Contante y sonante

Proyecciones

El autor escribe sobre el mundo de las sombras. Ese mundo en el que se escucha una sola canción: Sombras nada más.
domingo, 16 de septiembre de 2018 · 00:00

Óscar García Músico y poeta

La sombra de la persona, que no se desprende con nada y sin embargo desaparece de pronto pero se sabe que está ahí, esperando. Cosa de la luz. Sin luz no hay sombra. Es una obviedad como las hay por montones pero inadvertidas.

Las sombras crecen, se extienden, se arrastran, se hacen más grandes, enormes, alargadas, en la medida en que el ser o la cosa de donde provienen se asienta, se hace humilde y fuerte, se conoce, se afirma sin retirada aunque le ganen la angustia y las faltas, las carencias, la escasez de provisiones. A más luz, más definida la sombra, mayor presencia. Como una dialéctica sin complicaciones que consiste en que no hay disputa, no hay soberbia ni en lo uno ni en su sombra. Es más, se acompañan, dialogan, se quieren, se entienden bien y se necesitan, hacen un equipo admirable.

La sombra de una persona digamos que de unos ochenta y seis kilos de peso, no pesa. Claro, será una sombra prominente, bien plantada. La sombra de una caldera en el momento preciso en que las moléculas deciden que hierva el agua, también responde al caos y juega a estar y dejar de estar, a moverse en la pared, a escurrirse, a bailar una danza casi contradanza. La sombra del zapato, delicada, inmóvil, casi una huella, una marca. Casual.

Ojalá decidieran, las sombras, de todas las cosas y de los seres, fundar un mundo paralelo en el que hayan cines para ellas, restaurantes y parques. Que llegue un momento en el que decidan independizarse y juntarse entre ellas, para hacer negocios, para encontrarse de pronto en una reunión de poetas en la que indefectiblemente y con el horror que podría conllevar, escuchar a unas oscuras sombras con ínfulas de vates, a leer sus poemas toda una jornada. Un horror que no es ficción. De pronto un mundo de sombras en el que el deseo haya sido suprimido pero no el amor, algo así como un budismo natural sin túnicas ni posición de loto ni estatuillas de oro sentadas al fondo de una vitrina. Por cierto, la sombra de una estatuilla de oro tiene otro valor que está por supuesto, por encima del oro y no brilla. No necesita.

Se dice que hay gentes y cosas que viven a la sombra de otras gentes y de otras cosas y por ello sufren y no pueden hacer nada. Es el caso de algunos hijos de una celebridad o de las hijas de una pensadora sin igual. Son esos casos en los que vivir a la sombra es una incomodidad y una frustración. Algunas veces una tremenda alegría, un orgullo, un motivo perfecto para desarrollar la soberbia sin motivo. Ahí va el hijo del cantante tal o cual, ahí va la progenie de la campeona mundial de lanzamiento de bala. Gentes sin nombre propio, sin oficio conocido, sin más carnet de identidad que el éxito de origen parental. Asunto que termina siendo también penoso unas veces y extremadamente tragicómico otras veces. Las sombras lo saben y cuando desaparecen es que han ido a juntarse entre ellas, fuera de este mundo conocido. En el mundo de las sombras en el que se escucha con frecuencia una canción cantada con la voz de Javier Soliz, sombras nada más, entre tu vida y la mía…

Un lugar en el que no hay sombras, un desierto largo y abrumador en el que se han extinguido, es en apariencia un lugar triste, un territorio de ausencia, una imposibilidad para la perspectiva, una oda a la soledad inimaginable que no tiene ningún parecido con esas soledades rodeadas de gatos o de miradas o de mensajes o de recuerdos o de temblores ansiosos para el próximo encuentro con la otra sombra, la que aguarda ansiosa también para ser otra vez la unicidad. Un lugar que ha desterrado sin querer a esas proyecciones oscuras, que las ha retirado de su territorio y de su existencia no puede imaginar ni traer de los más remotos recuerdos, la sensación de mirar allá a lo lejos, un árbol y con él, un pequeño escenario negro bajo el cual cobijarse, echarse a dormir, quedarse hasta que sea noche.

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