Patio interior

Dos sueños

¿Es posible referirse a una persona soñada como a un alguien, a un quien? La pregunta es el punto de partida de las reflexiones de Juan Cristóbal Mac Lean E.
domingo, 16 de septiembre de 2018 · 00:00

Juan Cristóbal Mac Lean E. Escritor

Una amiga, en Buenos Aires, me cuenta que soñó conmigo. Al principio no le hice mucho caso al asunto, pero es algo cada vez me inquieta más. Así que hubo un JCM soñado en Buenos Aires… ¿Es posible referirse a una persona soñada como a un alguien, a un quien? ¿Es alguien?

Unos dirán que de ninguna manera, que todo no pasa de ser la mera actividad neuronal de una durmiente. Otros, sin embargo, declararán que la esfera en la que ocurren los sueños es mucho mayor, real y autónoma de lo que imaginamos, por mucho que allá las cosas sucedan de una forma que aquí nos resulte del todo incomprensible.

Pero, de hecho nadie responde satisfactoriamente a la pregunta ontológica: ¿existe, o existió el soñado? ¿Pero en qué sentido y con cuánto alcance aparece aquí la palabra existencia?

Y por otra parte, ese JCM soñado, ¿tiene algo que ver conmigo? Obviamente, y estarán de acuerdo, yo de ninguna manera soy imputable por nada que hubiera hecho el JCM. soñado en esa otra esfera para la cual, además, ¡no hay ninguna jurisprudencia establecida!

Por si acaso, volveré a escribir a mi amiga preguntándole cómo se me veía en el sueño. ¿Pero se ME veía a MÍ en el sueño? Otra vez, los más simples dirán que no, pues no pasaba nada que no fuera en el cerebro de la soñadora. Sin embargo, la intervención de los sueños y los soñados en la “vida real” es mucho más fuerte de lo que ni siquiera somos capaces de imaginar.

Recuerdo, de pronto, a esta señora de pollera que conocí altiplano muy adentro, y que, junto a su hija, venían desde La Paz, después de 40 años, a ver a su marido, pues ella se había soñado con él. 40 años que no lo veía. Lo habían encontrado, estaba más o menos bien, pero se negó a irse con ellas a La Paz: ¿qué sería de sus animales?

Sólo el sueño de esa señora había causado, pues, grandes movilizaciones. Llegó a poner en peligro la existencia de unos rebaños, que de no ser por la fidelidad a ellos del marido, se hubieran visto librados a una intemperie definitiva. Y ese sueño, incluso, llegó a esta página.

Queda la estremecedora sospecha de que no siempre, de que no en todos los casos, lo soñado se desvanece en el mismo sueño o al despertar el soñador. ¿Pero y si no siempre fuera así? ¿Y si a veces los personajes soñados se escabulleran de la vigilia que los devuelve a la nada, o se escamotearan del mismo argumento del sueño, para retirarse subrepticiamente a un reino del que no tenemos idea?

Un reino, imagino, poblado por personas, animales y demás seres soñados, o pedazos de los mismos, moviéndose según otras leyes, tras haber logrado esquivar la inexistencia. Y, al pensar que podría ser así, me asusta imaginar que yo mismo pueda ser legión, pues de esta manera decenas de ‘mí’, cientos de pedazos de ‘mí’ en forma de soñado, de las veces que fui soñado por otros, estarían pululando en otros reinos…

Piedra

Esta mañana, ordenando cosas en el pretil de una ventana, me encontré con una de mis piedras y al verla recordé haberla soñado, poco antes. Y aunque no llego a recordar bien el sueño y su argumento, sí me acuerdo claramente de la piedra y no sé cómo era que le reconocíamos mucha importancia, con alguien que me la pasaba y que mi memoria divisa ya muy vagamente. Pero ahí estaba la piedra, imponiéndose. ¿Cómo vino entonces a meterse en mi sueño? ¿Le da el haber-sido-soñada algún suplemento de existencia?

Ni recuerdo desde dónde la traje. Posiblemente de Añawani. Esta piedra, que tendrá cientos de años, y que estaba destinada, normalmente, a quedarse por cientos de años más dando tumbos por ríos o tirada por el suelo, si no enterrada, esta piedra vino dar ahora a una ventana de mi casa. Y apareció en mi sueño.

Puede que alguien me diga, con cierta frivolidad: el que esa piedra haya aparecido en tu sueño sólo se debe a tu actividad onírica y no tiene nada, absolutamente nada, que ver con la piedra misma. Puede ser. Pero, en todo caso, el hecho es que la existencia efectiva, objetiva y entre las cosas reales del mundo de esta piedra, es la que determinó su aparición en mi sueño.

De no existir esta piedra concreta, individualizada desde que me la traje, piedra contemplable, reconocible, de no existir esta misma, pues no hubiera aparecido en mi sueño, que no se la “inventó”. Aquí no debería cuestionarse la concreta efectividad del sueño. Esta es la piedra que fue soñada, ninguna otra.

Pero, mirando esta piedra efectiva, que ahora trasladé a mi mesa, no puedo dejar de preguntarme, ya también: ¿y cuál es el estatuto ontológico de lo soñado? Aunque sea en-tanto-que-soñado, ¿existe, llega a ‘existir’ lo soñado? ¿En qué grado o modalidad de existencia? ¿Y qué tipo de identidad existe entre la piedra real y la soñada?

Y si decimos que se trata de la misma piedra, ¿qué quiere aquí decir “la misma”? Cuestiones que lógicos y lingüísticas se sentirán llamados a responder, estableciendo diferentes niveles y planos de significación, distinguiendo estatutos de referencias y referentes y demás lindezas.

Pero ellos no se meterían, por ejemplo, con el clásico apólogo de ChuagTse, según el cual, al soñar con una mariposa, no es seguro que, más bien, no esté siendo uno mismo el soñado por ella.

Recordemos, en todo caso, la sabia afirmación de Paul Valér, según la cual, sin la ayuda de lo que no existe la vida sería imposible. De lo que no existe, así, podría decirse que tiene la firmeza de una roca.

Esta piedra, que antes habrá pertenecido quizá a una roca más grande, o habrá estado un día al rojo vivo, y que ahora está en mi mesa, arrancada de su río, fría y sin sueños como los achacados a las mariposas, esta piedra concreta está en el origen de la versión soñada de sí misma. Tal como la vida misma de la vida en vela da origen a la vida en sueños. Y la inquietud de que la vida misma, a su vez, pueda ser toda ella también un sueño, ya fue ampliamente glosada por los poetas.

A esta luz y habiendo dado una vuelta por el sueño, de pronto la piedra parece otro material más de la vida, con la que se intersecta y en la que se introduce, y figura en otros escenarios, es tomada por otras manos, hasta por mí desconocidas y que apenas ya recuerdo.

En el fondo, sospecho ahora, todo lo que hizo mi sueño al hurtarla de su cauce, fue compensarla por el otro río que perdió.

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