Homenaje

Ríos profundos entre el Municipal y la Jaén

La actriz Rosa Ríos, una mujer orgullosamente de pollera y quien falleciera el pasado 19 de agosto, es la protagonista de este homenaje realizado por Fernanda Verdesoto.
domingo, 26 de agosto de 2018 · 00:05

Fernanda Verdesoto Ardaya Literata e investigadora sobre teatro

Mediodía, el sol rebota en los diferentes colores de la calle Jaén y las casas se ven un poco más chillonas que de costumbre. Pero resulta que los azules, los amarillos, los verdes, los rojos los traía ella, doña Rosita.

De ocupación actriz y directora teatral, pero bien sabemos que del teatro no se vive y en la vida hay mucho tiempo para hacer de todo, así que también era dueña de la tiendita de la calle Jaén. Aquel espacio que además de traer los víveres diarios a los regulares de la zona y las agüitas a los ocasionales turistas, es un campo de historia teatral.

La tiendita donde ella mantuvo todos los recuerdos enmarcados ordenados de casi medio siglo de escenarios. El lugar que estuvo destinado a ser un museo, sin tener el título de tal. El museo teatral más importante que tenemos, y además pet-friendly, ya que estuvo custodiado por los loritos y la perrita de la actriz. Sólo La Paz podía albergar un espacio así, y sólo doña Rosita podía concebirlo.

Fueron ochenta y tres veces que la rosa creció y renació. Rosa Ríos realizó ya su último saludo, dijo su último diálogo, se enamoró de un último personaje, y su voz todavía se escucha en el eco de los aplausos paceños. Porque el público paceño la amó. Puede que algunos hayan dicho que no la conocían o no se acordaban de ella, pero conocen a la sanguchera de la esquina, conocen a la vecina y la amaron.

Se ama tanto a la actriz, como lo que ella representó en su larga carrera, porque ella y sus personajes son tan nosotros, son tan nuestro cotidiano. Siempre he sostenido que la vida cotidiana tiene un fuerte grado performativo y de teatralidad, que siempre hemos representado un papel en nuestra rutina.

Pero el teatro popular y esos personajes representados por Rosa Ríos tomaron esa esencia performática del día a día, le pusieron un texto y armaron una escenografía. Por eso, tal vez no sea lo más apropiado hablar de Rosa Ríos como una persona singular, sino más bien como un personaje colectivo. Ella fue dentro y fuera de los escenarios, la mujer paceña. Nada más. La mujer paceña en todas sus facetas. La mujer de pollera que, además, supo armar lío. Supo armar un conflicto que no solamente le dio sazón y esencia a la dramaturgia, sino el conflicto de aquel personaje colectivo que muestra las grietas sociales; y lo puso en escena.

La mujer –orgullosamente– de pollera que, con un diálogo tan cotidiano y representado con tanta soltura, logró que podamos cuestionarnos dónde estamos y a dónde nos dirigimos como sociedad paceña.

Ella es el arquetipo paceño del día a día en una ciudad que no se calma. Los papeles que ella ha representado tanto en teatro (Condeuyo, la calle del pecado con Raúl Salmón, Los jaraneros con Tito Landa, La sanguchera de la esquina con Hugo Pozo), como en cine (Cuestión de fe con Marcos Loayza, American Visa con Juan Carlos Valdivia y Las malcogidas con Denisse Arancibia), ella representó no a una, sino a miles de mujeres paceñas a las que nosotros hemos amado tanto con el paso de los años, sin importar en qué sector de la urbe habitemos.

La mujer que está llenando las calles y que desde su puesto aparentemente secundario ha cambiado la vida de cualquiera que se le cruce. La vecina ya no es una chismosa, es aquella que va a cambiar el rumbo de cualquier historia. Simplemente siendo ella en su cotidianidad teatral, fue la que nos hizo entender un poco más de nuestra identidad. Ya nunca más fue sándwich, hoy y siempre será sangúche.

Es por eso que Rosa Ríos nos ha mostrado a través de las artes escénicas que el personaje paceño como arquetipo es magnífico. Que no es el teatro quien ha sufrido una gran pérdida, fue la ciudad de La Paz. Rosa supo realizar una adaptación muy importante que va más allá de los niveles artísticos, que llegó a un grado altísimo: el trasladar parte del alma de una ciudad a los tablones de un escenario. Una traducción que pocos lograron concretar.

La calle Jaén hoy está lluviosa, se le ha desvanecido un color. Ante la muerte siempre hay que tener en cuenta que la vida sigue y el mundo no va a parar sólo porque se murió alguien. Sin embargo, el mundo siguió girando, y vemos a muchas Rositas por toda la ciudad, en la vendedora de sangúches, en la antichuchera, la dulcera, la vecina, la abuelita, y la carnicera. Lo lindo de ser Rosa Ríos, es que de alguna manera logró que su muerte fuera su manera de inmortalizarse en la vida de una ciudad, donde si uno escucha bien, suena una cueca con su nombre.

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