Filosofía

Los muros lisos de los mundos felices

En la sociedad de Huxley, las obras de Shakespeare se guardan para no perturbar el ánimo y la tranquilidad con narraciones de celos...
domingo, 19 de agosto de 2018 · 00:00

Salvador Romero Ballivián Sociólogo

En 1932, en el marasmo de la crisis económica mundial, Aldous Huxley publicó Un mundo feliz, irónico título para describir una civilización futurista que ha encontrado –al fin– las fórmulas de la felicidad perpetua y generalizada. Los niños son fabricados en probetas, desprovistos de los apegos, las ataduras y las incomodidades de las familias, predestinados a funciones socioeconómicas y directivas de acuerdo con las dosis de inteligencia y rasgos físicos definidos científicamente.

Cada categoría, desde los superdotados Alfas hasta los feos y limitados Épsilon, es acondicionada desde la infancia para responder a los deberes de producción, consumo y adecuada respuesta social, que incluye la aversión por la soledad, la literatura, la introspección.

De adultos, cumplen sus labores con esmerada responsabilidad, acceden de forma promiscua a un sexo desprovisto de emociones, sentimientos y de reproducción, gozan de las facilidades y diversiones que brinda la sociedad controlada y ordenada y viven en una alegría constante, ya sea por el efectivo acondicionamiento o gracias a los efectos de una buena pastillita química que abre puertas a los paraísos artificiales.

Aquel futuro pletórico de helicópteros, laboratorios, industrias, ambientado en un Londres que ha barrido con los vestigios de la tradición, se asemeja curiosa e inesperadamente al pasado, llega como el eco de una obra que la precedió casi 2.500 años. Huxley vuelve novela La República de Platón.

Sin duda, al filósofo griego le faltaba el toque de tecnología por doquier, pero aquello es un detalle irrelevante (por cierto, a principios del siglo XXI los progresos técnicos en la ficción de Huxley, situada cerca del año 3000, lucen obsoletos o, en el mejor de los casos, de una banal cotidianeidad).

En la ciudad ideal, también desaparece la familia. En vez de tubos de ensayo, la procreación se encarga a individuos desvinculados sentimentalmente en las fechas óptimas marcadas por el alineamiento estelar. Los niños también le pertenecen a la comunidad, que los educa para ser funcionales y mantener la vista en el servicio colectivo en vez de perderse en las pequeñeces individuales.

Si Platón aconseja la expulsión de los poetas por cultivar la ficción en lugar de la verdad, en la sociedad descrita por Huxley, las obras de Shakespeare se guardan bajo llave para no perturbar el ánimo y la tranquilidad con narraciones de celos, concupiscencia, dilemas existenciales.

La sociedad se divide igualmente en estratos rígidos, en la cima, los guardianes y el Rey filósofo, con las almas de oro y plata, agraciados con las virtudes de la sabiduría y el amor del conocimiento; abajo, la masa de productores, los Gamma y Épsilon del futuro. El manejo público reposa en pocas manos, los que saben qué es lo mejor para la colectividad y lo imponen con esa buena conciencia.

El abordaje de la sexualidad parece, en la superficie, situarse en las antípodas, con la tendencia platónica al ascetismo y al control de los apetitos; en el fondo, se asemeja: restringido o abierto, lo importante es que se desligue del fuego de la pasión, del desorden de los sentimientos.

El abismo que separa a Platón de Huxley es que el autor del Banquete describe un ideal, “un modelo en el Cielo para quien quiera contemplarlo y guiar el comportamiento de su alma a partir de él. El sabio adecuará su conducta a las leyes de esa ciudad”; en otros términos, el auténtico mundo feliz.

Huxley vislumbra ese sistema como una pesadilla; a su modo, anticipa lo que Karl Popper afirmará sin ambages: la ciudad platónica lleva consigo las semillas del totalitarismo, de la sociedad cerrada.

En el mundo uniforme y estable, lo disruptivo proviene del error, de lo que escapa de la planificación, de la imprevisibilidad del individuo libre, de la manifestación de lo demasiado humano. El declive de la República comienza cuando se yerran las fechas idóneas para la reproducción: la falla de origen de los hombres así concebidos corromperá el perfecto orden social.

En la futurista capital inglesa, quienes muestran comportamientos poco sociables, se aventuran por el terreno de la tristeza y la melancolía, la exploración de la individualidad, la búsqueda de la verdad más allá de las prescripciones, dejan que el corazón se inflame, son exiliados a Islandia o a alguna otra isla para que no desarreglen los engranajes.

En la misma Inglaterra tiene lugar otro experimento por alcanzar el mundo feliz, esta vez liberado del fantasma de la enfermedad. En probetas, hijos de nadie, la sociedad ha creado seres, estériles y excepcionalmente sanos, cuyo destino exclusivo es ser proveedores de órganos para enfermos.

En Nunca me abandones (2005), el premio Nobel Kazuo Ishiguro lleva la tensión al máximo cuando se enfoca en un experimento dentro del experimento. Un puñado favorecido de esos seres discurre una infancia con aires privilegiados en un colegio en una campiña típicamente británica, mientras descubren, poco a poco, en decires vagos llenos de silencios e implícitos, el futuro que les aguarda.

En la juventud, a medida que se aproxima el cumplimiento del destino, se formulan preguntas sin respuesta: si tienen alma, si el programa pospone el extenuante y, a la larga, mortal ciclo de operaciones si dos pueden probar que se aman de verdad. Otra vez el enigma del amor fisurando los muros altos, lisos y de perfecto diseño de los mundos felices.

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