Pensador Privado

Wes Anderson en la Isla de perros

Pablo Gozalves elabora una reseña de la más reciente película animada del director estadounidense.
domingo, 26 de agosto de 2018 · 00:03

Pablo Gozalves Escritor y dibujante

Wes Anderson vuelve al cine de animación en stop motion con la obra Isle of Dogs (Isla de Perros) después de casi una década de espera del público tras estrenar el ahora clásico del cine de animación Fantastic Mr. Fox (2009).

El nuevo filme, al igual que su predecesor son obras en las que se luce lo mejor de la fantasía y refinamiento artístico del realizador de Houston, Texas. Si bien es cierto que entre ambas obras Anderson realizó dos largometrajes de acción en vivo: Moonrise Kingdom (2012) y The Grand Budapest Hotel (2014), además de varios cortometrajes, es la animación el lugar donde la visión del director se plasma definitivamente.

La obra pregunta: ¿Qué pasó con el mejor amigo del hombre en un archipiélago japonés distópico, 20 años en el futuro? Un brote de “fiebre de hocico” ha infectado a todos los perros en el país y el alcalde Kobayashi (Kunichi Nomura), de la ciudad de Megasaki, emite un decreto de expulsión y aislamiento de todas las bestias de cuatro patas a un terreno en cuarentena que llaman Isla Basura.

Spots es la primera mascota alejada de su dueño, un niño huérfano llamado Atari (Koyu Rankin) que es sobrino del propio Alcalde Kobayashi. El jefe del Partido de la Ciencia, el profesor Watanabe (Akiraito), cree que los perros pueden curarse y pide seis meses para terminar de desarrollar un antídoto, pero las masas populares apoyan a Kobayashi traicionando a sus antiguos amigos domesticados en la era de la obediencia, los perros.

Pero el conflicto de la dinastía Kobayashi que ama a los gatos y odia a los perros data de tiempos míticos, cuando un niño guerrero traicionó a su especie en desacuerdo al asedio arremetido contra los desvalidos perros y decapitó al líder de los Kobayashi y juró su espada con el haiku de guerra: “Mi espalda la doy a la humanidad”.

Por supuesto Atari, el sobrino de Kobayashi, emprenderá un viaje de aventura a Isla Basura en busca de su perro Spots y será ayudado por una temible manada de perros alfa que domina en la isla. De esta manera inicia el noveno largometraje de Anderson, probablemente su filme con mayores implicaciones políticas.

Lo notable en el tratamiento del tema y que puede apreciarse en la hechura de la obra, es que el realizador no se propuso hacer un cine con implicaciones políticas, en el sentido del deber ser que cree que tiene la obligación de decir algo a propósito de un teme pendiente en la sociedad.

Por el contrario, probablemente Anderson quería hacer una película que dialogara con lo mejor del cine japonés (Kurosawa, Miyazaki, Ôtomo, entre otros), teniendo como protagonistas a cinco perros alfa.

Sin embargo, el proceso largo y colaborativo de escritura, que crea el mundo en el que la ficción cobra vida al ser encarnada por los personajes que pueblan la historia, lo fue llevando a ampliar el espectro de voces y perspectivas plantadas en el filme, requiriendo meticulosidad en el diseño argumental y un proceso de investigación arduo que culminó dando verosimilitud a la obra.

Y este gesto de dejar surgir a la obra de ella misma sin cargarla de preconceptos, sino tratando de estar a la altura de lo que surge, con las consecuencias e implicaciones que exige, creo que es uno de los elementos más llamativos de Isle of Dogs.

De esta manera, se nos presenta una obra de perros y gatos, de resentimientos ancestrales, de sometimiento de los débiles, de teorías conspiratorias, de juegos de poder (donde los que están al centro hacen de su alteridad periferia) y de amor fraternal en el que la inocencia triunfa y el honor restaura la integridad de quienes tienen la humildad de retroceder en la dureza de sus convicciones.

Cioran escribió a propósito de la genealogía del fanatismo algo que nos sirve de referencia en estos apuntes dedicados a Isla de Perros: “En sí misma, toda idea es neutra o debería serlo; pero el hombre la anima, proyecta en ella sus llamas y sus demencias; impura, transformada en creencias, se inserta en el tiempo, adopta figura de suceso: el paso de la lógica a la epilepsia se ha consumado... Así nacen las ideologías, las doctrinas y las farsas sangrientas”.

El segundo elemento digno de mención está referido al acabado de la obra, al aspecto pictórico y poético del filme del que poco se habla. Wes Anderson es conocido por sus convicciones formales a lo largo de toda su obra que por supuesto se lucen para deleite de los ojos en Isle of Dogs. Sin embargo, es llamativa la proximidad del arte japonés con su propia estética cinematográfica, por lo que resulta natural que finalmente se hayan encontrado en esta obra particular.

También resulta natural que Anderson haga animación en stop motion porque dota a su obra de un carácter artesanal acorde a su sensibilidad estética.

Volviendo a su nexo con el arte japonés y a la utilización de recursos estilísticos, menciono algunos: Logra combinar la armonía de las paletas de color restringidas del grabado japonés con la sensibilidad de obras futuristas de la animación como Akira de Katsuhiro Ôtomo que contrariamente a la primera destila color, como en todo el arte japonés; en la sutileza del Bijin-ga que son las xilografías con representaciones femeninas con las que parece presentarnos al personaje de Nutmeg (Scarlett Johansson) que al igual que en los grabados juega delicadamente con las manos (patas en este caso al tratarse de una perra).

O en el aspecto teatral del diseño de arte que nos recuerda el refinamiento del Kabuki por un lado, pero por otro parte al Haiku, en el sentido de volver a lo esencial para hacer del lenguaje algo concreto y profundo para ser contemplado.

Este gesto de volver a lo esencial hace del lenguaje cinematográfico de Isle of Dogs una invitación, una ventana abierta para mirar lo que hay adentro. En este punto salta la obsesión del director por el detalle, que a primera vista podría parecer una contradicción a lo dicho previamente, pero en realidad es su complemento porque cada centímetro de cada cuadro en pantalla te mira y desea encontrar tu mirada.

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