Legado

Mary Shelley (Frankestein ) y su madre Mary Wollstonecraft, dos proscritas románticas

Consejo para lograr marido: “Hija si por casualidad tenéis algún conocimiento, guardadlo como un profundo secreto”.
domingo, 05 de agosto de 2018 · 00:00

Ricardo Bellveser Escritor

El padre de Mary Wollstonecraft (1759-1797), Willian Godwin, un alcohólico comido por las deudas y raído por su carácter excesivo y bárbaro, tuvo siete hijos, de los cuales Mary fue la segunda.

Para conseguir deshacerse de algunas de sus hijas que tanto esfuerzo le constaba mantener, les recomendaba que si buscaban marido, se hicieran las tontas, “si por casualidad tenéis algún conocimiento, guardadlo como un profundo secreto” en el convencimiento de que los hombres huirían de las mujeres inteligentes.

De poco le sirvió ni a su hija ni a su nieta, pues su hija Mary Wollstonecraft fue la autora de un libro clave, Vindicación de la mujer, publicado en 1792, imprescindible en el pensamiento feminista, anatemizado tanto por los sectores conservadores, que se ensañaron con él, como por buena parte de los liberales, una mujer que murió a los diez días de dar a luz a su hija, Mary Shelley (1797-1851), que con el tiempo fue la autora de Frankenstein, una de las novelas más impresionantes del período de los reyes Jorges, publicada en 1818, reveladora del mundo moderno y de la pervivencia del espíritu de Prometeo, pues en ella se señala cómo la brutalidad del hombre es muy superior a la de cualquier monstruo y que devino voz del feminismo inteligente y culto.

Mary Shelley sospechaba también que la eternidad se escondía en los transplantes, de ahí el título que le dio a su libro Frankenstein o el nuevo Prometeo. El nombre de Frankenstein, procede del de un castillo cerca de Holanda, habitado por el alquimista Konrad Dippel, cuyo principal trabajo clínico, según todas las leyendas, era la búsqueda por métodos científicos y médicos, de la curación de la muerte.

Madre e hija no se conocieron, porque una murió al dar a luz a la otra, pero la hija leyó con tanta pasión los textos de su madre, que durante toda su vida los recordó de memoria de tan identificada como estuvo con ellos.

Charlotte Gordon acaba de escribir las biografías de ambas, un texto novelesco, riguroso, apasionante, titulado Mary Wollstonecraft / Mary Shelley (Proscritas románticas), que nos ha llegado en una espléndida traducción de Jofre Homedes Beutnagel. (Ed. Circe. Barcelona, 2018).

Madre e hija feministas antes del feminismo, luchadoras en una sociedad en la que la mujer tenía el único espacio de la maternidad y la obediencia, tanto como que reclamar algún derecho para ellas era presentar una reclamación imposible (“tan absurda como reclamar derechos para los chimpancés”), no se olvide que en estas fechas y a efectos teológicos, las mujeres no tenían alma individual, sino colectiva como las ovejas o las avispas…, las dos reivindicaron su independencia y su singularidad.

El siglo XVIII no es uniforme en nada, aunque se haya querido presentar de este modo, como siglo de las Luces, de la Ilustración o de la Razón. Es el siglo de la revolución francesa, de la revolución industrial, de la revolución americana y guerra de independencia, de la democracia formal y del romanticismo, con lo que éste tuvo de reclamación de respeto a los derechos individuales, incluida la elección de matrimonio, pero algo sí se mantenía, y era la negación de cualquier derecho de las mujeres, que debían obedecer a sus padres, hermanos y maridos que legalmente podían golpearlas para corregir sus ‘faltas’, y si intentaban huir de una paliza, el marido podía exigir su ingreso en prisión, no podían tener propiedades, no podían opinar de temas de estado, de política, o de sociedad, y era totalmente impensable que pudieran reclamar asuntos tan graves como que un hombre y una mujer fueran iguales, a riesgo de ser consideradas “rameras” como le sucedió a Mary Wollstonecraft, cuando reivindicó que las mujeres eran seres de pleno derecho, por lo que había que dirigir los esfuerzos a construir una sociedad igualitaria, lo que desató no pocas iras, de hombres pero también de mujeres.

Leemos en la doble biografía que ha escrito Charlotte Gordon, que en el camino de la vida de Mary Wollstonecraft se cruzó el editor londinense Jonson, sinceramente liberal, que empezó a publicar los primeros artículos y libros de ella bajo el acrónimo de MW.

Marchó a París para vivir los años revolucionarios en primera persona, pero cuando María Antonieta fue llevaba al cadalso comprendió que todo había acabado, porque todos los avances sociales comenzaron a ser revocados, del voto de la mujer al derecho al divorcio. Ella había iniciado una relación con un comerciante que la dejó embarazada antes de irse con otra mujer más joven que ella, por lo que Mary regresó a Londres como madre soltera, con lo que eso implicaba en la moral británica.

Su hija se enamoró del joven poeta, por entonces casado, Percy Shelley, y huyó con él llevándose con ellos a su hermanastra Claire, por la que Shelley sentía una renovada atracción. Una noche en casa de Lord Byron, Mary Shelley imaginó la historia de Frankenstein, que adquirió la forma conocida gracias a que era producto de una mente femenina, pues de haber escrito la novela o su marido Percy B. Shelley o Lord Byron, el camino habría sido bien otro. La novela tuvo un enorme éxito, aunque cuando se supo que el autor era una mujer, las ventas cayeron en picado.

Un libro sinceramente imprescindible, que recupera a dos mujeres excepcionales.

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