Reseña

Desencuentros

El ingenio del autor y lo fantástico son elementos que destaca el autor de esta reseña sobre el libro de cuentos de Edmundo Paz Soldán. La obra fue reeditada este año por la editorial Nuevo Milenio para la Feria Internacional del Libro de La Paz.
domingo, 05 de agosto de 2018 · 00:00

Nadal Suau Escritor español y bloguero

Desencuentros recoge los primeros libros de Edmundo Paz Soldán (Cochabamba, 1967), Las máscaras de la nada (1990) y Desapariciones (1994), dos conjuntos de relatos que presentan muchas concomitancias y una progresión coherente.

En su momento, la crítica de su país los acogió con calidez mayoritaria, aludiendo a la influencia borgiana de sus juegos de espejos y paradojas; es un antecedente fácil de convocar, pero que en realidad no sé si sirve de gran cosa para hacerse una idea del tipo de literatura que tenemos entre manos.

Mientras iba leyendo estos cuentos breves (alguno de ellos, hasta fugaces), se me ocurría que los juegos que los animan podían nacer del autor de El Aleph lo mismo que de los guiones de H. G. Oesterheld, cuyo mítico cómic El eternauta acaba de reeditar Norma.

Y cualquiera que lea los ensayos de Paz Soldán contenidos en Segundas oportunidades, editado en 2015 por la Universidad Diego Portales, sabrá que sus referencias lectoras son muchísimas y muy variadas, con especial querencia por la ciencia ficción.

En definitiva, que la pirotecnia crítica de ir citando referencias para explicar Desencuentros podría ser tan tramposa como casi siempre es, si no fuera porque, en el pequeño dossier promocional que Editorial Nuevo Milenio envía a la prensa, se incluye una entrevista al autor en la que dice algo revelador, muy preciso: “En cierta forma, esos dos libros que componen Desencuentros son mi verdadero diario, llevado durante casi diez años. Es por eso (por lo) que también hay muchos textos que son como homenajes a libros y escritores. Yo leía Las ciudades invisibles, digamos, y en vez de escribir un párrafo sobre lo que pensaba de ese libro escribía un par de cuentos breves inspirados por Italo Calvino”.

Es una concepción sencilla pero fascinante de la relación entre literatura y biografía, y al mismo tiempo apunta varias claves de lectura del libro.

La primera de ellas subraya su carácter primerizo: he aquí la obra de un veinteañero, probando y contrastando sus recursos narrativos. La alusión a la edad del autor no es necesariamente relevante, y desde luego no la uso para que leamos Desencuentros con gesto condescendiente (no hay forma de lectura más fea que la condescendencia), pero creo que permite contextualizar muy bien el tipo de ingenio que despliega el primer volumen, Las máscaras de la nada.

Aquí encontramos cuentos rebosantes de buenas ideas, con giros sorprendentes y un tono que ya sabe expresar lo imposible (duplicaciones, alteridades, estados alterados de conciencia, etc.) como si perteneciera a lo racional; es igualmente cierto que algunos de esos cuentos (pienso en Un domingo perfecto, Lógica o Último deseo, por citar algunos) tienen un regusto a explicitud entre moralizante y sentimental, propio de la prehistoria del estilo.

Tienen gracia, y de hecho es probable que vuelva a ellos para utilizarlos con mis alumnos, pero esa misma intuición de su “utilidad” revela que tal vez no exploren todas sus potencialidades, que no se vuelven suficientemente conflictivos. Sólo hablo, insisto, de alguno de ellos.

Porque, tanto en el primer libro como especialmente en Desapariciones, otros muchos textos alcanzan algo parecido a la perfección. Y aquí localizo otra de las claves proporcionadas por Paz Soldán en la entrevista: la referencia a Calvino y sus ciudades invisibles. Los relatos de Desencuentros referidos a la ciudad, sea real o inventada, símbolo de otra cosa o de ella misma, arquitectura o paisaje humano, son magníficos.

Pienso especialmente en El general, Las dos ciudades o La ciudad de los mapas, admitiendo que la mía es una lectura particular: el elemento fantástico de estas piezas, que hablan de la relación conflictiva de la sociedad con el poder, la representación ficticia o abstracta y la propia historia (esto es, hablan de identidad), acaba por facilitar que en 2018 les encontremos una vuelta de tuerca profética, interpretándolas como parábolas perturbadoras sobre la turistificación y la conversión del espacio público en suelo industrial turístico.

Hasta donde recuerdo, la capacidad de ser releída y resignificada era algo que siempre le hemos pedido a la verdadera literatura.

La mirada de Paz Soldán sobre las relaciones amorosas y familiares es igualmente lúcida, y lúdica, pero terrible: el cuento Simulacros, que en 1990 anticipó el caso real que inspiró El adversario de Carrère, habla de una madre y su hijo; La espera y Penélope exploran el abandono llevándolo al absurdo; en otras historias, las parejas no se escuchan, no se sobreviven, no se reconocen. “Qué estilo para destrozarnos”, exclama un narrador con toda la razón.

Y la tercera línea valiosa de estos cuentos, que en realidad se desparraman por temáticas múltiples, tiene que ver con la propia literatura y la condición de autor. Lo mismo cuando se burla del mundillo de los libros (Aventuras críticas o Un amigo de todos) que cuando enfoca los límites de la creación literaria (Julián Forget o En memoria de Iván Zaldívar, los nombres propios apuntan que en estas páginas el autor no ha muerto), Desencuentros está más vigente que nunca.

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