Vinos y letras

El libro de las ilusiones: culpa, espejos y cajas chinas

La autora reseña la novela del estadounidense Paul Auster, publicada en 2003.
domingo, 02 de septiembre de 2018 · 00:00

Ángela Quinteros Crítica

La culpa es esa especie de cruz que los humanos creen que deben llevar consigo mismos. No importa qué tipo sea -pareciera- que la necesitan para redimirse ante los ojos de algo divino o simplemente porque quieren cargar con esa piedra-cruz innecesaria.

La culpa es el tema que mueve las acciones de los personajes de El libro de las ilusiones, de Paul Auster. Pero no es una novela dramática, en su totalidad como podría parecer, sino es este sentimiento el hilo con el que se hilvana las historias personales del profesor de literatura David Zimmer, el actor de cine mudo Héctor Mann y de su biógrafa Alma Grund.

De la culpa a la expiación

Es por esta carga que cada uno de ellos se abisma en sus infiernos personales, es también un lazo que entrelaza las vidas de los tres.

Las películas mudas de los años 20 del comediante argentino Héctor Mann logran hacer sonreír al profesor de literatura David Zimmer, quien está atravesando las etapas del duelo luego de la muerte de toda su familia en un accidente de avión. David se responsabiliza a sí mismo de la muerte de su esposa y de sus dos hijos: se culpa de estar vivo y no haber muerto junto a ellos.

Tal vez como un pretexto para seguir viviendo, tal vez como una manera de agradecimiento, Zimmer escribe un libro sobre las películas de este actor desaparecido por los años 30. Casi cincuenta años de que se lo creía desaparecido o incluso muerto, Héctor Mann se hace presente en la vida de Zimmer.

Empieza a recibir cartas de una mujer, Frieda Spelling, quien le invita a conocer a su marido, el actor argentino. El profesor no toma en serio esas cartas ni a la mujer, hasta que Alma Grund, la biógrafa de Héctor, aparece en su casa y lo convence de viajar con ella a Tierra del Sueño, residencia de Spelling y su marido los últimos 50 años. Mientras viajan, Alma le cuenta la vida de Héctor Mann después de su desaparición.

A manera de expiación de un asesinato accidental, Héctor Mann se adentra en una vida miserable. Deja de ser el actor no muy conocido de cine mudo para convertirse en el penitente. Cree que debe sufrir, se busca situaciones que de una u otra forma lo hacen padecer, crea y vive su propio infierno…

En diferentes épocas, las vidas de estos dos personajes son conducidas a los abismos de la depresión, el alcoholismo, la expiación. La emoción que los refleja uno al otro es creerse pecadores…, pero la diferencia entre Zimmer y Mann es que este último toca fondo.

Juegos de espejos

Hay momentos en El libro de las ilusiones que la ficción se equipara con la realidad, los límites entre ambas se difuminan, una refleja a la otra. Cuando Zimmer mira la última película que filma Mann (Don Nadie) equipara la historia del filme con lo que le sucede al actor. Esta pequeña historia de la última película es casi como un esbozo de lo que después le sucede a Héctor Mann: desaparece, lo pierde todo, inicia su infierno voluntario y de alguna manera la vida le da una segunda oportunidad cuando conoce a Frieda Spelling, con quien se casa, incluso tiene un nuevo chance para sus aptitudes artísticas, pero no del todo.

Historias dentro de la principal

Esta narrativa está llena de historias que se cruzan y que se encuentran dentro de la principal. Si la principal es el libro que escribe David Zimmer, que es la novela que leemos, las otras no sólo tienen que ver con las de los otros protagonistas, sino con las crónicas de vida de Chateaubriand que Zimmer traduce, también las pequeñas historias de personajes secundarios y sobre todo las películas tanto las mudas como la experimental de Héctor Mann.

Incluso hay un momento que como lectora una se enfrenta con el tema de la obra maestra del artista tipo Sarracine de Balzac, la cual nunca será posible verla porque -quizás- nunca ha existido.

La gran obra de arte de Héctor Mann nunca será vista por nadie porque en cuanto muera su viuda tendrá que quemar todo lo producido, sólo unos pocos la ven porque trabajaron en ella. Tal vez el único privilegiado es David Zimmer, que apenas ve La vida interior de Martin Frost*.

La vida interior de Martin Frost es una película que cuenta de un hombre que escribe un relato. Un relato mise en abyme por excelencia. El personaje que cobra vida y de quien su creador se enamora. La obra maestra de Héctor Mann que nadie la podrá ver porque nadie afirmaría que alguna vez existió tal cual sucede con la obra artística del travesti de Sarracine. O porque, tal vez, sólo tal vez sea una ilusión más de Zimmer…

Y esta película al igual que Don Nadie se convierte en un esbozo especular de lo que después le sucede a Alma Grund, pero la “realidad” es cruel y no hay finales felices. La obra maestra del artista o el gran trabajo intelectual de una biógrafa pueden ser contaminados por la tragedia. Al igual que las películas del actor de cine mudo, el libro biográfico de Alma nunca saldrá a la luz. Esta tragedia desencadena en Alma, también, el infierno personal, pero muy corto a comparación de Zimmer y Mann.

Risa, literatura y cine, culpa y expiación, espejos, historias dentro de otras son apenas palabras que describen a una novela que merece la pena leer una y muchas veces más.

*Un dato curioso a manera de digresión. La vida interior de Martin Frost nació como guión de una película de treinta minutos que un productor alemán le pidió a Paul Auster. El proyecto fracasó y Auster abandonó este guión para escribir El libro de las ilusiones, que es publicada en 2002. Cinco años después Auster termina el guión de La vida interior de Martin Frost y se convierte en película y también en uno de los libros del autor estadounidense.

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