Memoria nómada

1985: la redacción de las Tendencias actuales en la literatura boliviana

Cleverth Cárdenas escribe sobre el libro de crítica literaria, editado por Javier Sanjinés.
domingo, 02 de septiembre de 2018 · 00:00

Cleverth C. Cárdenas Plaza Dr. (c) en Estudios Culturales Latinoame- ricanos

Una vez, en una reunión casual entre amigos, enterados de que estudié Literatura, comenzaron con las preguntas obvias: ¿no te arrepientes de tener una carrera poco lucrativa?, ¿eres poeta? Como única respuesta sonreí, porque algunas veces cometí poesía.

Lo que más me llamó la atención fue cuando alguno de los amigos comenzó a hacer preguntas específicas y resaltaba lo maravillosa que le parecía alguna literatura latinoamericana y sobre todo la europea (que curiosamente se describe como universal); coronó su participación lamentando que no tengamos un James Joyce o un Juan Rulfo y afirmó específicamente que no existe una literatura boliviana.

Cuando le repliqué que teníamos una buena cantidad de escritores de gran valía como Cerruto, Saenz, Céspedes, Quiroga Santa Cruz me replicó, con la solvencia que sólo da el desconocimiento, que era literatura mala y por eso no trasciende fronteras.

Por supuesto, dentro de nuestras fronteras hay un desconocimiento de la literatura boliviana que está muy cerca de lo absurdo. Precisamente por ese motivo y en un intento de responder a ese comentario, es que me daré a la labor de presentar reseñas que introducen a nuestra literatura y su crítica.

Lo que deseo hacer en este texto es presentar brevemente uno de los trabajos de crítica literaria boliviana que más admiro. No por ello desmerezco otros estudios e investigaciones que por el esfuerzo que desplegaron podrían ser definidos como monumentales: me refiero a las historias literarias bolivianas, a los índices y otros ensayos que muestran que en Bolivia hay una tradición literaria.

Los autores que participaron de esta compilación procuraron analizar colectivamente y también individualmente desde diferentes entradas interpretativas nuestros corpus literarios.

Me refiero al libro editado en 1985 por Javier Sanjinés Tendencias actuales en la literatura boliviana. En el mismo, este intelectual boliviano reunió cinco ensayos interpretativos sobre el devenir de los diferentes géneros literarios en Bolivia: novela, cuento, poesía, crítica literaria, teatro y cine. Convocó a los críticos más representativos de la literatura boliviana para semejante emprendimiento: Luis H. Antezana trabajó novela; Ana Rebeca Prada se encargó del análisis del cuento boliviano; Blanca Wiethüchter, como siempre y desde siempre la poesía; Leonardo García Pabón hizo el análisis de la crítica literaria boliviana; y Óscar Muñoz Cadima analizó el teatro boliviano.

El marco cronológico fue de 1960-1980 y hubo libertad para plantear otras delimitaciones que era responsabilidad de cada uno de los críticos. El libro se cierra con índices bibliográficos de novela, poesía, cuento y crítica de cine. 20 años de literatura boliviana representaban la revisión y lectura de 710 libros publicados entre novela, poesía y cuento, de esa cantidad de libros tuvieron que hacerse cargo los ensayistas invitados. Además de ese cerco temporal, los ensayos respondieron a la siguiente premisa: tratar de propiciar análisis desde una problemática unificadora, buscar la corriente culturológica y prospectiva de lo “orgánicamente nacional” en los diferentes corpus literarios.

Así, los análisis estaban previstos como una actividad múltiple y plural, donde las condiciones no sólo debían depender de su análisis textual, sino debían insertarse en las limitaciones del espacio cultural y en los mecanismos de circulación de la cultura. Tales premisas, pese a la libertad de cada crítico, fueron fundamentales para determinar los resultados. Quizá por eso este libro y cada uno de los ensayos que están dentro son un referente fundamental para los estudiosos de la literatura boliviana hasta 1980.

Esa delimitación temporal contribuyó a comprender que era necesario hacer un análisis de la renovación del lenguaje, la conflictiva relación entre el contexto y el texto, además de identificar que tendencialmente aparece una mayor libertad nominativa y expresiva; eso quería decir, en palabras de Antezana, que las condiciones de posibilidad para una “estructura literaria” estaban dándose. Además, en tanto estructura –“determinación estructural” la llama Zavaleta Mercado– ya es posible que se revele su forma ideológica o como sugiere Antezana ya existe la posibilidad de articulación con otras dimensiones discursivas. Es importante ver el hallazgo de Antezana ya en su análisis de la novela de ese último cuarto de siglo.

En el mismo sentido, aunque por otros derroteros, en el análisis de la poesía de Cerruto, Saenz, Shimose y Urzagasti la literatura aparece como “regida por un principio ético, que se asimila a la moral del deber-ser, respecto a lo real. Y en esa medida define una acción respecto a ella”. Como señala Wiethüchter aquellos poetas visibilizaban el fracaso de proyectos que no pueden enraizarse en lo real, el fracaso del hombre y del mundo que no puede ver sino un signo degradado en los valores humanos.

Por otro lado, Prada optó por hacer un análisis del cuento contemporáneo de la represión. Su hipótesis inicial era que “el mismo medio y la realidad socio-política han llevado al escritor a utilizar su obra como instrumento político y, más concretamente, como queja antimilitarista abierta”. En este ensayo, Prada prolongó un análisis del vínculo entre política y literatura, pero sobre todo el problema de la resistencia en contextos de violencia política.

Además encontró dos aportes de esta literatura, la renovación estilística que posibilita intentos de aproximación al realismo mágico y/o un abundante subjetivismo que acerca a los escritores a diálogos más latinoamericanos; otro aporte, en la cuentística sobre la represión se retratan claramente la mina, el campo y la ciudad, un resumen de la Bolivia de esa época.

Por su parte, en la introducción Sanjinés consideraba que la crítica no es ajena a las pugnas ideológicas y más bien acompaña las pulsiones intelectuales y morales de la sociedad y se inserta en el orden cultural e institucional. Además describió a la literatura como “un conjunto organizado, donde los procesos están claramente distinguidos y jerarquizados por una real y efectiva labor crítica”.

Sin embargo, en el momento en que editaba el libro, fue difícil identificar coordenadas sólidamente establecidas por la crítica: quizá ese fue un motivo para proponer este desafío. Es decir, en el fondo planteó una crítica a la crítica; pero, en contra de lo tradicional, optó por proponer algo: cada esfuerzo crítico respondía a un criterio individualista. En ese sentido, encontró reflexiones excepcionales y meritorias, pero, como las describió Antezana en su ensayo, son episódicas, aisladas y las llamó “crítica de una sola voz/vez”.

En nuestra crítica literaria se produjeron muchas más reflexiones, pero ésta fue, desde mi punto de vista, un pivote importante. Queda ver y revisar los trabajos de posteriores y anteriores críticos como: Leonardo García Pabón, Blanca Wiethüchter y Alba M. Paz Soldán, el mismo Javier Sanjinés o Luis Antezana, sólo por mencionar a los académicos que hicieron una ardua labor desde una crítica literaria que “no existe” sobre una literatura boliviana que “no existe” y que “no es buena”. Como corolario es necesario resaltar que el financiamiento de este libro vino de una universidad norteamericana que pensaba, muy tempranamente en esa década, que había una literatura boliviana.

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