Lectura

Los libros como fuente de la cultura

Cuando era niño recibí las impresiones más fuertes de parte de los libros y las películas, no de experiencias corporales o psíquicas inmediatas.
domingo, 19 de agosto de 2018 · 00:00

H. C. F. Mansilla Filósofo

Del 1 al 12 de agosto de 2018 tuvo lugar la XXIII Feria Internacional del Libro de La Paz, organizada por la Cámara Departamental del Libro. Hay que felicitar a todas las Cámaras del Libro del país por la esforzada labor que cumplen en un medio y en una época que no han resultado favorables a este noble exponente de la cultura que es el libro. Esta situación me ha inspirado los siguientes pensamientos de orden personal.

Los libros, junto con las obras de arte, han representado mi principal acceso al mundo. Cuando era niño recibí las impresiones más fuertes de parte de los libros y las películas, no de experiencias corporales o psíquicas inmediatas.

Aprendí lentamente a comprender el universo a través de aquello que los autores nos enseñan mediante sus textos. Por ello regreso de vez en cuando al ámbito de los libros de la infancia y la juventud, y en diálogo con ellos me dedico a recordar y analizar los hechos formativos de mi vida.

Creo que mis modestos principios éticos y mis anhelos más profundos fueron modelados por los cuentos de hadas, los relatos fantásticos de los hermanos Grimm, las leyendas de las Mil y una noches y las novelas de Julio Verne y Alexandre Dumas, que devoré con gran entusiasmo. Eran los regalos más esperados de mis años infantiles.

Estas concepciones morales fueron consolidadas por las obras de la literatura clásica. Hace pocos días acaricié estos libros después de largas décadas, y sentí otra vez la emoción del primer momento.

Salvo excepciones, no los encontré decepcionantes como ocurre casi siempre cuando uno vuelve a ver objetos del pasado lejano, que entretanto han perdido la magia y la importancia de los primeros momentos.

Ello se debe, probablemente, a mi convicción de que esos principios morales son superiores y más sólidos que los derivados del relativismo posmodernista actual y de las modas intelectuales del presente.

El acercamiento a la vida a través de los libros y las obras de arte es recomendable por otra razón. En el ya largo curso de la historia, los seres humanos hemos alcanzado un alto grado de complejidad, que hace obsoleta toda explicación simple.

Los buenos poetas, escritores y artistas han resultado ser los mejores intérpretes de nuestra complejidad. No hay duda de que el invento más glorioso de los hombres ha sido el libro.

El aire que emana de las grandes obras no es un viento pesado o anacrónico, sino una corriente cosmopolita, en principio abierta a todo el mundo. Este aire permite soñar, imaginarse un mundo diferente y tal vez mejor.

Al mismo tiempo los textos escritos son el asilo más seguro y confiable de los recuerdos. Los recuerdos constituyen probablemente el único paraíso, de cual nadie nos puede expulsar. Los recuerdos son el único espacio de la vida, sagrado e intocable, que se halla por afuera de los golpes del destino y las maldades de los hombres.

Dice Mario Vargas Llosa: no es seguro que los pequeños espacios de civilización (los libros, las obras de arte) puedan a la larga prevalecer sobre la barbarie.

Pero estos espacios de la cultura, la literatura, las artes y de la filosofía, “desanimalizan a los seres humanos, extienden extraordinariamente su horizonte vital, atizan su curiosidad, su sensibilidad, su fantasía, sus apetitos, sus sueños, los hacen más porosos a la amistad y al diálogo, y mejor preparados para enfrentar la infelicidad”.

En cambio, añade Vargas Llosa, el periodismo contemporáneo no tiene hoy la función de informar, sino la de hacer desaparecer toda posibilidad de diferenciar entre verdad y mentira, entre la realidad y la ficción creada por los propios medios masivos de comunicación, especialmente por la televisión.

El hombre del espíritu, en cambio, es esclavo de su taller, de la tarea que él mismo se impone. Y yo digo: los artistas, los pensadores y los intelectuales vivimos en la soledad, en la lucha permanente con la propia creación, totalmente consagrados a nuestro trabajo y nuestra sagrada misión. Nunca cesamos, por otra parte, de tener cierta envidia a los diletantes exitosos.

El verdadero artista, nos dice Stefan Zweig –uno de mis autores favoritos– se dedica a elaborar y a pensar en aquellas facetas de la existencia que no pudo o no quiso alcanzar y vivir personalmente.

Mencioné principios éticos y anhelos profundos, pero lo hago sin el menor impulso didáctico y sin dramatismo. Vengo simplemente de otro mundo y de otra época, cuando estos valores aún tenían una cierta presencia. No hay duda de que hablo con un énfasis anticuado acerca de la dilución de principios morales, pero es la misión que me han impuesto los libros y las grandes obras de arte. Sé que caigo en un espíritu melodramático al hablar de una misión, pero es lo que me impulsa a elaborar textos a mi avanzada edad y lo que subyace al espíritu de mis propios libros.

El amor a los libros y a los clásicos es un impulso que está opuesto a la actitud predominante hoy en día en los campos académicos e intelectuales, donde lo habitual es plegarse a la moda del momento con genuina devoción.

Así como hace 50 años las diferentes variantes del marxismo constituían el credo obligatorio en ciencias sociales, hoy las distintas escuelas del posmodernismo, como la deconstrucción, el multiculturalismo y el relativismo axiológico, representan los dogmas insoslayables de la época, que las personas astutas hacen bien en seguir mansamente. Nihil novi sub sole.

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