El Chicuelo dice

Hoy volarán mariposas de colores

Ladronas eran las de antes. No como hoy que cuando se roba se devuelve el botín, escribe Wilmer Urrelo.
domingo, 02 de septiembre de 2018 · 00:09

Wilmer Urrelo Escritor

Hablo de ellas. Las que corren por allá. Las ladronas. Las que huyen entre las vías del tranvía diez en una cristalina mañana de 1920. Ellas. Las ladronas. Las que se meten por las callejuelas de la Garita de Lima. ¡Una ladrona me ha robado la cartera! Quizá un domingo por la tarde. ¡Ha corrido por la calle Tarapacá! O también un lunes por la mañana. ¡Se ha escapado hacia la Lino Monasterios! O un viernes al salir del boliche. No: esa cojuda ha desaparecido por el pasaje Ortega.

Parecen mariposas azules. O maripositas transparentes. Que miran. Que habitan las oscuras ciudades. Las oscuras y despiadadas ciudades. Que analizan primero a quién robar. Son unas maripositas. Las que la chiquillada quiere atrapar en los parques con las manos. O lo más vivazos con una gorra. Escurridizas. Voladoras. La gorda de allá es carnicera. O el flaco de allá trabaja en Pollos Don Pepe y maneja harta plata. Porque las ladronas evolucionan. Cambian. Mudan.

Un día son descuidistas. Otro día cumbreras. Y las más sabias hacen el cuento del tío. Que soy de Guanay. Que tengo este orito pero no sé dónde vender. Y acá entra el velo plomo de la ambición. Que el oro falso es fácil de hacer. Te consigues una cadenita china. Y con un alicate o una piedra la trozas. Y para que la gente te crea, metes todo en una botellita de plástico. Y cuidado te olvides colocarle su poquitín de tierra. Así verán los ríos de Guanay.

Así con esa tierrita contemplarán los árboles y los pájaros. Y los árboles y los pájaros le dirán: es oro de Guanay, nosotros somos testigos, no hay por qué desconfiar. Hay que saber mentir. Hay que saber palabrear a la gente. Porque la gente cree que todo lo que brilla es oro. Aunque al principio del este oficio nos daba miedo. Miedo a los policías. Que nos digan. Que les digan: hoy les toca traernos tanto. Lo que sobre pueden alzar para su almuerzo.

Porque seremos ladronas pero no esclavas. Queremos toda la plata para nosotras. Para comer unas. Para sus wawas otras. Para irse a bailar al Gigante Melgarejo el resto. Un local bien bonito. ¿Han ido alguna vez? Grandazo y con sus lucecitas de todos los colores. ¿Y si las ladronas también se construyen de colores? Las cumbreras azules. Las descuidistas cafés. Las pildoritas blancas. Entonces la gente se enoja cuando nos agarran en la calle.

Trabaje, pues. Vendan refrescos. Búsquense trabajo en una fábrica. En una tienda. Junten plata y hagan gelatina. Pero a nosotras no nos importa. Porque nosotras queremos comer helados de canela. Y empanaditas de queso. Esas que venden por el Cementerio General. Y ser como las mariposas. Somos ladronas. Somos ladronas que se desvanecen. Que se desvanecen cuando corren por las calles de La Paz.

En 1920. En 1978. En 1989. En 2018. Esas que en 1920 se metían a los tranvías, perdón, señora. ¿Me daría paso, por favor? Las que se bajaban a la altura de la plaza al Óvalo. Sólo una cartera con estas fotos que no sirven de nada. Son ladronas. O a veces una joyita. Una cadena. Un aretito. Un anillo en el mejor de los casos. Hasta la medalla presidencial me gustaría tirarme.

Qué voy a devolver como esos peruchos. Qué cojudos. Qué boludos. Yo como soy mariposita común y corriente. Yo como vuelo entre los dedos de los niños del parque. Yo como hago creer que soy de Guanay. Yo siendo los peruchos hacía fundir la medalla del Evo. Aquí por la Catacora hay un viejito que es joyero. Por favorcito, esta joyita que me he hallado en el teleférico blanco. Y si no quiere me la guardaba. Como recuerdo. O para mostrarles a mis wawas. O por las noches decirles. ¿Ven a este señor de aquí? Ese caballero es mi padrino de bautizo. Ha fundado Bolivia y un día me ha regalado su medalla.

Me ha dicho tomá Vicenta, pa vos. Tomá Gabriela, pa cuando no tengas plata y puedas empeñar. O tomá Gracielita, pa que enseñes a tus chitis por las noches. Porque nosotras somos ladronas. Ese es nuestro trabajo. Robar en el tranvía diez en 1920. ¿Me da permiso, doña? Ladronas que algún día volarán como las mariposas azules. O cuentistas en 1989. Es orito de Guanay, dónde podré vender. ¿Usted sabrá?

O una ladrona en 2018. No como los peruchos que son unos burros. Qué voy a estar devolviendo esa joyita yo. Aquí está. Los del gobierno se han vuelto locos buscando tantos años. Estaba en esta latita al fondo del ropero en mi cuarto. En mi cuarto con mis wawitas. Mis wawitas que en la escuela le dicen a su profe. Le dicen abriendo los ojos. Mi mamá había sido ahijada del Simón Bolívar.

Las wawitas de las que se despide al salir. Voy un rato a la Garita. Cuidado estén encendiendo la tele si no han terminado su tarea. Son las ladronas. Como esas mariposas azulitas del parque. Las que la chiquillada no puede atrapar. El Simón Bolívar es padrino de mi mamá. Si no me cree un día voy a traer su medalla. Una que le ha regalado en su bautizo. Va a ver, profe: una mariposita común y corriente. Como las que quieren atrapar en el parque. Las que, acaso, apenas podemos rozar con las yemas de los dedos.

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