgencia y la lástima, al contrario, su lenguaje es profético: denuncia, exalta, recrimina y vivifica al mismo tiempo que nos habla sobre drogas, dinero, violencia, pobreza o las vidas dispersas y quebradas de sus amigos encarcelados o muertos. Nas, con este álbum, nos muestra la potencia poética del hip hop que, a diferencia de gran parte de la música popular, conserva un particular carácter, digamos, subversivo.

Esta especie de débil fuerza mesiánica no proviene, como comúnmente se cree, de la situación de discriminación de la comunidad afroamericana; o, mejor dicho, no se explica simplemente por esta situación, sino que proviene, de una atenta lectura e identificación de su sufrimiento con el mensaje mesiánico de la Biblia. Aquí que la afirmación de Harold Bloom no sea más cierta: la religión es también la poesía del pueblo.

El carácter poético del hip hop no es de naturaleza simbólica o mitológica sino alegórica. Así, por ejemplo, en Illmatic las letras de Nas construyen una serie de correspondencias que nos remiten a una de serie imágenes –sencillas, casi descriptivas, o muchas veces crudas y vulgares– de las cuales depende la misma interpretación de las palabras (la portada del álbum es también una alegoría).

Aquí la simple narración o descripción de algunos hechos –el elaborar imágenes– se convierta, recordando a Dante y su peculiar averroísmo, no solo en un hecho poético pleno, sino, en un verdadero uso del pensamiento.

Un buen ejemplo de esta afirmación es este verso de la canción The World is Yours (El Mundo es Tuyo) donde las imágenes se confunden con la misma interpretación: Thinkin’ a word best describin' my life to name my daughter/ My strength, my son, the star will be my resurrection/Born in correction, all the wrong shit I did/ He’ll lead a right direction (Pensando en la mejor palabra que describa mi vida para nombrar a mi hija/ Mi fuerza, mi hijo, la estrella será mi resurrección/ Nacido en corrección, toda la mierda mala que hice/ Él la llevara en la correcta dirección).

Estos versos nos remiten a la imagen bíblica –contenida en Lucas 6:43-45 y Mateo 12:33-35– del árbol que se conoce por sus frutos– y que, de alguna forma, funcionan como un espejo respecto a la maldición bíblica del tormento que sufren los hijos como consecuencia de los pecados de sus padres. Walter Benjamin, escribía en una anotación hecha para El libro de los Pasajes que: “(…) las épocas que tienden a la expresión alegórica siempre experimentan una crisis del aura”. Esto es cierto tanto para el Queensbridge de Nas o para el Compton de Kendrick Lamar. No es casualidad que, por esto mismo, Kendrick Lamar cite el famoso verso de Nas en N.Y. State of Mind: I never sleep –cause sleep is the cousin of death (Yo nunca duermo/ porque el sueño es el primo de la muerte”) –otra imagen, a la vez, bíblica (por ejemplo, Salmos 13:3) y griega (por ejemplo, en La Ilíada, vv. 676 y ss.), en su preciosa canción Sing About Me, I’m Dying of Thirst (Canta sobre Mí, Yo estoy Muriendo de Sed).

La canción de Kendrick Lamar es un ejercicio extraordinario en la creación dramática. Sing About Me, I’m Dying of Thirst tiene una duración de 12 minutos y se encuentra dividida en dos secciones; en la primera parte se puede escuchar tres diferentes voces: la primera es la del hermano de un amigo muerto de Kendrick que le pide que cuente la historia de su hermano cuando sea famoso, la segunda persona es la hermana de una amiga muerta de Kendrick que, al contrario de la primera voz, pide que no cuenta nada de ella –o su hermana– en su nuevo álbum y, por último, es el mismo Kendrick que responde a ésta dos voces: lo hace preguntando si, acaso, alguien cantará sobre el cuándo esté muerto.

La segunda parte –que se parece, de cierto modo, a un coro griego– finaliza y responde a las tres voces que dialogan en la primera parte. Esta canción es parte del segundo álbum de Kendrick Lamar Good Kid, M.A.A.D. City; un álbum que, al igual que el Ulises de Joyce, retrata un día en la vida de un Kendrick Lamar adolescente.

Kendrick Lamar nació en 1987 en Compton, California y es, tal vez, el “MC” más interesante, prolífico y heterogéneo se su generación. Su tercer disco y su obra maestra To Pimp a Butterfly nos muestra la producción de un disco que amalgama el jazz, el funk, y el soul con letras que buscan encontrar en la memoria larga de los afroamericanos –utilizando la terminología de Silvia Rivera Cusicanqui– los fragmentos dispersos que construyen su presente –que es, justamente, el presente que Kendrick Lamar quiere cuestionar.

En este álbum se pueden escuchar las características musicales más sorprendentes de Lamar: sus diferentes voces, su preciso control vocal polirítmico y su extraordinaria capacidad narrativa. De cierta manera, podríamos comparar –aunque de manera muy restringida– a Kendrick Lamar con el gran poeta estadunidense A. R. Ammos. Ambos comparten cierto registro, digamos, transcendental que, no obstante, recurre a imágenes que podrían describirse como sencillas ovulgares.

Pero, sobre todo, ambos compartenun sentido extraordinario del ritmo quehace suya la máxima de T.S Eliot: la poesía no es más que un sistema de puntuación.

Kendrick Lamar pertenece, por lo tanto, no solo al canon del hip hop; a través de su música es posible recorrer una tradición que nos remite hasta Homero y la Biblia. Y, sin embargo, es también un músico contemporáneo que puede hacer, con muchísima naturalidad, duetos con Maroon 5 o Taylor Swift; aquí que, la calidad de un poeta pueda medirse por su natural disposición al cambio –que, como el agua, debe imitar la forma que lo contiene. Cada uno de los álbumes y las colaboraciones de Kendrick Lamar prueban este último punto.

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